“Soy un ‘buenaire’. A mí nadie puede mentirme”, dice don Rosendo Cancino y explica que así se conoce a las personas que pueden adivinar el futuro o “leer mentes”.
Don Rosendo recibe a sus visitas con alegría (abrigado a pesar de que el sol calienta con rigor en Tafí del Valle) y un palo macizo que oficia de bastón en la mano derecha. Pregunta nombres. No escucha bien, los visitantes deben alzar la voz un poco. Dirige a los curiosos hacia la derecha de la casa y luego hacia atrás. Allí, como menhires tallados por sus propias manos, hay una veintena de piedras con rostros y tramados que parecen agua que cae y refresca.
Entre piedras y silencio
Vive en su casa museo, en Las Carreras, rodeado de silencio, viento, el murmullo del arroyo que bordea su patio y memoria. El recorrido comienza sin apuro, al ritmo de su voz pausada y de sus pasos temerosos. El abuelo habla de sus 15 hijos bien criados y de los nietos que tiene mientras inicia el paseo por sus obras. “Me llevó más de 60 años hacer todo esto”, cuenta y explica que talla con una punta metálica y un martillo. Cada piedra, dice, fue trabajada con paciencia y respeto, como si el tiempo también hubiera dejado su huella en el cincel.
Con la tranquilidad de quien conoce cada piedra del lugar, Rosendo avanza entre objetos, morteros y piezas que, asegura, guardan la memoria de los pueblos antiguos. Apenas comienza la charla, pregunta de dónde venimos y reconoce con facilidad las calles de San Miguel de Tucumán.
Cuenta que vive con su familia. Habla de su esposa, de sus hijos y de una nieta que a veces lo acompaña. Le preguntan la edad, duda y luego sonríe: “tengo 87 años”. Sigue activo, se mueve con soltura entre las piezas de su museo y explica que todavía trabaja, que no dejó nunca de hacerlo.
La visita tiene un motivo claro: conocer el museo de piedra del que tanto se habla en el valle. Rosendo se entusiasma cuando percibe interés genuino. “Todo esto lo hice yo”, repite varias veces, mientras señala dibujos, piedras trabajadas y morteros. Explica que cada pieza tiene una historia y que no están ahí por casualidad. “Esto no es adorno. Acá hay saber”, afirma.
Beberaje para los dioses
Se detiene frente a uno de los morteros y lanza una pregunta que se repite como un desafío a la curiosidad ajena. “¿Usted sabe lo que es esto?”, dice el artesano. “Aquí los caciques o jefes de pueblo preparaban el beberaje para celebrar a sus dioses”, explica. Sonríe y agrega, con tono cómplice: “cómo no estábamos nosotros para que brindemos también, ¿no?”. La risa corta por un instante la solemnidad del relato y el recorrido continúa.
Para Don Rosendo las piedras no son objetos inertes. Hablan, guardan historias y transmiten energía. Cree que pueden ayudar a aliviar dolores si se colocan las manos sobre ellas. “La piedra toma el calor, toma la energía”, dice, y aclara que ese conocimiento no es invento suyo, sino herencia de los antiguos. Insiste en que todo debe hacerse con respeto y con fe.
“Esto es serio”
Señala entonces los rostros que emergen de la roca y los nombra como si fueran parte de una misma genealogía. “¿Saben lo que es un pancú? Esa palabra indica ‘donde vivió mi familia’. O sea que esta es mi familia”, explica mientras muestra que las piedras con rostros dibujados por sus manos son sus ancestros.
A lo largo de la charla aparecen historias de personas que llegaron a su casa buscando alivio o respuestas. Cuenta casos, recuerda nombres, mezcla anécdotas personales con relatos que, para él, confirman el valor de lo que conserva. “Yo no voy con bromas”, aclara. “Esto es serio”.
Cuando le preguntan cuántas personas pasaron por su casa, no duda. Dice que fueron muchísimas. Que la gente llega por recomendación, por confianza, porque siente la necesidad de conocer algo más profundo. “Vienen porque creen, porque sienten la importancia de la historia”, sostiene.
Hacia el final, Rosendo se vuelve más reflexivo. Habla de la Madre Tierra, de los antepasados y de la obligación de cuidar y transmitir ese legado. “Nosotros seguimos queriendo, amando y respetando. Por eso contamos estas historias a cada persona que nos visita”, afirma.
Antes de despedirse, invita a volver. No hace falta un motivo especial. “Aunque sea para tomar un mate”, dice. Y deja una bendición sencilla, dicha con la convicción de quien cree en lo que hace: que la Pachamama acompañe, cuide y no abandone nunca a quienes llegan hasta su casa museo de piedra en Las Carreras.








