LO PEOR. Según el autor del libro "El buen dormir" tratar el desvelo con el celular es lo peor.

Dormir mal siempre tuvo mala prensa, pero con el paso de los años empieza a pasar factura de manera más visible. No solo se nota en la piel, el humor o el cansancio diario, sino también en la balanza. Muchas personas sienten que “comen igual que antes” y, sin embargo, engordan con mayor facilidad. La explicación no es subjetiva: el sueño regula las hormonas que controlan el hambre y la saciedad.
El problema empieza cuando el descanso se vuelve frágil
“Con el paso de los años, el sueño se vuelve más liviano y fragmentado. Los despertares nocturnos y la dificultad para conciliar el sueño son cada vez más frecuentes, especialmente en mujeres a partir de la perimenopausia”, explica la nutricionista Elena Gurucharri. Y aclara que este cambio no solo afecta cómo nos sentimos al día siguiente, sino cómo el cuerpo gestiona la energía y el apetito.
Según la especialista, la clave está en dos hormonas fundamentales: la grelina y la leptina.
Grelina y leptina: las hormonas del hambre
La grelina es la hormona que estimula el hambre, mientras que la leptina es la encargada de enviar al cerebro la señal de saciedad. “Cuando dormimos mal, ese equilibrio se rompe: aumenta la grelina y disminuye la leptina”, señala Gurucharri.
El resultado es directo:
Más hambre
Menor sensación de saciedad
Mayor tendencia a comer de más, sobre todo alimentos calóricos
No se trata de falta de voluntad, sino de un desajuste hormonal provocado por el mal descanso.
El cortisol, el estrés y la grasa abdominal
Dormir poco también eleva los niveles de cortisol, la hormona del estrés. Cuando el cortisol se mantiene alto de forma crónica, favorece la acumulación de grasa, especialmente en la zona abdominal.
“Además, el cortisol incrementa el deseo de alimentos ricos en azúcar y grasas. Por eso, después de una mala noche, el cuerpo suele pedir energía rápida en forma de facturas, chocolate o snacks salados”, explica la experta.
Qué dice la ciencia sobre dormir poco y engordar
Este vínculo está respaldado por estudios científicos. Una investigación publicada en Annals of Internal Medicine analizó a adultos sometidos a restricción de sueño durante dos semanas. Los resultados mostraron que quienes dormían menos de seis horas por noche consumían más calorías y perdían menos grasa corporal, incluso manteniendo una dieta controlada.
La conclusión fue clara: dormir mal altera la regulación del apetito y dificulta la pérdida de grasa, aunque la persona no sienta que está comiendo más.
Por qué a partir de los 40 el impacto es mayor
Desde los 40 años, el metabolismo se vuelve más lento y la masa muscular tiende a disminuir. Si a eso se suma un descanso insuficiente, el cuerpo entra en un modo de “ahorro” energético que favorece el almacenamiento de grasa y complica el control del peso.
Además, dormir mal también afecta la toma de decisiones. “La falta de sueño impacta en las áreas del cerebro vinculadas al autocontrol y la planificación, haciendo más difícil resistirse a elecciones poco saludables”, agrega Gurucharri.
Dormir bien también es una estrategia para cuidar el peso
Si a partir de los 40 sentís que tu cuerpo ya no responde igual, tal vez la pregunta no sea solo qué comés o cuánto te movés, sino cómo dormís. Dormir mal no engorda por arte de magia, pero sí desajusta el sistema hormonal que debería ayudarte a mantener el equilibrio.
El descanso, lejos de ser un lujo, es una herramienta metabólica clave. Y muchas veces, el primer paso para cuidar el peso empieza en la cama.







