La fama es hoy lo que para los antiguos griegos fue la filosofía: un anhelo supremo. En un reciente artículo publicado por el diario "La Nación", el destacado escritor y semiólogo italiano Umberto Eco asegura que el hombre de este nuevo siglo persigue, sobre todo, la notoriedad. Necesita ser admirado para sentirse vivo. Y contó la anécdota del escritor Hall Caine, que se volvió importante y famoso porque de joven supo conquistar la amistad del legendario Dante Gabriel Rossetti. Hoy, para lograr notoriedad, los jóvenes no buscan la compañía de filósofos o de escritores: prefieren la televisión. Tal vez por eso, los "reality shows", los "talk shows" y los numerosos programas de concursos son tan exitosos. Y no hay que recurrir a complejos estudios sociológicos para comprobar la veracidad de las palabras del autor de "El nombre de la rosa". Sólo basta con observar el efecto que provoca en la sociedad el ciclo "Operación Triunfo, segunda generación". La joven tucumana Priscilla Omil, concursante del programa, es hoy el nuevo ídolo de jóvenes y de adultos. En las escuelas, las maestras organizan debates porque los alumnos no paran de hablar del programa; las academias de canto vernáculas están llenas de chicos que quieren prepararse para poder tener la misma oportunidad que ella en la TV y hasta se organizan concursos alternativos en distintos colegios secundarios. La multitud que se concentró en la plaza Independencia en la noche del jueves para seguir el derrotero de Priscilla en la academia de "Operación Triunfo" demostró, una vez más, el intenso poder de sugestión que tiene este programa televisivo. Y no es el único. Los programas de juegos, por ejemplo "En busca del escarabajo dorado" (que volverá a la pantalla de Telefé en breve), además de acaparar la atención masiva de los espectadores, también crea la fantasía de que, para ser famoso, hay que tener el desparpajo de Luciana Salazar, la osadía de María Eugenia Ritó, la liviandad expresiva de Marley o el descaro de Florencia de la V. En definitiva, todos quieren ser como los mismos concursantes del programa, que claramente participan con la esperanza de ganar fama y fortuna. No está mal, claro está. Aspirar a un mejor futuro profesional y económico forma parte de la esencia del ser humano.
Ahora bien, mientras Eco considera malsano "el sistema de valores de los que, con tal de conseguir notoriedad, incendian el Templo de Diana en Efeso, como Erostrato, disparan con la metralleta, como Dillinger, o salen en la televisión contando que han sido engañados, abandonados, humillados y burlados", también asegura que moralizar sobre los que, para llegar a ser conocidos, participan en un reality show o los que consiguen sentarse entre el público de un debate de televisión para que los vean sus vecinos y amigos, es un despropósito. "Es más moral intentar la visibilidad de esta forma que atormentar a los semejantes escribiendo poesías pésimas", concluye Eco. Y tiene razón. El problema es otro. La cuestión tiene que ver más bien con el hecho de que no existe un incentivo más dinámico desde otras áreas (como por ejemplo, la educativa o la cultural) que pueda contrarrestar este efecto. En décadas pasadas, los chicos soñaban con ser los protagonistas de alguna novela de Emilio Salgari o de Mark Twain.
Copiaban los modismos de Lewis Carrol y atesoraban los valores transmitidos por el "Martín Fierro" o "El Quijote". Hasta se imaginaban a sí mismos como salidos de un libro de Stevenson o de algún cuento de María Elena Walsh. Más adelante, el cine introdujo su magia y llegó la fascinación por las películas épicas como "Los diez mandamientos", los dramas al estilo "Lo que el viento se llevó" o las trilogías tipo "La guerra de las galaxias", que hicieron volar a los jóvenes. Hoy, todo pasa por la televisión. Y lo que no está en la pantalla chica, no existe. Tal vez por eso la gente lee cada vez menos y se evade cada vez más. O se hace modelo, inicia una relación de pareja, se casa o se pelea frente a las cámaras de televisión. Todo un signo de los tiempos en los que la imagen está suplantando, de a poco, la palabra escrita.
13 Marzo 2005 Seguir en 
Por Gustavo Martinelli







