La pedagogía del insulto: por qué el discurso de Milei rompe el pacto democrático

La pedagogía del insulto: por qué el discurso de Milei rompe el pacto democrático

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Escuchar al Presidente de una Nación confrontando con un puñado de sus detractores con sorna, ironía, insultos y descalificaciones, en un acto institucional como la Asamblea Legislativa no es propio de quien aspira a ser un estadista que saque al país de la decadencia, como él mismo repite. Javier Milei pareció más concentrado en enrostrar que viene siendo el “gran ganador” desde las legislativas del año pasado y desparramar soberbia a partir de sus logros, que en pacificar e informar a una sociedad que aguarda entre expectante, agobiada y enojada que su día a día mejore.

La Asamblea Legislativa es, justamente, el ámbito en el que los jefes de los poderes ejecutivos pueden dirigirse de manera directa a los representantes del pueblo y a la comunidad en general para rendirles cuenta de lo que hicieron y para adelantarles lo que ejecutarán. Sin embargo, el estrado del Congreso se transformó, una vez más, en un campo de batalla donde el Presidente se siente cómodo golpeando a sombras del pasado para evitar discutir las luces y sombras del presente.

El inventario de la “motosierra”

En su alocución, Milei no ahorró datos para justificar su purga estructural. Sacó pecho al mencionar el equilibrio fiscal consolidado tras dos años de gestión, la eliminación definitiva de las transferencias discrecionales a las provincias y la poda de 14.500 regulaciones que, según su visión, asfixiaban al sector privado. Habló de una Argentina que “ya no emite para financiar el delirio de la política” y anunció un paquete de 10 reformas por ministerio para los próximos meses, una suerte de ofensiva final para desarticular lo que queda del andamiaje estatal tradicional.

Pero el problema no radica solo en la profundidad de las reformas -que tienen sus defensores y detractores en términos técnicos y políticos- sino en la atmósfera de intolerancia que las rodea. Milei no presenta sus logros como victorias de la administración, sino como trofeos de guerra obtenidos tras humillar al “enemigo”. Cuando utiliza apodos burlones para legisladores o califica de “ratas” a quienes deben sancionar sus leyes, no solo agrede a personas; está erosionando la legitimidad del sistema representativo.

La lección olvidada de Sartori

Es aquí donde la teoría política nos ofrece una advertencia urgente. Giovanni Sartori, uno de los pensadores más lúcidos sobre la democracia contemporánea, sostenía que el pilar fundamental de una sociedad libre no es solo la regla de la mayoría, sino el pluralismo. Y el pluralismo exige, como condición de posibilidad, la tolerancia.

Para Sartori, la tolerancia no es una concesión graciosa del poderoso, sino el reconocimiento de que el otro tiene el mismo derecho a existir y a opinar. Cuando el discurso oficial se construye sobre la premisa de que quien no piensa igual es un “traidor” o un “ser inferior”, se rompe el consenso básico de la convivencia. La violencia verbal que baja desde el atril presidencial se derrama hacia abajo, atomizando a una sociedad que ya está herida. Si las instituciones -que deberían ser los árbitros de la disputa- son las que promueven la descalificación, ¿qué queda para el ciudadano común? La política deja de ser el arte de lo posible para convertirse en la dinámica del aplastamiento.

¿Pragmatismo o capitulación?

Este clima de época tiene su traducción local en Tucumán, aunque con matices que merecen ser analizados. Resulta curioso observar el paralelismo -o quizás la estudiada divergencia- con el discurso de Osvaldo Jaldo. Mientras en la Nación impera el grito y la confrontación abierta, en el Jardín de la República el gobernador ha optado por un “pragmatismo de supervivencia”.

Jaldo, en sus intervenciones, intenta equilibrar la defensa de los recursos provinciales con una docilidad institucional que sorprende a propios y ajenos. Mientras Milei usa el látigo, Jaldo se ofrece como el “administrador responsable” que acepta las reglas del juego impuestas por la Casa Rosada. Es una forma de paz, sí, pero quizás sea la de las conveniencias políticas: una calma basada en la necesidad extrema de fondos y en la ausencia de una alternativa de poder real que se atreva a confrontar el relato libertario. Sin embargo, a veces, en Tucumán los líderes políticos también se contagian de la intolerancia mileísta a la crítica y a la descalificación ante el que cuestiona o piensa diferente.

Si Milei baja un mensaje de intolerancia social generalizada, Jaldo parece bajar un mensaje de adaptación resignada. Ambos, desde polos opuestos del temperamento político, terminan reduciendo el espacio para el debate de ideas profundo. En Buenos Aires se insulta; en Tucumán se “soporta” para poder pagar los sueldos. En el medio, queda una sociedad que ve cómo la política se vacía de contenido estadístico para llenarse de gestos para la tribuna o de silencios convenientes.

El riesgo del mensaje único

El daño que la violencia institucional le hace al Estado es silencioso pero persistente. Desincentiva la participación de los mejores, ahuyenta el diálogo técnico y reemplaza la gestión por la propaganda. Un país no sale de la decadencia solo con superávit fiscal; sale con instituciones sólidas que soporten la diferencia.

El Presidente debería recordar que el “gran ganador” de una elección tiene la responsabilidad de gobernar para todos, incluso para los que desprecia. Porque cuando el show de la intolerancia baje el telón, lo que quedará será una sociedad más dividida y un Estado más débil, justo lo contrario de lo que prometió reconstruir.

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