ECOSISTEMA. La riqueza del parque 9 de julio sorprendió a científicos tucumanos. FOTO / LA GACETA
¿Sabías que en el lago del parque 9 de Julio revolotea una mariposa diminuta que durante años pasó inadvertida? No porque no existiera. Sino porque nadie estaba mirando en el lugar correcto.
Mide apenas entre 1,5 y 2 centímetros. Vuela bajo. No compite en espectacularidad con las grandes mariposas de jardín. Pero está ahí, posándose entre las espigas del pastito que crece al borde del agua, cumpliendo una tarea silenciosa que sostiene parte del equilibrio del lago. Su nombre común es Doradita Rayada. Su nombre científico, Ancyloxypha nitedula. Y su presencia en el perilago del parque no es un dato menor.
“No es que no supiéramos que estaba en Tucumán”, explica Adriana Chalup, directora del Instituto de Entomología de la Fundación Miguel Lillo y quien participó de la investigación del libro “Parque 9 de Julio y Lago San Miguel. Una mirada integral al patrimonio natural y cultural de Tucumán”. La especie ya había sido registrada en el sur de la provincia. Lo inesperado fue encontrarla en un ambiente tan intervenido, tan atravesado por la circulación urbana, los eventos masivos y el mantenimiento constante.
La Doradita Rayada es una especie monófaga que depende exclusivamente de una planta para completar su ciclo de vida. El pastito de agua, Leersia hexandra, que crece en matas alrededor del lago. Allí las hembras depositan los huevos. Allí se alimentan las orugas. Sin esa planta, la mariposa simplemente no puede existir.
DORADITA. Esta especie vuela bajo y es muy pequeña. FOTO/ Fundación Miguel Lillo
Durante años, ese pastito fue considerado maleza. Se lo retiraba en las tareas de limpieza para “ordenar” el paisaje. Con cada remoción, sin saberlo, se eliminaba también la posibilidad de que esta pequeña mariposa siguiera volando.
“Fue un llamado de atención”, resume Chalup y remarca su rol ecológico. Los adultos se alimentan del néctar de flores acuáticas y actúan como polinizadores. A su vez, forman parte de la cadena alimenticia ya que son presa de arañas, de otros insectos, de aves.
Los lepidópteros -el grupo al que pertenecen mariposas y polillas- son además excelentes indicadores ambientales. Son altamente sensibles a los cambios: tala, incendios, construcción, uso de agroquímicos. Que una especie poco común y de poblaciones reducidas habite en el lago del parque habla de algo más profundo: la biodiversidad urbana no es una ilusión. Está ahí. Resiste.
El hallazgo también obligó a repensar el mantenimiento del perilago. La consigna ya no es arrasar con toda la vegetación sino entender qué sostiene a qué.
La Doradita Rayada vuela bajo, casi pegada al agua. Hay que detenerse para verla en esta ciudad que corre, que urbaniza, y donde hay vidas minúsculas que dependen de que aprendamos a mirar distinto. Y la historia no termina en el vuelo. A veces, también comienza al levantar la vista.
Levantar la vista
En el mismo parque, sobre la corteza de tipas y tarcos, crecen helechos que la mayoría de los visitantes jamás registra. Son epífitos. Plantas que utilizan a los árboles como soporte, sin dañarlos, construyendo pequeños mundos entre raíces finas que se entrelazan como redes.
En el parque se identificaron entre cuatro y cinco especies. Pero lo más llamativo es que allí se detectó una especie nueva para la ciencia: Pliopeltis por albornoceana, conocida como “helecho de Albornoz”, en homenaje a una investigadora tucumana. Es el único de su grupo con esporas verdes, con clorofila, una rareza botánica que lo distingue.
“Lo más probable es que la humedad concentrada y el efecto de isla de calor de la ciudad favorezcan su desarrollo”, explica el doctor Marcelo Arana, especialista en licofitas y helechos. Es decir, aquello que solemos asociar con el exceso de urbanización podría estar generando, paradójicamente, condiciones para que estas especies prosperen.
HACIA ARRIBA. Hay que levantar la vista para ver los helechos en el pulmón verde de la capital. FOTO/ La Fundación Miguel Lillo.
“Los helechos cumplen funciones invisibles y decisivas. Capturan humedad del ambiente y la incorporan al sistema, ayudan a mantener el equilibrio hídrico y crean microhábitats donde se refugian insectos y otros artrópodos”, describe Arana. Algunos incluso absorben metales pesados del aire, actuando como discretos purificadores urbanos. Si desaparecieran, no solo perderíamos plantas. Se erosionaría una red silenciosa de relaciones ecológicas que sostiene parte de la biodiversidad de la ciudad.
La invitación, entonces, es levantar la vista. En los bosquecitos cercanos al lago, donde los árboles se agrupan y la sombra es más espesa, los troncos están forrados de verde después de la lluvia. Allí conviven todas las especies registradas. Allí el parque revela que no es solo paisaje, sino sistema vivo.
Una mariposa que depende de un pastito. Un helecho que respira desde la corteza. Entre el vuelo bajo y la mirada en alto, el parque guarda un tesoro que recién empezamos a entender.








