Era escocés. Nació en 1860 y falleció en 1937. Sir James Matthew Barrie pasó a la historia de la literatura infantil por su cuento "Peter Pan", que surgió como una obra teatral y cuyos derechos de publicación donó luego al Hospital Infantil de Londres. Al igual que su personaje, sir James tal vez fue un niño que no quería crecer. Si resucitara por un instante, se enteraría con sorpresa de que en una ignota provincia subtropical del norte argentino existen varios de sus personajes con ropajes actuales.
La discusión sobre la reforma de la Constitución provincial ha comenzado con bríos inusitados en este marzo pascual. Con la seguridad de que la reelección será un hecho consumado, la clase política ha reflotado ahora el debate sobre la necesidad de retornar al sistema bicameral que fue dado de baja por la Constitución de 1990 por considerarlo burocrático y oneroso para las arcas provinciales. A ello se sumaba el ya entonces notable descrédito en que había caído el Poder Legislativo y el Ejecutivo, intervenidos en 1991. Los argumentos sobre la importancia de poseer un sistema bicameral o unicameral son muy similares a los que se escuchan ahora. Desde luego, en esta oportunidad, se destacan ya las virtudes de tener diputados y senadores, considerando que habrá así una mayor representatividad, lo cual no deja de ser cierto.
El sistema unicameral nació con la frente lozana, pero al cabo de su aún corta existencia, fue perdiendo brillo -si es que alguna vez lo tuvo- y sus protagonistas -no todos- entraron en un cono de sombras. Por otro lado, siempre atenta a preservar su corralito, la clase política, invocando una vez más una mayor representatividad y participación de la ciudadanía, comenzó a bastardear a "La Malquerida", que había llegado promisoriamente a estas tierras en 1986. La Ley de Lemas tomó el camino de la deshonra y la desvergüenza. Las prácticas clientelísticas se hicieron moneda corriente; se profundizó la pobreza; se fortalecieron los punteros políticos y la cultura del bolsón. El nepotismo siguió en ascenso, mientras la deuda pública acorralaba aún más las arcas provinciales y empujaba al abismo a Tucumán. En las elecciones de 2003, en una emotiva muestra de vocación de servicio, gracias a "La Malquerida", se candidatearon más de 37.000 tucumanos.
Presionada por el cocodrilo y entrampada en sus promesas incumplidas, con mucho dolor y entre llantos compulsivos, en setiembre de 2004 la Legislatura decidió derogar la Ley de Lemas que benefició a tantos dirigentes en estos lustros -incluyendo al actual gobernador-. En los meses sucesivos, los viudos se colgaron a las polleras de "La Malquerida" para no dejarla partir, pero no tuvieron suerte.
Con unicameralidad o bicameralidad, con los diferentes sistemas electorales que se aplicaron, la realidad de Tucumán fue empeorando vertiginosamente en los últimos años hasta convertirnos en muchos momentos en la vergüenza del país y del mundo. Los sistemas de gobierno, las instituciones, pueden ser casi perfectas en su formulación, pero son los hombres -representantes y representados- los que tienen la misión de que hacerlas dignas, como sucede en otras naciones.
Esta es, por cierto, una sociedad que en las últimas décadas se ha resistido a crecer y una buena parte de su clase dirigente, integrada por varios capitanes Garfio y por una legión de bucaneros, se ha empeñado en que las cosas aparentemente cambien para que nada cambie, cuando es acosada por un cocodrilo -parte de la ciudadanía- que aún no ha podido tragarles las manos y el poder, pero que, por lo menos, los asusta.
La reforma de la Constitución es una posibilidad de desterrar los males que nos aquejan históricamente. Pero, si nuestra clase dirigente antepone siempre sus intereses a los de la sociedad, poco cambiará en este "Jardín del Nunca Jamás".
16 Marzo 2005 Seguir en 
Por Roberto Espinosa







