15 Febrero 2005 Seguir en 
En nuestra edición de ayer, dedicamos una larga nota a cierto aspecto de los actuales accidentes de tránsito. Examinamos casos y cifras; de ellos surgen algunas conclusiones concretas. Ellas son que un 80% de los choques ocurre fuera del perímetro de las cuatro avenidas de San Miguel de Tucumán; que un 25% de las colisiones se produce en las esquinas provistas de semáforos, y que la mayor cantidad de accidentes acaece durante los fines de semana. Recordemos -de entrada- que todo esto no constituye en absoluto un tema de importancia menor: hay dos personas que mueren por día, en Tucumán, como consecuencia de tales sucesos.
Ni bien se piensa en el tema se advierte que, en esta capital, están dadas todas las condiciones para que los choques sean algo cotidiano, e inclusive en cantidad mucho mayor que la que efectivamente se registra. Esto, por varias razones. En primer lugar, por el hecho de que, para una alarmante mayoría de conductores, cruzar las esquinas a pesar de la luz roja se ha convertido en una práctica común. Varias veces hemos llamado la atención sobre el punto. Inclusive, los infractores esgrimen públicamente el pretexto de que la cantidad de delincuentes que acecha en la vía pública hace riesgosa la detención del vehículo.
Es evidente que estamos frente a un caso mayúsculo de falta de control. Si por las noches la acción municipal sobre el respeto a los semáforos cesa completamente, y si la Policía no considera que las infracciones de ese orden no son de su competencia (pese a que están fuertemente implicadas con la seguridad de los ciudadanos en la vía pública), no es extraño que la interdicción que el semáforo en rojo representa se vaya convirtiendo en un mero adorno. Lo que ocurre está indicando, entonces, la urgente necesidad de un control, municipal y policial, en esas esquinas; control, que, en la actualidad, o es muy tenue o prácticamente no existe.
Y, al mismo tiempo, es preciso que las sanciones para el infractor sean realmente muy significativas, en cuanto a su monto económico y en cuanto a las derivaciones de las consecuencias de una posible reincidencia. Conviene recordar que, en todas las grandes ciudades del mundo, no acatar la luz roja es una falta gravísima, que puede acarrear -para el conductor- hasta la cancelación del registro de conductor.
De acuerdo con expresiones del director de Tránsito, los accidentes a los que nos referimos son protagonizados, en gran medida, por conductores jóvenes, de vehículos de dos o de cuatro ruedas. Los fines de semana, ellos son los que tranquilamente circulan a contramano (otra práctica aberrante, que se difunde peligrosamente), o pasan -deportivamente- los semáforos en rojo. Con mucha frecuencia, además, van alcoholizados y, en el caso de los motociclistas, por cierto, no llevan puesto el casco reglamentario; eso sin contar que suelen transportar a más de un acompañante.
La cuestión no puede enfrentarse con otra estrategia que con la de un sustancial incremento de la vigilancia, municipal y policial. Si bien de ese modo no podrán evitarse absolutamente todos los accidentes, sí será posible que se produzca una sustancial reducción de aquellos; y que se instale la conciencia de que quien guía un automotor dentro de nuestra ciudad debe ajustarse a las normas que rigen en la materia.
Si no se procede de esta manera continuará creciendo -sin pausa- la inquietante proporción de estos percances que, a diario, representan pérdidas de vidas, graves heridas y enormes daños económicos. No puede continuar la pasividad de las autoridades frente a acontecimientos de semejante índole.
Ni bien se piensa en el tema se advierte que, en esta capital, están dadas todas las condiciones para que los choques sean algo cotidiano, e inclusive en cantidad mucho mayor que la que efectivamente se registra. Esto, por varias razones. En primer lugar, por el hecho de que, para una alarmante mayoría de conductores, cruzar las esquinas a pesar de la luz roja se ha convertido en una práctica común. Varias veces hemos llamado la atención sobre el punto. Inclusive, los infractores esgrimen públicamente el pretexto de que la cantidad de delincuentes que acecha en la vía pública hace riesgosa la detención del vehículo.
Es evidente que estamos frente a un caso mayúsculo de falta de control. Si por las noches la acción municipal sobre el respeto a los semáforos cesa completamente, y si la Policía no considera que las infracciones de ese orden no son de su competencia (pese a que están fuertemente implicadas con la seguridad de los ciudadanos en la vía pública), no es extraño que la interdicción que el semáforo en rojo representa se vaya convirtiendo en un mero adorno. Lo que ocurre está indicando, entonces, la urgente necesidad de un control, municipal y policial, en esas esquinas; control, que, en la actualidad, o es muy tenue o prácticamente no existe.
Y, al mismo tiempo, es preciso que las sanciones para el infractor sean realmente muy significativas, en cuanto a su monto económico y en cuanto a las derivaciones de las consecuencias de una posible reincidencia. Conviene recordar que, en todas las grandes ciudades del mundo, no acatar la luz roja es una falta gravísima, que puede acarrear -para el conductor- hasta la cancelación del registro de conductor.
De acuerdo con expresiones del director de Tránsito, los accidentes a los que nos referimos son protagonizados, en gran medida, por conductores jóvenes, de vehículos de dos o de cuatro ruedas. Los fines de semana, ellos son los que tranquilamente circulan a contramano (otra práctica aberrante, que se difunde peligrosamente), o pasan -deportivamente- los semáforos en rojo. Con mucha frecuencia, además, van alcoholizados y, en el caso de los motociclistas, por cierto, no llevan puesto el casco reglamentario; eso sin contar que suelen transportar a más de un acompañante.
La cuestión no puede enfrentarse con otra estrategia que con la de un sustancial incremento de la vigilancia, municipal y policial. Si bien de ese modo no podrán evitarse absolutamente todos los accidentes, sí será posible que se produzca una sustancial reducción de aquellos; y que se instale la conciencia de que quien guía un automotor dentro de nuestra ciudad debe ajustarse a las normas que rigen en la materia.
Si no se procede de esta manera continuará creciendo -sin pausa- la inquietante proporción de estos percances que, a diario, representan pérdidas de vidas, graves heridas y enormes daños económicos. No puede continuar la pasividad de las autoridades frente a acontecimientos de semejante índole.







