Leyendas que manchan las paredes

Es una práctica que no respeta propiedades estatales ni privadas.

21 Febrero 2005
Para cualquiera que recorra las calles de San Miguel de Tucumán resulta evidente el hecho de que crece incesantemente la cantidad de leyendas inscriptas sobre los muros exteriores de los edificios. Es una práctica que no respeta propiedades estatales ni privadas, y que suele ensañarse con las paredes recién pintadas por sus dueños. Hábito de nuestra época, el graffiti ha merecido sesudos ensayos de sociólogos y antropológicos, que han intentando una serie de explicaciones sobre esta ansia por escribir sobre las paredes, utilizando generalmente pintura al aerosol.
Pero, yendo a su faz concreta y práctica, los que interesa del graffiti es que agrega una triste nota de desaliño y de suciedad a una capital como la nuestra, que justamente en ese costado presenta sus fallas más notables. De paso, las leyendas que dejan los anónimos autores constituyen un pobre testimonio de educación y de cultura, a juzgar por la frecuencia con que contienen, además de errores de ortografía, expresiones soeces, acompañadas por los correspondientes dibujos.
En los filmes norteamericanos, cuando se enfocan barrios marginales controlados por feroces patotas que espantan a cualquiera, puede apreciarse que allí el graffiti es la decoración callejera favorita. De manera que, vista la intensidad con la cual se aplica tal modalidad en Tucumán, parecería que vamos buscando asemejarnos, en fecha nada lejana, a esas zonas para nada envidiables del famoso primer mundo.
Creemos que sería hora de una nueva conciencia en tal sentido. No resulta creíble que existan quienes se sientan cómodos viviendo en una ciudad con sus edificios pintarrajeados como suele verse constantemente. Como tampoco se entiende que no le sea posible a la autoridad controlar de alguna manera dichas conductas. Lo evidente es que el problema no parece ser resorte de nadie, ni de los inspectores municipales ni de la Policía, ya que muchas veces las inscripciones se ejecutan a la vista y paciencia de ellos, sin problema alguno.
Es algo entendido que escribir sobre el exterior de una propiedad es un delito. En efecto, se daña el bien ajeno de una manera que requerirá, del dueño, el posterior desembolso de gastos considerables para devolver los muros a su estado anterior. Esto solo ya constituiría suficiente razón para que actúe la autoridad, y para que los responsables del hecho sean compelidos a responder legalmente.
En consecuencia, el tema merece una campaña pública de concientización, que debería iniciarse en las escuelas y colegios, ya que son adolescentes muchos de los autores de esas leyendas. Charlas sobre el tema podrían suscitar las reflexiones que, indudablemente, faltan. Vale la pena apuntar que el Estado no da los mejores ejemplos, ya que, aunque no recurre al graffiti, suele pegan con frecuencia, en cualquier pared, carteles mediante los cuales se publicitan acontecimientos organizados o auspiciados por entes oficiales, con lo cual se aporta al desaliño de la capital.
Nuestra ciudad ostenta la nada envidiable fama de ser una de las urbes más descuidadas del país. Acaso en ninguna, como en ella, alcanza tan altos niveles la indiferencia por tener frentes limpios sobre la línea de edificación. Ya es hora -hay que destacarlo- de empezar a revertir semejante práctica y disponerse, consecuentemente, a una vida más civilizada.
Pero, conviene repetirlo, la solución provendrá solamente de un cambio de conciencia y de actitud. Esto es lo que urge suscitar. Puesto que más de medio millón de habitantes viven en este rincón de nuestra geografía, resulta premioso poner cierto orden en la conducta en relación con la propiedad ajena.

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