Tres nombres, una misma esencia: la historia de Tucumán Central desde el cuartel hasta Villa Alem
En la previa de la definición por el ascenso al Federal A, el club de Villa Alem repasa un recorrido marcado por cambios de nombre, crisis superadas y títulos inolvidables. De Comandante Araujo a Bomberos F.C. y, finalmente, Tucumán Central: una historia que siempre encontró la forma de reinventarse.
UN GOL HISTÓRICO. En noviembre, Tucumán Central ganó su primera Liga Tucumana "moderna" (desde 1977) gracias a un gol de Nelson Martínez Llanos. OSVALDO RIPOLL/LA GACETA.
La final por el ascenso al Federal A no es un partido más para Tucumán Central. Es un capítulo nuevo en una historia que empezó hace más de un siglo, cuando el fútbol tucumano daba sus primeros pasos organizativos tras la creación de la Federación de Football en 1919. En ese contexto, en el corazón del Cuerpo de Bomberos, germinó una idea que cambiaría para siempre la vida deportiva de Villa Alem.
Según el libro de los 50 años de la Federación Tucumana, fueron choferes y soldados del cuerpo de bomberos quienes comenzaron a reunirse para jugar. El impulso decisivo lo dio Julio Décima, que hasta prometió donar la primera pelota. Aquel equipo inicial, dirigido por el sargento Pedro Almonacid, vestía casaca blanca con rombo rojo, pantalón blanco, medias blancas y las iniciales C.B.T., símbolo del Cuerpo de Bomberos de Tucumán.
El 10 de junio de 1921, en una asamblea dentro del cuartel, nació oficialmente el club bajo el nombre de Comandante Araujo, en homenaje a Cristóbal Araujo, fundador del Cuerpo de Bomberos. No era sólo un gesto formal: era reconocer el origen mismo del proyecto.
Dos años más tarde, en 1923, obtuvo la afiliación a la Federación e ingresó a la segunda división. En 1924 ganó el derecho a jugar en el círculo superior y logró un título que quedó grabado en la historia grande del club. Desde el comienzo mostró carácter: en su debut en Primera empató 3-3 con Central Norte y dejó claro que estaba preparado para competir.
Pero si algo marcó a la institución fue su capacidad de reinventarse. En 1929 decidió cambiar su nombre y pasó a llamarse Bomberos Fútbol Club, reafirmando su raíz. En 1930 inauguró el estadio de 25 de Mayo y España, escenario de grandes jornadas hasta 1946, cuando debió desalojarlo tras la cesión del terreno a la Intendencia de Guerra. Fue un golpe devastador.
La tercera transformación llegó con una decisión estratégica y simbólica: dejar definitivamente el cuartel como sede institucional y adoptar el nombre de Tucumán Central. Una de las hipotesis del momento apunta a que se quiso hacer un homenaje al viejo club homónimo de 1912. No fue un simple cambio administrativo: fue la consolidación de una identidad propia.
En 1947, bajo la presidencia de Aníbal Rodríguez, encaró otra epopeya: comprar el terreno en pleno corazón de Villa Alem. Costaba $150.000 y el desafío parecía imposible. Hubo gestos solidarios de San Martín, Central Norte, Obras Sanitarias, Atlético Tucumán y Central Córdoba, además de un subsidio provincial. En 1949, cuando la deuda hipotecaria amenazó con llevarse el field, la solidaridad del fútbol tucumano volvió a salvar al club.
Después llegaron los años dorados: los títulos de 1933, 1934 y 1935, y el campeonato de 1966 que reafirmó el prestigio. Y quedaron nombres que hoy son parte del ADN “rojo”: Julio Décima, Aníbal Rodríguez, Héctor Poggi (impulsor de la tribuna de cemento), Ricardo Salim y José Antonio Villagra, el padre de las divisiones inferiores.
Hoy, en la antesala de una final que puede depositarlo en el Federal A, Tucumán Central no sólo juega por un ascenso. Juega con el peso y el orgullo de una historia que cambió tres veces de nombre pero nunca de esencia. Porque si algo demostró desde 1921 hasta ahora es que, más allá de las denominaciones, la identidad se sostiene con esfuerzo, pertenencia y una convicción inquebrantable.








