02 Marzo 2005 Seguir en 
La inauguración del 123° período ordinario de sesiones del Congreso de la Nación ha permitido conocer el pensamiento presidencial sobre la situación del país y la gestión del Gobierno federal, así como algunas pautas generales para el nuevo ejercicio parlamentario. En ese sentido pueden señalarse dos aspectos en el discurso de Néstor Kirchner. El primero, la visión que el jefe del Estado expuso sobre la realidad política y las causas de la crisis que más afectó a la Argentina moderna; en el segundo, un minucioso informe sobre medidas adoptadas en las distintas áreas ministeriales, a tenor del cual pudo advertirse el proceso de reconstrucción, económico y social, cumplido por la administración.
No hubo, por cierto, en el discurso del Presidente, enunciación concreta sobre un proyecto de gobierno -no obstante algunas definiciones ideológicas- que determine un rumbo del país, más allá de las acuciantes exigencias que el doctor Kirchner y sus colaboradores deben enfrentar. Sí estuvo presente, en cambio, el severo enjuiciamiento generalizado del pasado, que rara vez se omite en los discursos ocasionales, y que ocupó la primera parte del mensaje al Congreso; también hubo referencias descalificadoras para quienes no comparten orientaciones gubernamentales.
Era previsible que Kirchner no dispusiera de mayores precisiones sobre el desenlace del canje de la deuda, por lo que sus conceptos debieron limitarse a señalar la magnitud histórica y el éxito alcanzado por la compleja negociación, cuyos detalles se conocerán en los próximos días. Esos breves párrafos suscitaron parecidos aplausos entre el oficialismo, a los que durante el colapso institucional provocó en el mismo sector el anuncio del default, situación que no excusó al Presidente de castigar con dureza la gestión de aquellos días. Los contratos de servicios públicos, entre los que alrededor de 60 se encuentran pendientes de reestructuración o revisiones, fueron otro capítulo específico sobre los objetivos del Gobierno. En ese sentido, el pensamiento presidencial se manifestó ajeno a la polémica opción entre estatismo o privatismo, en nombre de una enfática defensa del derecho de los usuarios. Servicio, calidad e inversiones fueron las pautas sostenidas, sin negar por ello la rentabilidad de las últimas; también estuvo presente en las definiciones la compleja pretensión de no aceptar jurisdicciones internacionales sobre controversias, lo que representa un compromiso difícil en esa clase de convenciones con empresas extranjeras.
La minuciosidad de los actos de gobierno que implicaron decenas de medidas de inversión, asistencia social o reactivación de las genuinas relaciones laborales ocupó largamente la mayoría del mensaje, que rara vez dejó de matizarse con las duras imputaciones al pasado. En este caso, sin diferenciar a gobierno alguno desde la restauración institucional. Hubo, sin embargo, sensibles ausencias en el pensamiento presidencial, donde la restauración institucional que debería seguir a la crisis no mereció referencia alguna. La reforma política, largamente esperada y prometida, no alcanzará así para el nuevo proceso electoral, a pesar de las graves inquietudes presidenciales sobre la clase política; una omisión demasiado notoria para ser ignorada. Una vez más parece no advertirse que lo más negativo del pasado y sus causas ha sido la degradación del sistema representativo y las organizaciones partidarias. Tanto como el diálogo, una herramienta indispensable del sistema democrático, pero que tampoco tuvo espacio posible alguno. Al menos, de compromiso para las políticas nacionales, que el Presidente definió en sus conceptos al afirmar: "el Estado es para todos y no para unos pocos".
No hubo, por cierto, en el discurso del Presidente, enunciación concreta sobre un proyecto de gobierno -no obstante algunas definiciones ideológicas- que determine un rumbo del país, más allá de las acuciantes exigencias que el doctor Kirchner y sus colaboradores deben enfrentar. Sí estuvo presente, en cambio, el severo enjuiciamiento generalizado del pasado, que rara vez se omite en los discursos ocasionales, y que ocupó la primera parte del mensaje al Congreso; también hubo referencias descalificadoras para quienes no comparten orientaciones gubernamentales.
Era previsible que Kirchner no dispusiera de mayores precisiones sobre el desenlace del canje de la deuda, por lo que sus conceptos debieron limitarse a señalar la magnitud histórica y el éxito alcanzado por la compleja negociación, cuyos detalles se conocerán en los próximos días. Esos breves párrafos suscitaron parecidos aplausos entre el oficialismo, a los que durante el colapso institucional provocó en el mismo sector el anuncio del default, situación que no excusó al Presidente de castigar con dureza la gestión de aquellos días. Los contratos de servicios públicos, entre los que alrededor de 60 se encuentran pendientes de reestructuración o revisiones, fueron otro capítulo específico sobre los objetivos del Gobierno. En ese sentido, el pensamiento presidencial se manifestó ajeno a la polémica opción entre estatismo o privatismo, en nombre de una enfática defensa del derecho de los usuarios. Servicio, calidad e inversiones fueron las pautas sostenidas, sin negar por ello la rentabilidad de las últimas; también estuvo presente en las definiciones la compleja pretensión de no aceptar jurisdicciones internacionales sobre controversias, lo que representa un compromiso difícil en esa clase de convenciones con empresas extranjeras.
La minuciosidad de los actos de gobierno que implicaron decenas de medidas de inversión, asistencia social o reactivación de las genuinas relaciones laborales ocupó largamente la mayoría del mensaje, que rara vez dejó de matizarse con las duras imputaciones al pasado. En este caso, sin diferenciar a gobierno alguno desde la restauración institucional. Hubo, sin embargo, sensibles ausencias en el pensamiento presidencial, donde la restauración institucional que debería seguir a la crisis no mereció referencia alguna. La reforma política, largamente esperada y prometida, no alcanzará así para el nuevo proceso electoral, a pesar de las graves inquietudes presidenciales sobre la clase política; una omisión demasiado notoria para ser ignorada. Una vez más parece no advertirse que lo más negativo del pasado y sus causas ha sido la degradación del sistema representativo y las organizaciones partidarias. Tanto como el diálogo, una herramienta indispensable del sistema democrático, pero que tampoco tuvo espacio posible alguno. Al menos, de compromiso para las políticas nacionales, que el Presidente definió en sus conceptos al afirmar: "el Estado es para todos y no para unos pocos".







