14 Febrero 2005 Seguir en 
Un asunto que, en la Argentina, no cuenta con la atención que merece por parte de la población en general es la conservación de la fauna silvestre. Los habitantes, en su mayoría, todavía parecemos sustentar conceptos primitivos en esta materia. Parece que pensáramos en que los animales que conforman nuestra fauna están para ser aprovechados sin control ni medida, tanto con fines de distracción y esparcimiento como para la comercialización indiscriminada, sin que importen las posibilidades de extinción del recurso.
Con frecuencia, el periodismo ha informado acerca de estas agresiones incalificables contra el patrimonio nacional y contra el equilibrio de la naturaleza, imprescindible para la supervivencia de la especie.
En numerosas ocasiones fueron desbaratadas verdaderas organizaciones dedicadas a la caza, cuereo y comercialización de pieles de animales autóctonos, cuya depredación está penada por la ley. Provincias como Chaco, Santiago del Estero o Jujuy han sido afectadas por estas actividades, pero no fueron, ni son las únicas. Según las organizaciones ecologistas, prácticamente no hay ninguna zona del territorio argentino donde, en alguna medida, dejen de practicarse dañosas tropelías de este género.
Entre los tucumanos, ellas están a la vista, al menos en pequeña escala. En el microcentro es frecuente ver, por ejemplo, la venta callejera de loros, de tortugas y de otras especies, sin que ninguna autoridad intervenga en ese comercio, que sin duda significa una depredación del acervo que todos debiéramos cuidar.
Por obra de estos actos, la fauna silvestre nacional se encuentra en límites críticos, en parte por la explotación comercial y en parte por el desdén de la mayoría de los habitantes respecto de los valores que aquella tiene, y que constituye un deber constitucional proteger. Por cierto que existe una minuciosa legislación protectora que, en teoría, prevé prácticamente todas las situaciones posibles. Pero, para que surja un adecuado cuidado de la fauna, debe generalizarse también en el país una educación con sentido conservacionista, que convierta a cada uno de los habitantes en guardián celoso de las riquezas naturales.
Con criterios que se remontan a épocas muy atrasadas, la fauna fue manejada como si fuera inagotable. Como resultado, hasta no hace muchos años, había una extracción ilimitada, tanto en lo que hace a la caza deportiva como a la comercial. A esos aspectos negativos debe agregarse el -no menos grave- del progresivo cambio y hasta la destrucción de los ambientes naturales, a raíz de las más diversas actividades humanas en prácticamente todos los ecosistemas. Esto sucede por causas diversas, entre las que cabe apuntar el crecimiento de las ciudades y la expansión de la agricultura.
Otra causa del retroceso de la fauna, consignada igualmente por los expertos, es la contaminación ambiental y, complementariamente, la introducción de especies animales exóticas sin la debida consulta a los especialistas. En suma, hay que convenir que, pese a los innegables lugares que la actitud conservacionista ha ganado en buena parte de la conciencia pública, mucho es todavía lo que hay que andar para que ella se generalice a lo largo y a lo ancho del mapa de nuestra república.
Las especies animales silvestres deben ser celosamente protegidas, del mismo modo que debe buscarse la recuperación de las que están a punto de extinguirse. Estas cuestiones -cabe repetirlo hasta el hartazgo- no solamente deben integrar, en forma efectiva, las preocupaciones del Estado, sino que urge también difundirlas con intensidad en las escuelas de la ciudad y de la campaña.
Con frecuencia, el periodismo ha informado acerca de estas agresiones incalificables contra el patrimonio nacional y contra el equilibrio de la naturaleza, imprescindible para la supervivencia de la especie.
En numerosas ocasiones fueron desbaratadas verdaderas organizaciones dedicadas a la caza, cuereo y comercialización de pieles de animales autóctonos, cuya depredación está penada por la ley. Provincias como Chaco, Santiago del Estero o Jujuy han sido afectadas por estas actividades, pero no fueron, ni son las únicas. Según las organizaciones ecologistas, prácticamente no hay ninguna zona del territorio argentino donde, en alguna medida, dejen de practicarse dañosas tropelías de este género.
Entre los tucumanos, ellas están a la vista, al menos en pequeña escala. En el microcentro es frecuente ver, por ejemplo, la venta callejera de loros, de tortugas y de otras especies, sin que ninguna autoridad intervenga en ese comercio, que sin duda significa una depredación del acervo que todos debiéramos cuidar.
Por obra de estos actos, la fauna silvestre nacional se encuentra en límites críticos, en parte por la explotación comercial y en parte por el desdén de la mayoría de los habitantes respecto de los valores que aquella tiene, y que constituye un deber constitucional proteger. Por cierto que existe una minuciosa legislación protectora que, en teoría, prevé prácticamente todas las situaciones posibles. Pero, para que surja un adecuado cuidado de la fauna, debe generalizarse también en el país una educación con sentido conservacionista, que convierta a cada uno de los habitantes en guardián celoso de las riquezas naturales.
Con criterios que se remontan a épocas muy atrasadas, la fauna fue manejada como si fuera inagotable. Como resultado, hasta no hace muchos años, había una extracción ilimitada, tanto en lo que hace a la caza deportiva como a la comercial. A esos aspectos negativos debe agregarse el -no menos grave- del progresivo cambio y hasta la destrucción de los ambientes naturales, a raíz de las más diversas actividades humanas en prácticamente todos los ecosistemas. Esto sucede por causas diversas, entre las que cabe apuntar el crecimiento de las ciudades y la expansión de la agricultura.
Otra causa del retroceso de la fauna, consignada igualmente por los expertos, es la contaminación ambiental y, complementariamente, la introducción de especies animales exóticas sin la debida consulta a los especialistas. En suma, hay que convenir que, pese a los innegables lugares que la actitud conservacionista ha ganado en buena parte de la conciencia pública, mucho es todavía lo que hay que andar para que ella se generalice a lo largo y a lo ancho del mapa de nuestra república.
Las especies animales silvestres deben ser celosamente protegidas, del mismo modo que debe buscarse la recuperación de las que están a punto de extinguirse. Estas cuestiones -cabe repetirlo hasta el hartazgo- no solamente deben integrar, en forma efectiva, las preocupaciones del Estado, sino que urge también difundirlas con intensidad en las escuelas de la ciudad y de la campaña.







