ADN MUSICAL. Fue el padre de María Rosa, Elizabeth e Isabel quien sembró en ellas el amor por las coplas y también la cultura del trabajo.

“A mí me dicen ‘la Gringa’ porque soy como la golondrina. Mi padre tafinisto y mi madre rosarina”, recitaron casi al unísono. Ese aro breve, heredado de su padre y adoptado como bandera identitaria, resume la mezcla que las define: sangre nacida y criada en Tafí del Valle y una madre llegada desde Rosario. La unión entre el cerro y la llanura, entre el tafinisto y “la Gringa”, como ellas mismas dicen. Con esa hibridez se presentan María Rosa, Elizabeth e Isabel Cancino: hermanas y trinomio coplero.
Después de 39 años sin cantar juntas, las hermanas Cancino volvieron a reunirse como conjunto el año pasado. En esta ocasión, se preparan para volver a subirse al escenario del Complejo Deportivo Democracia para participar de la 56° Fiesta Nacional del Queso, el próximo fin de semana en su Tafí del Valle natal.
María Rosa, la mayor, tiene 51 años; Isabel, 50; y Elizabeth, 47. Las tres comenzaron en la copla siendo niñas, casi por juego, pero bajo la disciplina firme de su padre. “Mi papá nos enseñó a cantar para representar a la Escuela 22 en un concurso. Esa noche nevaba y hacía frío, e Isabel subía llorando al escenario porque no quería cantar, pero ganamos el primer premio”, recordó entre risas Elizabeth. No se quedó ahí, sino que retrucó. “Isabel tenía cinco años y nosotras con ocho y nueve debíamos aguantar que se la pasaba llorando cuando había que actuar”, rememoró.
Su padre, Manuel Cancino, no solo fue quien les enseñó a cantar, fue quien las introdujo en el mundo del trabajo a temprana edad, motivo que decantaría en el abandono del canto por parte de las hermanas. Fue artesano de madera y cuero, trabajó hasta los 90 años con las uñas largas para manipular sus materiales y les inculcó algo que atraviesa cada respuesta: el orgullo por las raíces. “Negar nuestra raíz es negar nuestra sangre”, recordó María, con tono de convicción. “La copla representa nuestra cultura, nuestra tradición. Estoy orgullosa de mi familia, de mi padre y de mis hermanas”, agregó.
Durante años formaron un cuarteto y participaron en el Festival del Queso y en el Festival de la Verdura, en el Mollar. Pero una invitación a Buenos Aires que no pudo concretarse marcó un quiebre. “Mi papá se enojó y desde ese día no volvimos a cantar más”, contó Isabel. El silencio de las coplas se extendió por 39 años.
El regreso nació, según ellas, de una necesidad interior. “Lo sentimos, es como que algo nos decía que volvamos a cantar”, explicó Elizabeth, quien impulsó la reunión. “Cuando escuchaba coplas en las fiestas una sensación rara me recorría el cuerpo y me preguntaba por qué no estaba yo ahí si lo sabíamos hacer”, confesó.
Para Isabel, el retorno tiene una dimensión íntima. “Retomar esto es como estar más cerca de mi papá. Sé que más allá de que ahora no está presente, siempre nos sigue detrás”, sostuvo. También habló de una adolescencia atravesada por la necesidad. “A temprana edad tuvimos que salir a trabajar. Yo me fui a los 14 años. No compartimos casi nada como hermanas. Volver a la copla es recuperar ese tiempo perdido y poder jugar y divertirnos como no pudimos hacerlo cuando fuimos niñas”, relató.
La copla, dicen, es más que música. “Cantar coplas es expresar los sentires y pesares”, explicó María. Su hermana, con rostro conmovido, añadió su punto de vista. “Al cantar uno dice cosas que a veces no puede decir de otra manera”, añadió Isabel. En cada ensayo hay correcciones y risas. “Si le digo a Elizabeth ‘no levantes la voz así’, ella se ríe y me dice ‘bueno, ya lo voy a decir mejor’”, contó la mayor, con tono burlón.
Su propia jefa
Las trayectorias personales también hablan de constancia y sacrificio. María Rosa es artesana desde los ocho años, oficio heredado de su padre. Con ese trabajo crió a cinco hijos y se convirtió en su propia jefa. “He criado a mis hijos gracias a la artesanía. En esta vida no hay que quedarse con ganas de hacer lo que uno quiera, ahora me toca disfrutar porque ellos ya son grandes”, expresó. También dio a conocer una anécdota en un reconocido hotel de San Miguel de Tucumán. “Tuve que ir a dejar un encargo a un hotel cerca del Parque 9 de Julio. El gerente me preguntó tres veces ‘¿Vos sos la artesana?’. Me miraba las uñas, la cara, por entero. La gente cree que el artesano es una señora mayor con polleras largas o alguien que no puede arreglarse, y no es así. Humilde no significa que no puedas vestir una prenda o cuidarte”, relató.
Isabel, en cambio, abrió camino en el deporte. Fue impulsora del fútbol femenino en Tafí del Valle y organizó una liga de 12 equipos, donde cobijó a innumerables mujeres que antes no tenían un ente que las ampare. “La idea era que el fútbol sea el cable a tierra de las mujeres, que salgan de la rutina”, explicó. Hoy trabaja en el área de Deportes del municipio, en un equipo mayoritariamente masculino. “En este momento se está jugando un torneo de fútbol 7 femenino, es la primera vez que se hace algo así en Tafí”, sentenció.
Elizabeth también jugó como delantera, número 9, hasta que una lesión en el tendón de Aquiles la obligó a retirarse hace cuatro años. “Estuve casi nueve meses de recuperación. Fue duro”, contó. Actualmente trabaja como mucama en cabañas. “Entro a las 8 y salgo a las 4. Después voy a quedarme con mi mamá, que ya está solita. No me queda tiempo para hacer nada más”, relató. Su madre, Rosa Tabella, rosarina de origen, vive en La Carrera. Las hijas la describen como “de las buenas”. Elizabeth es quien la acompaña cada tarde, cuida de ella y comparte más tiempo con la mujer.
El regreso a los escenarios no es solo una presentación más. Es una forma de saldar una deuda con el padre, de honrar una enseñanza que iba más allá del canto. “Él siempre nos decía ‘¿Cuándo van a venir para que ensayen? Ya es hora de volver a cantar’, y es algo que nos marcó para siempre el no haber vuelto con él en vida”, recordó María Rosa. Hoy están ensayando otra vez, y sienten que él las sigue acompañando desde donde sea que esté.
El próximo escenario será el Festival del Queso, en su Tafí del Valle natal. Allí donde se consagraron, volverán a pararse juntas. No para empezar de cero, sino para continuar una historia que había quedado en pausa. Una historia que, como el aro que las identifica, une sangre, memoria y canto.









