25 Febrero 2005 Seguir en 
ANAPU, Pará.- En medio de un fuerte dispositivo de seguridad, el confeso asesino de la misionera estadounidense Dorothy Stang repitió los movimientos en la escena del crimen, ante la mirada de policías judiciales. Hace dos semanas, Rayfran das Neves Sales mató de cinco balazos en la cabeza a la misionera, ferviente defensora de los bosques amazónicos y de los campesinos en esta región dominada por poderosos hacendados y terratenientes, dueños ilegítimos de millones de hectáreas de la Amazonia.
La policía local, con apoyo del ejército -4.000 soldados se hallan estacionados en la zona- trata ahora de apresar a un empresario maderero, supuesto autor intelectual del crimen, en cuya casa fue hallada el arma homicida. Este individuo se encuentra prófugo. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva se embarcó en una guerra sin cuartel contra la mafia maderera y contra la impunidad que reina en Pará, donde casi a diario mueren dirigentes rurales a manos de asesinos a sueldo.
En nombre del progreso
La exportación de madera y de productos agrícolas cultivados en las áreas taladas de la selva está ayudando a impulsar la economía y a hacer de Brasil una potencia emergente, según observadores. Según los ecologistas, el costo es la destrucción de la Amazonia a una velocidad increíble y, a veces, la muerte o la pobreza de pequeños agricultores, campesinos, trabajadores de otras partes del país y activistas que se ponen en el camino. En la selva del enorme Estado de Pará, el "grilagem", como denominan los brasileños a la toma de tierras en forma violenta o por medio de fraudes y cohecho, se realiza a través de un pacto entre "grileiros", madereros, hacendados y empresarios apoyados por milicias privadas y pistoleros. "Son insaciables", dijo el padre Federico, un sacerdote australiano de 65 años que trabaja desde 1958 en Altamira, una pujante ciudad comercial y pesquera ubicada en las márgenes del río Xingú, afluente del Amazonas. "La gran tierra está en manos de unos pocos. Bajo la máscara del progreso, ellos explotan las riquezas de la tierra", reflexionó.
Pará, con escasa presencia de las autoridades, sufre de endémica ilegalidad. En dos décadas hubo 1.400 asesinatos, ninguno de ellos esclarecido. "Lo que estamos viendo en Brasil en el siglo XXI es lo que ocurrió en Estados Unidos en el siglo XIX", dijo Paulo Adario, coordinador de Grenpeace en la Amazonia. "Los madereros talan y se van; detrás vienen los hacendados, agricultores, colonos y ahora los plantadores de soja, la estrella de las exportaciones agrícolas de Brasil", explicó. (Reuter-DPA)
La policía local, con apoyo del ejército -4.000 soldados se hallan estacionados en la zona- trata ahora de apresar a un empresario maderero, supuesto autor intelectual del crimen, en cuya casa fue hallada el arma homicida. Este individuo se encuentra prófugo. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva se embarcó en una guerra sin cuartel contra la mafia maderera y contra la impunidad que reina en Pará, donde casi a diario mueren dirigentes rurales a manos de asesinos a sueldo.
En nombre del progreso
La exportación de madera y de productos agrícolas cultivados en las áreas taladas de la selva está ayudando a impulsar la economía y a hacer de Brasil una potencia emergente, según observadores. Según los ecologistas, el costo es la destrucción de la Amazonia a una velocidad increíble y, a veces, la muerte o la pobreza de pequeños agricultores, campesinos, trabajadores de otras partes del país y activistas que se ponen en el camino. En la selva del enorme Estado de Pará, el "grilagem", como denominan los brasileños a la toma de tierras en forma violenta o por medio de fraudes y cohecho, se realiza a través de un pacto entre "grileiros", madereros, hacendados y empresarios apoyados por milicias privadas y pistoleros. "Son insaciables", dijo el padre Federico, un sacerdote australiano de 65 años que trabaja desde 1958 en Altamira, una pujante ciudad comercial y pesquera ubicada en las márgenes del río Xingú, afluente del Amazonas. "La gran tierra está en manos de unos pocos. Bajo la máscara del progreso, ellos explotan las riquezas de la tierra", reflexionó.
Pará, con escasa presencia de las autoridades, sufre de endémica ilegalidad. En dos décadas hubo 1.400 asesinatos, ninguno de ellos esclarecido. "Lo que estamos viendo en Brasil en el siglo XXI es lo que ocurrió en Estados Unidos en el siglo XIX", dijo Paulo Adario, coordinador de Grenpeace en la Amazonia. "Los madereros talan y se van; detrás vienen los hacendados, agricultores, colonos y ahora los plantadores de soja, la estrella de las exportaciones agrícolas de Brasil", explicó. (Reuter-DPA)
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