UNA LEYENDA. Robert Duvall fue un visitante frecuente en la Argentina, y un hombre que eligió estas tierras para construir su vida junto a la mujer que marcó su historia.

La muerte de Robert Duvall a los 95 años cerró una de las trayectorias más sólidas y respetadas de Hollywood. Dueño de una carrera que atravesó más de seis décadas, ganador del Premio de la Academia y figura clave en algunas de las películas más influyentes del siglo XX, Duvall fue mucho más que un actor consagrado. Para la Argentina -y especialmente para Salta-, fue también un enamorado del tango, un visitante frecuente y un hombre que eligió estas tierras para construir su vida junto a la mujer que marcó su historia.
“Fue un honor haber trabajado con Robert Duvall”, expresó Al Pacino en un comunicado tras conocerse la noticia. “Era un actor nato, como dicen; su conexión con la actuación, su comprensión y su fenomenal don siempre serán recordados. Lo echaré de menos”. Las palabras del protagonista de El Padrino sintetizan el respeto que despertaba entre sus colegas: Duvall era, para muchos, el actor de los actores.
Su nombre quedó asociado para siempre a Tom Hagen, el abogado leal y silencioso de la familia Corleone en “El Padrino” y su secuela. En esas dos primeras entregas dirigidas por Francis Ford Coppola, construyó un personaje contenido, cerebral y elegante, que contrastaba con la violencia del mundo mafioso que lo rodeaba. Años después, con el teniente coronel William Kilgore en “Apocalipsis Now”, demostró su capacidad para el exceso controlado: el militar obsesionado con el surf que pronuncia la ya mítica frase sobre el olor del napalm por la mañana se convirtió en una de las imágenes más icónicas del cine bélico.
EN “EL PADRINO”. Fue el abogado leal y silencioso de la familia Corleone
EN “APOCALIPSIS NOW”. Fue el teniente coronel William Kilgore.
En 1983 obtuvo el Oscar a mejor actor por “Tender Mercies”, donde interpretó a un cantante de country en decadencia. A lo largo de su carrera sumó además otras seis nominaciones al Premio de la Academia y transitó con naturalidad del cine independiente a las grandes producciones, del protagónico al papel secundario, y también a la dirección. Había debutado en el cine en 1962 como el enigmático Boo Radley en “Matar a un ruiseñor”, y desde entonces construyó una filmografía que lo ubicó entre los intérpretes más versátiles de su generación.
Su conexión con el país
Sin embargo, detrás del prestigio y los premios, había un hombre que encontró en la Argentina un refugio emocional y artístico. Fanático del tango, Duvall viajaba con frecuencia al país. Cualquier excusa era válida: una propuesta laboral, la promoción de “The Apostle”, un especial para National Geographic o un documental sobre la música rioplatense. Lo atraían la cultura, la cadencia del 2x4 y esa mezcla de melancolía y pasión que, decía, sólo había sentido en Buenos Aires.
“THE APOSTLE”. Una escena de la película de 1997.
Fue precisamente en uno de esos viajes cuando su vida cambió para siempre. En 1996 llegó a la capital argentina para filmar el telefilme “La casa de la calle Garibaldi”, centrado en el caso Eichmann. Se alojaba en el histórico Hotel Plaza, en Retiro, y una mañana salió con la intención de comprar flores. La florería estaba cerrada. Entró entonces a una panadería cercana. Ese pequeño desvío alteró su destino.
Allí conoció a Luciana Pedraza, una joven salteña de 24 años que manejaba una empresa de promociones y eventos. Él tenía 65. Habían nacido el mismo día -5 de enero-, separados por 41 años y por miles de kilómetros. Según contaría después en una entrevista con la revista Esquire, si la florería hubiese estado abierta, nunca la habría conocido. Entre medialunas y figacitas comenzó una conversación que continuaría esa misma noche en un local de tango, al que ella lo invitó casi sin expectativas.
Pedraza confesó años más tarde que no sabía quién era ese hombre al que trataba simplemente como “Bobby”. Esa ignorancia inicial, dijo, hizo que la conexión fuera más genuina. “Para mí es simplemente Bobby”, sostuvo en una entrevista. Él, por su parte, siempre destacó la naturalidad de ese primer encuentro. Lo que empezó como una coincidencia se convirtió en una relación que desafió diferencias de edad, distancias y prejuicios.
“ASSASSINATION TANGO”. Una película atravesada por su pasión.
En 2002, Duvall dirigió y protagonizó en el país “Assassination Tango”, una película atravesada por su pasión por el tango, en la que Pedraza debutó como actriz. Ella contó que fue él quien le enseñó a bailar. Dos años después se casaron y permanecieron juntos hasta el final. En 2021, al cumplir 90 años, el actor resumía su presente con una frase sencilla: lo que más disfrutaba era el día a día con su maravillosa esposa.
Duvall y el norte argentino
La relación con Salta fue otro capítulo central de esa historia compartida. A fines de los años 90, la pareja adquirió una estancia de más de 100 hectáreas en la localidad de La Merced Chica. Allí crearon el hotel boutique House of Jasmines, un proyecto que combinaba naturaleza, hospitalidad y el encanto del norte argentino. El nombre aludía a los jazmines que perfumaban la zona. Para Duvall, no era sólo una inversión: era una forma de echar raíces en el país que lo había conquistado.
En 2007 vendieron la propiedad a la familia Fenestraz, que integró el establecimiento a su marca Maison Fenestraz y lo incorporó a la red Relais & Châteaux. Con el tiempo, el hotel se consolidó como uno de los referentes del lujo en la provincia y fue distinguido por la guía Michelin. Aun así, el espíritu original -esa mezcla de calidez, autenticidad y descanso en medio del paisaje salteño- sigue remitiendo a la impronta que Duvall y Pedraza quisieron darle.
Para el mundo fue un actor monumental, ganador del Oscar, director y narrador de historias intensas. Para sus colegas, un referente técnico y artístico. Para Pacino, un compañero inolvidable. Para la Argentina, un extranjero que abrazó el tango como propio. Y para Luciana, simplemente Bobby. En esa dualidad -entre la leyenda de Hollywood y el hombre que se dejó sorprender en una panadería porteña- se cifra quizá el secreto de su magnetismo: la grandeza en la pantalla y la sencillez en el amor.











