30 Junio 2002 Seguir en 
En diciembre pasado, una computadora costaba 1.000 pesos. Ahora la misma máquina vale más del doble y quedó fuera del alcance de miles de tucumanos. La devaluación destrozó las posibilidades de evolución tecnológica a nivel hogareño y en las pequeñas compañías.
Lo mismo sucede con las empresas más voluminosas, que se alejan de los insumos importados y de los equipos en dólares que se fabrican en el exterior. Las importaciones se redujeron peligrosamente, lo que es otra muestra de la depresión y anticipa dificultades inminentes por la desaparición de insumos críticos.
Este retorno a la Edad de Piedra tendrá consecuencias nefastas sobre la producción y se caerá la infraestructura (cuando falten repuestos se alterará el suministro de energía y en las comunicaciones).
La inversión en tecnología se achicó, por la destrucción del sistema financiero, la caída de los ingresos y la falta de rentabilidad, en un retorno al pasado que descoloca a la sociedad.
El país se aisla del mundo a causa de la irresponsabilidad de los que devaluaron, "defaultearon" y pesificaron y de toda una clase política que no se detuvo a pensar en los daños que provocaba.
En la nueva economía duhaldista, las empresas toman conciencia de que están asentadas sobre estructuras que estaban hechas para otra provincia y otro país. Ahora no hay moneda, desapareció el crédito, se esfumó la demanda, crece el desbastecimiento, nadie invierte y se extraña al consumo, porque la gente prefiere no gastar.
Los precios no se escapan hasta alcanzar niveles inalcanzables para el consumidor, como el dólar, que creció 300%, a causa de la recesión, la desocupación y el escaso poder adquisitivo, pero la suba no se detendrá.
Por la resistencia al cambio, cuesta replantear todo y encarar transformaciones con decisión, en un clima de inestabilidad y desconcierto, derivado de la ineptitud de los políticos, que no definen el rumbo. Los que creían que Tucumán estaba condenada a triunfar se han percatado de que las crisis no se transitan, sino que se resuelven, y que para salir adelante hay que crear condiciones para invertir, producir, ganar dinero, crear riqueza y dar empleo. Por ahora sólo se reparte pobreza en una provincia cuya economía se tambalea y en la que los Bocade son estrangulados por la inflación.
Mes tenso
La City tucumana soportó un cierre de mes tenso, por las turbulencias que tuvo el mercado de Bocade y el elevado costo del dinero, más allá de la voracidad por comprar dólares.
La impotencia del gobierno para manejar la crisis se mezcló con la efervescencia social, que mostró una vez más a una provincia fuera de control. Si la mitad de los tucumanos no tiene nada para comer, Tucumán se transformó en un feudo ingobernable, inseguro y caótico. La dirigencia cosecha lo que siembra.Con un dólar en $ 4 y una inflación que apunta al 80%, las empresas replantean sus estrategias. Las que pueden exportar están de parabienes y ven todo de color verde, pero para el resto de los empresarios la realidad es más azarosa. Saben que tienen que vivir de los ingresos diarios y que no es fácil vender.
Se están adaptando además a achicar sus stocks, porque la gente compra menos a causa de la recesión, y a gastar más en insumos indispensables que, por la devaluación, están más caros. Quizás lo que más los complica es la falta de crédito: el escaso dinero es inalcanzable y los financistas presionan para cobrar en plazos muy cortos.
En medio de un traumático retroceso económico, que destruya las instituciones y las esperanzas, la clase política sigue en lo mismo y no atina a encontrar la forma de modificar la realidad y despertar confianza.
Lo mismo sucede con las empresas más voluminosas, que se alejan de los insumos importados y de los equipos en dólares que se fabrican en el exterior. Las importaciones se redujeron peligrosamente, lo que es otra muestra de la depresión y anticipa dificultades inminentes por la desaparición de insumos críticos.
Este retorno a la Edad de Piedra tendrá consecuencias nefastas sobre la producción y se caerá la infraestructura (cuando falten repuestos se alterará el suministro de energía y en las comunicaciones).
La inversión en tecnología se achicó, por la destrucción del sistema financiero, la caída de los ingresos y la falta de rentabilidad, en un retorno al pasado que descoloca a la sociedad.
El país se aisla del mundo a causa de la irresponsabilidad de los que devaluaron, "defaultearon" y pesificaron y de toda una clase política que no se detuvo a pensar en los daños que provocaba.
En la nueva economía duhaldista, las empresas toman conciencia de que están asentadas sobre estructuras que estaban hechas para otra provincia y otro país. Ahora no hay moneda, desapareció el crédito, se esfumó la demanda, crece el desbastecimiento, nadie invierte y se extraña al consumo, porque la gente prefiere no gastar.
Los precios no se escapan hasta alcanzar niveles inalcanzables para el consumidor, como el dólar, que creció 300%, a causa de la recesión, la desocupación y el escaso poder adquisitivo, pero la suba no se detendrá.
Por la resistencia al cambio, cuesta replantear todo y encarar transformaciones con decisión, en un clima de inestabilidad y desconcierto, derivado de la ineptitud de los políticos, que no definen el rumbo. Los que creían que Tucumán estaba condenada a triunfar se han percatado de que las crisis no se transitan, sino que se resuelven, y que para salir adelante hay que crear condiciones para invertir, producir, ganar dinero, crear riqueza y dar empleo. Por ahora sólo se reparte pobreza en una provincia cuya economía se tambalea y en la que los Bocade son estrangulados por la inflación.
Mes tenso
La City tucumana soportó un cierre de mes tenso, por las turbulencias que tuvo el mercado de Bocade y el elevado costo del dinero, más allá de la voracidad por comprar dólares.
La impotencia del gobierno para manejar la crisis se mezcló con la efervescencia social, que mostró una vez más a una provincia fuera de control. Si la mitad de los tucumanos no tiene nada para comer, Tucumán se transformó en un feudo ingobernable, inseguro y caótico. La dirigencia cosecha lo que siembra.Con un dólar en $ 4 y una inflación que apunta al 80%, las empresas replantean sus estrategias. Las que pueden exportar están de parabienes y ven todo de color verde, pero para el resto de los empresarios la realidad es más azarosa. Saben que tienen que vivir de los ingresos diarios y que no es fácil vender.
Se están adaptando además a achicar sus stocks, porque la gente compra menos a causa de la recesión, y a gastar más en insumos indispensables que, por la devaluación, están más caros. Quizás lo que más los complica es la falta de crédito: el escaso dinero es inalcanzable y los financistas presionan para cobrar en plazos muy cortos.
En medio de un traumático retroceso económico, que destruya las instituciones y las esperanzas, la clase política sigue en lo mismo y no atina a encontrar la forma de modificar la realidad y despertar confianza.







