La fama cuesta

El fenómeno Priscilla y los reality shows.

06 Marzo 2005
Por Facundo Pereyra

La fama y el éxito pueden llegar a ser demasiado efímeros. Mientras duran, el protagonista goza de ciertos privilegios que lo ubican en el lugar en el que muchos otros quisieran estar. De eso se trata, justamente, eso de ser famoso y de buscar el éxito, aunque en el camino haya dolor, pesar y vértigo.
Los reality shows son creadores de fama instantánea y, hasta ahora, los musicales producidos en este país no generaron más que famas fugaces, que se extinguieron poco después de que los programas terminaron o se reciclaron en segundas versiones.
Mientras estos ciclos duran, garantizan un alto grado de exposición, el pretendido reconocimiento popular, la movilización solidaria de quienes pretenden que su ídolo siga en carrera y triunfe. Pero sobre todo, les aseguran buenos dividendos a los productores.
El vértigo que la TV les impone a las carreras de estos protoartistas se condice con la necesidad popular de sentirse identificado con alguien, que es igual o parecido al resto de los mortales, y logra trascender las fronteras del anonimato.
Esto es parte del modelo de sociedad en la que vivimos, donde los ídolos y los héroes nacionales tienen cara de remera, y la frivolidad es una especie de panacea que hace que la atención del mundo se concentre en cosas banales.
Priscilla Omil logró lo que muchos artistas y políticos anhelan. No lo hizo sola, por supuesto. La televisión, las radios, los diarios la ayudaron a generar una de las movilizaciones más grandes de los últimos años en Tucumán; y sin usar bolsones ni colectivos convocó a más de 6.000 tucumanos en la plaza Independencia.
También llevó al legislador Pedro Stordeur a poner teléfonos para que la gente la votara, y al secretario de Cultura, Mauricio Guzman, a adherirse a la "Operación Priscilla" para que la gente llamara por teléfono a su favor.No es poco, si se tiene en cuenta que esta chica lleva sólo unos meses como egresada del colegio secundario y que hasta su aparición televisiva, cantaba con una banda en pequeños locales.
Priscilla, que vivió la música desde la cuna (su madre es cantante), no tiene otra opción que entrar a este programa para poder desarrollar su pasión. La falta de espacios independientes para producir y desarrollar este arte lleva a muchos chicos a probar suerte en los realities.
A ella, esta repentina fama le costó caro. Vive pendiente del éxito (contó que le cuesta caminar por la calle porque la gente la aborda para pedirle autógrafos), y llegó a enfermarse ante el estrés que le generó su retorno a la academia, lograda gracias al voto telefónico de miles de tucumanos. Pero son cosas que también suelen pasarles a quienes alcanzaron el éxito con años de esfuerzos y sacrificios: es el precio de la fama.

"Cultura del deterioro"
Los reality shows entrarían en lo que el crítico y artista Felipe Noé denominó como "cultura del deterioro". Se refería a la producción de obras que se consumían poco después de ser creadas, y hay que cambiarlas por otras sobre la marcha.
Estos programas televisivos, que atraviesan la vida cotidiana de la gente como cualquier cosa que pase por los tubos catódicos, son juegos que no disimulan su escasa cuota de realidad ni de la limitada proyección que les ofrecen a los participantes. Para ellos hay un "vivir el ahora" y muy poco más. Es una clara manifestación de la cultura light, en la que la utopía es una mala palabra y la rebeldía pasa por el largo del pelo o los piercings. Y en realidad, se necesita rebeldía para ser creativo.
En los reality shows la creatividad suele estar ausente, porque el producto es una matriz de fábrica. Los participantes hacen lo que les marcan los profesores, y estos no los guían en un proceso de producción, que es lo más importante para un artista.
Será difícil para Priscilla olvidarse de esta etapa de su vida, y posiblemente signifique la realización de uno de sus sueños. Para ello, deberá conseguir que los miles que hoy la siguen continúen teniéndola presente.

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