Javier Milei, presidente de la Nación.

En la historia política contemporánea, los dispositivos de comunicación oficial suelen nacer bajo el signo de la inocencia: se presentan como herramientas técnicas, destinadas a “ordenar la información”, “combatir las noticias falsas” o “aclarar malentendidos”. Sin embargo, la experiencia demuestra que detrás de esa fachada defensiva siempre late algo más profundo de parte de los gobiernos: la idea totalitaria de monopolizar la verdad y de disciplinar la palabra pública.
Lo que se ha observado con bastante nitidez en estos días es que otra vez, como antes de las elecciones que Javier Milei supo torcer, le aparece al Gobierno el fantasma del kirchnerismo en el insólito rol de enemigo a copiar. Es notable cómo el actual gobierno nacional se ha ocupado de tropezar otra vez con la piedra de la desconfianza, la que lo pone en líneas similares a las de su natural enemigo político, sin hacer valer que están transitando caminos de fondo muy diferentes.
El bamboleo político del año que avanza empieza a mostrar al Presidente en un retroceso en las formas que, si se pasan de rosca, lo ponen a tiro de uno o varios “cisnes negros” que le pueden derrumbar buena parte de aquello que ha venido construyendo positivamente desde octubre para acá. Una cosa es la necesaria negociación política que se está dando con la modernización laboral y otra meter el cuchillo para no se sabe muy bien demostrar qué cosa y a quiénes. Con algunos de los descalabros posicionales que se observan en el tablero, Néstor Kirchner hubiese dicho que el Gobierno está “nerviosho”.
La reciente creación de una Oficina de Respuesta Oficial en la Argentina se inscribe en la nefasta lógica del monopolio de la información, concepto que debería espantar a todo liberal que se precie. Su misión declarada es responder a rumores y operaciones mediáticas, pero el camino que podría recorrer recuerda demasiado a experimentos previos que comenzaron como simples réplicas y terminaron siendo aparatos de confrontación. El populismo de izquierda ya había ensayado algo similar con “6,7,8…”, programa de TV que nació como espacio de análisis crítico y devino en propaganda militante y con la campaña “Clarín miente” de Guillermo Moreno –no tan de izquierda, desde ya- que, cotillón mediante, busco transformar la réplica en estigmatización.
Ya en 2020 el kirchnerismo tardío fue por más y creó Nodio, un engendro del estilo Observatorio sobre la Desinformación y la Violencia simbólica en medios y plataformas digitales, con el objetivo declarado de monitorear redes y medios para detectar noticias falsas y discursos de odio. En la práctica, la idea fue percibida como un intento de controlar la circulación de información y definir qué cosa era “verdad” y qué no, lo que generó fuertes críticas de la oposición y de las organizaciones de prensa y por suerte se perdió entre la pandemia y las internas K.
Lo que para el primer kircherismo fue una defensa frente a la manipulación mediática, se convirtió luego en un ataque sistemático contra voces disidentes. El riesgo es que la Oficina creada por el actual gobierno repita esa escalada y pase de un salto de la aclaración técnica a la agresividad política y que se revele la orwelliana “Policía del Pensamiento” descripta en “1984”, ese organismo secreto encargado de vigilar, de detectar mediante el seguimiento constante y de castigar cualquier forma de disidencia, incluso si nunca se llega a expresar en palabras o acciones, en un clima de miedo que obliga a la autocensura.
La actualidad en muchos lugares del mundo ha sacado a la superficie el tema y en el caso de la Argentina, el nuevo juguete oficial se suma para mal a gobiernos o instituciones que manipulan la información o buscan monopolizar la narrativa pública. Aunque aquí y ahora, la Argentina no enfrenta un escenario de control totalitario, la lógica es semejante y lo que comienza siendo un mecanismo inocuo de respuesta puede crecer hacia un aparato que conspira contra la libertad de expresión, erosionando la pluralidad democrática y acercándose peligrosamente a la idea de tener una única verdad oficial.
