Desaprensivo olvido de los museos

Es necesario que alguna vez se instale en las preocupaciones oficiales el cuidado y la promoción de nuestro patrimonio cultural.

17 Febrero 2005
El director de Patrimonio y Museos de la Nación acaba de afirmar que los museos de Tucumán no responden al capital intelectual de la provincia. No deja de tener razón cuando se mira, siquiera brevemente, el asunto. Hay que apuntar de entrada que Tucumán nunca ha construido un edificio destinado específicamente a museo (salvo el caso del de El Cadillal, cerrado desde hace años). Se instalaron siempre en locales inicialmente dedicados a otros usos y, por lo general, de una más que considerable antigüedad. Aunque podría aducirse que tal situación se justificaba por tratarse de inmuebles históricos (la casa de Nicolás Avellaneda o la del Obispo Colombres), en los hechos representó para los museos una desventaja inicial, como era la de funcionar en sedes no solamente poco funcionales, sino afectadas por la serie inevitable de problemas derivados de la vetustez.
Como si esto fuera poco, únicamente en muy raras ocasiones el Estado les dio importancia verdadera. El Museo de Bellas Artes -que desde su fundación, en 1916, deambuló por cuatro sedes- después de varios años, sólo ahora tiene restaurada la planta baja. El Folclórico está cerrado desde tiempo atrás. Son evidentes las deficiencias de la Casa Padilla y de la Casa del Obispo Colombres. El Museo Avellaneda tiene algo más de suerte, por ser monumento nacional, ya que de, vez en cuando, la Nación restaura el inmueble. La Universidad Nacional de Tucumán trabaja en un proyecto de museo para la ex Escuela de Agricultura y Sacarotecnia, pero aún hay novedades. En el interior, no existen museos, salvo el de La Banda, en Tafí del Valle, a cuyas serias fallas nos hemos referido no hace mucho.
En definitiva, es necesario que alguna vez se instale en las preocupaciones oficiales este problema -que no es menor- y que se empiece por destinar a ellos los fondos correspondientes. Parece obvio decir que, a esta altura, un museo debe contar no sólo con personal debidamente especializado, sino con una serie de condiciones referentes a su local. Tiene que contar -además de la más completa seguridad contra robos e incendios- con la posibilidad de exhibir su patrimonio de acuerdo con las técnicas modernas, lo que incluye por cierto una adecuada iluminación. Asimismo, debe tener un taller de restauración, con expertos; el patrimonio inventariado e informatizado hasta el mínimo detalle; poseer depósitos en las condiciones adecuadas; editar folletería de calidad y en la cantidad necesaria, etcétera.
Requerimientos como estos -que sólo citamos a título de ejemplo- por cierto que exigen partidas presupuestarias, que hasta la fecha no se les destinan, por la razón que fuere. Por otro lado, la cuestión de los museos cerrados en la época turística estival también tiene que ver con la falta de dinero. Es entendible y justo que el personal deba salir de licencia en el verano. Pero si hubiera partidas para pagar horas extras o para contratar empleados en reemplazo no tendrían por qué producirse los cierres que suscitan quejas.
Sin duda que contar con museos en las adecuadas condiciones significa algo elemental dentro del tan proclamado objetivo de conservar el patrimonio cultural. De modo que esa sola razón bastaría para justificar todo esfuerzo que se haga en ese sentido. Pero además, y aunque suene a sobreabundante, debe tenerse muy en cuenta lo que este particular rubro representa como atracción turística. Así lo tienen bien claro todos esos grandes países del mundo, donde la corriente de visitantes extranjeros cimenta su más fuerte industria. Los museos constituyen uno de los grandes atractivos. Quien llega a un lugar tiene especial interés por conocer los testimonios del pasado de ese sitio, y solamente los museos pueden satisfacer tal inquietud. Convendría no olvidarlo.

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