El consumidor paga la crisis

Cuando impera la ley de la selva, el pánico colectivo provoca reacciones irracionales. (Por Luis Alberto Peña)

31 Marzo 2002
Por Luis Alberto Peña, Jefe de Redacción LA GACETA

No le creen al plan económico de Duhalde. En Tucumán no se convencen las empresas de que el Gobierno pueda controlar el descontrol generalizado y, mucho menos, ordenar el funcionamiento de las instituciones.
Cuando impera la ley de la selva, el pánico colectivo provoca reacciones irracionales. Sin reglas, la gente trata de salvarse y sufre, porque sabe que está corriendo detrás de la inflación, pero nunca la alcanzará.
Tres episodios marcaron la corta semana tucumana:1) la parálisis de la economía, que se quedó sin precios de referencia y en la que crece el desabastecimiento; 2) las protestas y saqueos de los sectores marginados, que aprovechan el descontrol para ganar posiciones, y 3) la desconfianza, que recalentó el mercado del dólar, apaciguado artificialmente.
Sin plan, con un mal diagnóstico y sin un equipo que funcione, como ocurre en esta provincia, no es posible poner orden y esa falta de ubicación en la realidad es percibida por la sociedad, que, entonces, busca refugio en el dólar y paga cualquier precio en las cuevas de la calle San Martín. La gente no quiere ni puede esperar más.
El efecto estampida funciona a la perfección. Los tucumanos no confían en el funcionamiento de las instituciones e intuyen que la crisis no tocó fondo, porque no hay fondo. Nadie les garantiza que la situación se tranquilizará en el corto plazo y estiman que los dirigentes están dedicados sólo a hacer lo necesario para sobrevivir como políticos.

Intolerancia
Cuando no hay ley reconocible ni autoridad que lidere la crisis, reinan la violencia y la intolerencia. Si nadie gobierna para el bien común, se impone la ley del más fuerte o de los mafiosos. "Nos estamos preparando para lo peor", confesó un empresario. Existe la profunda convicción de que los desaciertos de Duhalde conducen a la destrucción del sistema económico.
En el sector privado intuyen que los precios seguirán subiendo sin control y por eso se cubren por anticipado. Crean un colchón en las cotizaciones (sean remedios, autos, heladaderas, leche o pañales descartables) para poder reponer sus mercaderías y cubrir otros costos.
Para desmentir las mentirosas estadísticas gubernamentales, un sondeo nacional sobre el aumento promedio de una canasta de 33 productos alimentarios muestra una suba de 77,7% en Tucumán. El alza perjudica en especial a las familias de menores ingresos, que gastan más del 50% de lo que poco que ganan en comida y medicamentos.
El escenario en el que se desplaza Tucumán presenta estos ingredientes: tipo de cambio alto, inflación desbocada y nivel de actividad económica flojo o nulo. Esta mezcla atentará contra el nivel de vida de miles de personas, porque nada bueno puede surgir de un panorama con empresas en crisis, desempleo cercano a 30% y creciente pobreza.
En el nivel de las familias, cambian los hábitos de consumo hacia lo más barato o no se consumen, no pagan las deudas y tampoco los impuestos. El que no está inundado de bonos compra dólares para mantener la esperanza de que pueden salvarlo.
La Argentina tenía uno de los sistemas financieros más sólidos del tercer mundo y lo destrozaron en pocos meses. En Tucumán, los bancos abren al público, pero no tienen qué hacer. Están impedidos de encarar inversiones y hacer negocios. Ahora reinan la especulación y la picardía para amoldarse a los tiempos de las funestas regulaciones, que le encantan al duhaldismo.
Aunque vive en una provincia que tiene un capital económico y social importante (agro, climas, servicios, agua, industrias, universidades, una población capacitada), la clase política tucumana sufre un estancamiento que la asemeja a las sociedades primitivas o a las empresas en quiebra que, por no saber adaptarse a los cambios, a la larga les llega el tiempo de extinguirse.
No es fácil acoplarse a los desafíos de la gobalización; ahogar la predisposición a vivir siempre de lo prestado y, para colmo, no pagarlo; no entender que la economía exige acumulación y ahorro; no intentar que surja un sólido sector empresario, y mantener un Estado inmanejable. Si no se cumplen esas exigencias ineludibles, será imposible crear riqueza y, consecuentemente, empleo, porque se estará matando a la creatividad.
Para calmar la tempestad se necesitan medidas de otro tipo, como las que impulsa el FMI, mientras la crisis se devora al peso y a las ilusiones. Los formadores de precios, mientras tanto, apuntan sólo hacia arriba y los comercializadores se dedican, como es fácil observar en góndolas, a trasladar el aumento de sus insumos al valor final de los bienes. Además de los ajustes en los combustibles, se esperan aumentos en el gas y la electricidad.
Aunque el Presidente piense lo contrario, los efectos destructores provocados por el serrucho del dólar y el destape de la inflación siempre se trasladan al consumidor.La gente paga los platos rotos y la fiesta de los políticos.

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