Campera amarilla

Derrota en Santiago del candidato de Alperovich.

02 Marzo 2005
La cábala no le funcionó a José Alperovich en Santiago del Estero. La campera impermeable amarilla, que suele ponerse cada vez que tiene interés en unas elecciones, dejó de ser infalible. El martes 22, desafiando ese calor descorazonador de las noches de verano de Termas de Río Hondo -por cierto, no se diferencian mucho de las de invierno-, se la había puesto para acompañar al finalmente vencido postulante a gobernador de la vecina provincia, el justicialista José "Pepe" Figueroa. Aunque es de sonrisa fácil, Alperovich había viajado sin mucha convicción. Ni siquiera lo conocía a Figueroa. Pero órdenes son órdenes: a las 17 de ese día, Néstor Kirchner le pidió que haga lo que él no estaba dispuesto a hacer: sacarse una foto con el ex menemista (derrotado).
Hoy Alperovich debe soportar la mofa de sus otrora correligionarios radicales tucumanos, que festejan como propio el triunfo de Gerardo Zamora. Las humoradas son lo de menos, porque la política en estas tierras suele ser una gran ironía. El problema radica en el mensaje que los santiagueños depositaron en las urnas el domingo. Los aparatos, como sofisticadamente llaman al reparto de dádivas y a la movilización de fondos y de medios para arriar a la gente -sí, aunque el verbo suene fuerte-, ya no hacen magia, por más punteros y remises "Cinco estrellas" que sean puestos a trabajar (en Santiago los había por docenas). Y más importante aún: llevar el sello y la bendición de Kirchner no garantiza automáticamente una victoria. En otras palabras, ya nadie gana una elección manejándola a control remoto. Del mismo modo que, por más inteligente que sea el aparato publicitario montado para vender -cual mercancía- a un candidato, la falta de ideas a la hora de gestionar (o de legislar), en el caso de que aquel resulte electo, pronto se hará patente (y hasta patética). Por eso, Zamora, con la experiencia de Fernando de la Rúa en la cabeza, tuvo que aclarar que no todos los radicales son ineptos.
Las realidades políticas de Tucumán y de Santiago del Estero no admiten comparaciones. No obstante, con rapidez, Alperovich demostró que sacó más de una conclusión. Por ello, apenas supo que Figueroa había sido aplastado, salió con aquella reflexión barrial de que nadie tiene la vaca atada. Y no se equivoca. El Gobierno, por momentos, actúa como si fuera una maquinaria omnímoda de poder. La prueba es que acaba de darse un alegrón presupuestario (como dirían en España), con aumento del gasto político incluido (superior al 50% en promedio), lo que puede transformarse en una herramienta mortífera en un año electoral en el que -según la lógica del poder- sólo cuenta acumular votos. No obstante, los funcionarios aún siguen dudando si les conviene juntar o desdoblar las elecciones para convencionales constituyentes (reformarán la Constitución) y para diputados nacionales.
Alperovich tampoco termina de comprender la versatilidad del peronismo, aunque también lo es su entorno (él fue a apoyar a un menemista y el secretario de Derechos Humanos, Bernardo Lobo Bugeau, viajó a Uruguay para la asunción de un presidente socialista). Otra enseñanza santiagueña. Nadie duda -ni siquiera Zamora- de que Carlos Juárez, el interminable (e inexplicable) caudillo, mandó a sus fieles (no son pocos, tras cuatro décadas en el poder) a que voten por el radical, en venganza por la indiferencia del kirchnerismo. Por ello, Alperovich no sabe cómo reaccionarán aquí los legisladores y los ediles que, hijos del festín de sublemas, se sentirán excluidos por el nuevo régimen electoral, que reemplazará a la olvidable Ley de Lemas.
En el Ejecutivo ya piensan en el discurso que, el 1 de abril, el gobernador pronunciará en la Legislatura. Como buen contador y a modo de inventario, enumerará lo que hizo, área por área, y lo que pretende en caso de resultar reelecto. Eso sí: no hará referencias a ningún viaje a Santiago; menos, a la campera amarilla. Ya se sabe: si a los triunfos les sobran padres, las derrotas son huérfanas.

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