La revolución virtual pierde el encanto y el empuje inicial

Hay quienes afirman que todo fue un mito, mientras que otros insisten con las reingenierías. Muchos expertos sostienen que hay que derribar los monopolios para crecer. El Estado sigue siendo clave para aplicar políticas que impidan los ciclos recesivos.

31 Marzo 2002
La revolución tecnológica, con la innovación que significó Internet, sedujo más de la cuenta a muchos analistas, catedráticos y hombres influyentes. Así es como en Estados Unidos, a mediados de la década de 1990, comenzó a acuñarse la expresión "nueva economía" (NE) para designar la irrupción o la aplicación de las últimas tecnologías de la comunicación al mundo de los negocios. Algunos fueron más allá y vaticinaron el fin de la economía real (la clásica, de los ladrillos y de la revolución industrial) y la definitiva instalación de otra virtual, financiera y eslabonada en redes, con la globalización en marcha como bandera. Pero la desaceleración de esa locomotora imparable que parecía EE.UU., a lo que hay que sumarle el impacto negativo de los atentados del 11 de setiembre pasado, puso paños fríos y reabrió el debate:¿la mera adopción de tecnologías de última generación por sí basta o hay que acompañarlas con verdaderos procesos de reingeniería que permitan una mayor adaptabilidad a una economía que, contrariamente a lo que pronosticaban el fin de los ciclos recesivos, se volvió más inestable? Esto último, justamente, es lo que pregonan quienes volvieron a la carga con el concepto de nueva economía.
El profesor de la Universidad de Princeton, Paul Krugman, viene repitiendo hasta el hartazgo que "algunos de los cuentos más felices de la NE no eran más que mitos". Y aduce como prueba que, cuando la demanda cayó en EE.UU., "parte de las peores historias de acumulación de inventarios involucran a compañías que vendían los mismos sistemas de información que, supuestamente, hacían posible la administración en tiempo real".
Del otro lado, Michael Hammer, uno de los gurúes de la NE, se lamenta de las tergiversaciones y de las simplificaciones a las que condujo la nueva expresión. E insiste con una profunda reingeniería de las empresas. Pero aclara que esto "nunca consistió en despidos, sino en una radical reforma de los procesos para mejorar una organización entera". Y agrega que "no es verdad que Internet cambie todo", simplemente le da al consumidor un gran poder, y él es el actor de la NE.
El debate se reabrió en EE.UU. justo cuando la Argentina salió de la Convertibilidad y todavía no encuentra un sustituto, lo que no implica que no sea necesaria la discusión. El director del Instituto de Economía Aplicada de la Fundación Banco Empresario, Víctor J. Elías, aclara que es un mito responsabilizar del gran desempleo a la irrupción de la informática. "Ello es dudoso. Nuestro mercado laboral tiene grandes inflexibilidades y en materia de desregulaciones es mucho lo que hay que hacer", argumenta. "La tenue apertura que tuvo el país en los 90 no es la causa de nuestro actual problema, sino el permanente aumento del tamaño del sector público -con su conducta deficitaria- y la ineficiencia en el manejo del gasto. La volatilidad no deja que los sectores que avanzan tecnológicamente aporten al resto de la economía y así lograr un crecimiento sostenido con señales claras para todos", concluye.