Como ha expresado Adepa tras conocerse el símil argento del ministerio de la Verdad, “el mejor antídoto contra la desinformación” no es el de disponer de una línea oficial dedicada a usar el esquema de las redes sociales, un sistema básico que trabaja desde afuera para uniformar el pensamiento, sino “tener un ecosistema plural de medios libres, profesionales e independientes, responsables ante sus audiencias y ante la Ley, conforme a los estándares internacionales de libertad de expresión”. Nada mejor para un liberal que sea el público el que elija.
Otra característica constitutiva del hombre libre es la tolerancia que encapsula los prejuicios, algo que no suele profesar el Presidente sobre todo cuando escucha a quienes lo embalan con la construcción de enemigos. Él mismo se ocupa de aclarar que es libertario, pero “no libertarado” y con esa excusa se enroscó en otra cruzada parecida a la pelea que, en su momento, también tuvo el matrimonio Kirchner con el número uno de la industria, Paolo Rocca aunque por motivos diferentes.
Los archivos recuerdan que, en el año 2013, Cristina Kirchner cuestionó directamente a Rocca, acusándolo de no acompañar suficientemente el modelo productivo nacional y de privilegiar intereses externos y fue una secuela de los roces por la relación de Techint con Venezuela (Hugo Chávez expropió Sidor en 2008) y por la resistencia de Rocca a aceptar ciertas reglas de juego del kirchnerismo que buscaban imponer un empresariado alineado con la política nacionalista y redistributiva, mientras él defendía la inserción global de Techint y su autonomía estratégica.
Siguen los símiles y otra vez, hay que mirar la figura de Moreno, en esta oportunidad en su carácter de exsecretario de Industria y hombre fuerte del INDEC, organismo al que le puso candado y se adueñó del dibujo de los índices hasta 2013. En esta oportunidad, fue Marco Lavagna quien no quiso sumarse a una nueva manipulación y dejó en claro que había esperado demasiado para poner en marcha la nueva estructura de medición, postergada desde hace más de una década. Cuentan que Luis Caputo le dijo que la orden de postergarla partió de la Presidencia porque sería imposible que, con los cambios, la inflación pueda bajar de 2% mensual para llegar a “0 coma” a mitad de año, tal como prometió Milei.
Por aquella tarea de romper el termómetro por parte del kirchnerismo, la Justicia confirmó que Moreno había incurrido en abuso de autoridad y de destrucción de registros públicos y le impuso en 2025 una condena de tres años de prisión en suspenso y seis de inhabilitación para ejercer cargos públicos. Lavagna quiso resguardar seguramente su seriedad profesional, no transó, pegó el portazo y dejó demasiado expuesto al Gobierno en un tema sumamente sensible que generará reparos y coberturas preventivas, seguramente. En tren de excusas, qué mejor hubiese sido si se le echaba la culpa del no retroceso del IPC al cambio de metodología, sin este ruido en materia de confianza que deja al Gobierno demasiado expuesto.
Donde no hubo atisbos de contacto con el kirchnerismo, ni prácticos ni ideológicos, fue en la firma del Acuerdo Recíproco sobre Comercio e Inversiones con los EEUU. La posición K difícilmente hubiera avalado puntos como el de la carne, por la conocida consigna de “la mesa de los argentinos”. La semana próxima comenzará su discusión en el Congreso, en simultáneo con la Modernización Laboral, un tema que no va a distraer al kirchnerismo ni a varios gobernadores, pero que generará discusión.
El rechazo técnico que se perfila no cuestiona el Acuerdo en sí, sino un desequilibrio estructural, ya que la Argentina asume compromisos regulatorios y abre sectores sensibles, mientras que los beneficios concretos hoy aparecen limitados y difusos. El riesgo señalado es que el acuerdo favorezca a los EEUU en acceso y competitividad y que no haya reciprocidad equivalente, debilitando la posición argentina en rubros como quesos, vinos o avicultura. El Gobierno apuesta a cambios mínimos que no alteren el núcleo del Acuerdo, aunque más habrá que explicar en el Mercosur.









