No hay democracia sin diálogo

Los hechos de los últimos días dan testimonio de esa agobiante realiadad.

05 Marzo 2005
Más de dos décadas han transcurrido desde la restauración constitucional y la Argentina no ha conseguido superar el promedio de los países donde la democracia continúa siendo una experiencia difícil. Esa situación tiene causas muy diversas y se manifiesta en la pérdida del sentido del diálogo entre las dirigencias públicas más significativas. En su lugar, el discurso crispado no sólo enfrenta destempladamente a los diversos sectores partidarios, sino que afecta sus actividades internas e impide la coexistencia creadora. En los recientes días se han producido sobrados testimonios de esa agobiante realidad, ya que la confrontación hace enemigos de losadversarios.
El mensaje presidencial al Congreso y las consiguientes réplicas han sido evidencias ineludibles de ese espíritu destructivo de nuestras relaciones políticas. Por contraste y coincidentemente, en Uruguay asumía la presidencia Tabaré Vázquez con él una coalición de la izquierda -Frente Amplio- que puso fin a la secular alternancia de blancos y colorados. La histórica circunstancia de nuestros vecinos en la comunidad rioplatense no debe ser ignorada más allá del relevo político, pues su marco ejemplar de convivencia adquiere aquí el valor superior de una lección inexcusable.
Tras una dura campaña electoral, el nuevo presidente uruguayo y los líderes de la oposición se reunieron para establecer un acuerdo de convivencia sobre cuestiones esenciales para el estado. En la Asamblea Legislativa se pudo advertir ese compromiso, sin que por ello el nuevo mandatario declinase en el mensaje las propuestas de su programa de gobierno. El mismo clima se observó en las calles montevideanas, donde el gran perdedor en esas horas fue el agravio, que parece haberse refugiado en nuestra orilla rioplatense. Ese contraste de estilos públicos impone reflexionar sobre los modos peculiares de rechazo que contaminan a nuestra política. Un comportamiento que ya no se limita a las relaciones interpartidarias, sino que amenaza la integridad de los mayores partidos, y les impide contribuir al fortalecimiento de la sociedad democrática. Los partidos han dejado de ser, en consecuencia, además de intermediarios del sistema representativo, escuelas de formación política. Las nuevas generaciones, especialmente los más jóvenes, se alejaron de ellos en niveles sin precedentes, optando mayormente por agrupamientos informales destinados a presionar sobre necesidades concretas e inmediatas. ¿Cuántas organizaciones partidarias abren actualmente sus comités para que los jóvenes se acerquen confiados a debatir ideas en democracia? Muy pocas o prácticamente ninguna; especialmente las mayores y con más posibilidades de alcanzar el poder, pues sus dirigentes se encuentran ocupados en sobrevivir a las recurrentes internas.
Si no fuese porque la sociedad argentina ha dejado en el desván de la historia sus tolerancias ante las quiebras constitucionales, podría suponerse que el desprestigio de los partidos políticos y la incapacidad de sus líderes para el diálogo creador -salvo excepciones muy honrosas- implica un elevado riesgo de perder la democracia. La proximidad de una nueva experiencia electoral no es tiempo propicio para favorecer reflexiones de esa naturaleza; pero no por ello debe dejarse de advertir que los poderes políticos han sido convocados a reflexionar sobre la experiencia democrática de los vecinos rioplatenses. Nuestro país, más aun que de los graves problemas dejados por la crisis, depende de la necesidad de convivencia y diálogo, lo cual no significa abandonar el pluralismo, sino preservarlo del autoritarismo.

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