Mayor desregulacion
Nueva economía se denominó al proceso tecnológico liderado por el sector informático (fax, e-mail, internet, software, celular, comunicaciones vía satélite, chips) en los últimos 20 años y que, supuestamente, lideraba al resto de la economía. Esto connotaba la idea de que la clave del crecimiento era la marcha de la informática. Sin embargo, este aparente motor parece haber entrado en una desaceleración. De allí surgió la pregunta acerca de qué proceso lo sustituirá.
La informática tuvo un rol en el crecimiento de Estados Unidos, donde se invierten unos U$S 450.000 millones por año en ese rubro (4 veces el PBI de Argentina). De 1980 a 2000, la participación del capital informático creció sustancialmente en el stock total de capital: del 3% al 9%. La tasa de retorno anual de la inversión en informática fue del 29% comparado con el 15% de otro tipo de capital.
En los últimos 20 años la productividad total de los factores de la economía de EE.UU. creció a un ritmo anual del 1,2%, de lo cual contribuyó el sector informático en un 0,24%. Esto implica que el rubro aportó un 20% al aumento de la productividad general de EE.UU. Esto es sustancial y sólo un poco menos de la que proviene de la mejora en la calidad laboral (capital humano).
Lo importante no es sólo la mejora en la productividad del propio sector informático, sino también el beneficio para otras actividades: lo que se conoce en parte como externalidad y en parte como efecto derrrame. Conviene aclarar que, pese a la intensidad del uso de la informática en todos los sectores de la economía, no se identificaron estas externalidades pero sí algunos derrames. Ello quiere decir que cada sector pagó la totalidad del servicio que le brindaba este nuevo insumo. Lo que si mejoró notablemente es el propio sector informático. Esto se tradujo, cada año (fue del 25% durante 25 años), en una baja sustancial del precio de los bienes y servicios informáticos.
La importancia del sector informático en la economía de los países industrializados se vio reflejada en la necesidad de contar con un nuevo indicador del precios de las acciones del sector: el índice NASDAQ. El crecimiento de este fue mucho mayor que lo previsto en términos de mejora en rentabilidad real del sector. De allí los constantes pronósticos de que las acciones están sobrevaluadas y que vendría una caída. Ello ocurrió, en parte, en forma conjunta con la idea de que la economía de EE.UU. entraría en recesión, luego de una larga luna de miel con la etapa de recuperación.
Hoy existe la impresión de que este proceso llegó a su fin (o casi). ¿Cual será, entonces, el nuevo motor de crecimiento? ¿Será otro descubrimiento tecnológico y en que área? Muchos apuntan a la genética. El mercado dirá cuál. La economía es flexible y rápidamente genera nuevos sustitutos o abarata los viejos, pero no es fácil saber de antemano cuál será el verdadero escenario.
Otros apuntan a la desregulación como elemento crucial del futuro. Existen partes importantes de la economía que están o bien monopolizadas o muy reguladas. Son notables los avances que se hicieron para mejorar el funcionamiento del mercado. La desregulación en el área de electricidad generó en muchos países bajas sustanciales en el precio. Esta es la otra cara del avance tecnológico. La educación y la salud están también ahora bajo la lupa de los desreguladores. Y la lucha contra el terrorismo también puede generar nuevas formas. Estas afectarán el desarrollo de muchas actividades y demandarán mayor inversión en seguridad y nuevos avances tecnológicos para enfrentar este desafío.(Por Victor Jorge Elías, profesor de Economía de la UNT)

El mercado es insuficiente
La historia del pensamiento económico moderno es verdaderamente rica en el uso de metáforas para describir un futuro cuya carga de optimismo lo acerca a la utopía. La más célebre de ellas es, quizás, la de la mano invisible. Esta, desde su aparición en los textos de Adam Smith, fue profusamente divulgada con la intención de alentar, en aras del crecimiento económico de las naciones, la instauración de instituciones jurídicas y políticas capaces de definir claramente y de defender con autoridad los derechos individuales de la propiedad.
Esas instituciones son las que definen las reglas del juego económico y, a partir de ellas, toda la regulación que el crecimiento económico requiere se reduce al funcionamiento libre del mecanismo impersonal del mercado. Dicho de otra forma, todo problema se resuelve a través de algún mercado.
La crisis de 1930, que fue una fenomenal crisis de mercado en momentos donde la participación del Estado en los aparatos productivos era mínimo, echó por tierra aquella utopía. Y sentó las bases para el desarrollo de una economía mixta, donde el Estado tiene un un rol clave en la lucha contra los momentos recesivos. En lugar de esperar que el funcionamiento de mercados puros y perfectos consiga la regulación necesaria para conseguir el pleno empleo de los recursos productivos, la nueva ortodoxia económica, inspirada básicamente en J. M. Keynes, predicó la necesidad de instaurar políticas económicas estatales que evitaran la repetición de los graves trastornos ocasionados por la crisis del 30.
En la década de 1970 apareció un nuevo tipo de crisis económica global, pero fue el Estado providencia el señalado como el principal responsable de los males económicos. Desde ese momento, la crisis del Estado no dejó de crecer hasta culminar en un intento teórico de restauración de la utopía original de la mano invisible, con su promesa de una economía globalizada regulada por el imperio absoluto de los mercados.
Esa propuesta lleva consigo un intento de volver a achicar al mínimo el tamaño del Estado. El crecimiento sostenido de los Estados Unidos durante la última década del siglo XX fue usado como un ejemplo histórico del fin de los ciclos recesivos, principal argumento usado para defender la participación activa del Estado en las economías.
Es, en este contexto, donde apareció la nueva economía, fórmula bajo la cual se pretende englobar el uso productivo creciente de la las nuevas tecnologías ligadas al manejo de la información y del procesamiento y manejo de datos digitalizados. Como estas nuevas tecnologías son capaces de amplificar de manera creciente los poderes del cerebro humano, el uso masivo estaría produciendo una suerte de nueva Revolución Industrial, con Internet como principal vehículo de propagación.
La buena nueva de esta nueva economía es, justamente, el pretendido fin de los ciclos recesivos, a condición de aplicar en cada país el modelo institucional y productivo que rige en Estados Unidos, convertido en modelo único. Pero el violento freno con que el nuevo milenio recibió a la economía de aquel país puso fin a esta nueva ilusión. La economía sigue sufriendo ciclos recesivos, y la economía mixta, gran legado del siglo XX, sigue siendo la clave de la economía moderna. El mero juego del mecanismo del merado prueba una vez más su poder en términos productivos, pero prueba también su radical insuficiencia para resolver los grandes problemas socioeconómicos modernos.(Por Hugo Ferullo, profesor de Economía de la UNT)

Futuro incierto
INTERROGANTE.- Cuando a mediados de la década de 1990 comenzó a hablarse de Nueva Economía surgieron una serie de interrogantes. El primero y el más importante era saber si la revolución tecnológica haría que las ciencias económicas tuvieran que revisar algunos de sus postulados básicos o si, en definitiva, la economía seguía siendo la misma salvo que se encontraba frente a límites y desafíos antaño impensables.

LA ILUSION.- La expansión de la economía estadounidense durante la década de 1990 y la proliferación de computadoras personales y de otras tecnologías de la información desató una verdadera euforia en torno a los denominados negocios virtuales. Hasta hubo que crear un índice (el Nasdaq) que registrara los vaivenes de las empresas del sector que cotizan en Bolsa.

LA DESILUSION.- En forma paralela con la euforia, comenzó a gestarse una corriente de pensamiento que advertía sobre los riesgos de una burbuja financiera especulativa en torno a los nuevos negocios, de la mano de hábiles operadores bursátiles y de emprendedores arriesgados. De hecho, las quiebras de las empresas del sector crecieron notablemente en EE.UU. en las últimas dos décadas.

REAJUSTES.- Heridos por el curso de la realidad, en el que influyó notablemente la caída de las Torres Gemelas en Nueva York, los teóricos de la nueva economía volvieron a la carga (Robert Shiller, Michael Hammer, etcétera). Insisten en que hay que pensar en Internet y en las nuevas tecnologías más como procesos sociales que de mercado y que la burbuja se desinfló pero no la innovación y la necesidad de buscar nuevas alternativas.

LO PROXIMO.- La gran discusión gira en torno a cuál será el motor del crecimiento económico en los próximos años, teniendo en cuenta que la producción avanzó en la última centuria desde los productos poco elaborado hacia los virtuales o sumamente complejos. Algunos piensan en la robótica, aunque advierten sobre los peligros que ese proceso podría producir sobre la distribución de la riqueza. Otros hablan de la genética, del chip orgánico, de la fibra de cristal óptica, del átomo inmovilizado y de las pequeñas maravillas tecnológicas.

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