Juan Heller, magistrado inolvidable

Presidió durante dos décadas brillantes nuestra Corte Suprema de Justicia y fue, al mismo tiempo, un fino humanista, un hombre de letras y un animador de empresas del espíritu

14 Abr 2013
Cuando se busca el paradigma de un magistrado judicial tucumano durante el siglo que pasó, fulgura el nombre del doctor Juan Heller, inolvidable presidente de nuestra Corte Suprema de Justicia durante dos décadas.

Juez intachable y erudito, fue al mismo tiempo un riquísimo espíritu humanista, un hombre de letras, un músico, un crítico de arte, un universitario, un animador de empresas del espíritu. En suma, un cabal integrante de aquella "Generación del Centenario", a la que tanto debe la vida espiritual de Tucumán.

Juan Heller nació en Tucumán el 8 de marzo de 1883. Su padre, el danés Juan Heller Johanssen, estaba en la Argentina desde 1854, y tuvo una interesante vida: trabajó largos años con Samuel Lafone y Quevedo en las minas del Pilciao catamarqueño y, afincado en Tucumán, fue uno de los propietarios del ingenio La Trinidad. Su madre era doña Corina Palacio Todd.

Años de estudiante
Vivió desde niño en la sólida casona de Crisóstomo Álvarez y Chacabuco, ochava sudoeste, lamentablemente demolida en 1969. Se educó en el Colegio Nacional. Único varón con 3 hermanas mujeres, terminaba la primaria cuando la muerte del padre lo convirtió en el hombre de la casa. Terminó el bachillerato en 1900 y partió a Buenos Aires a estudiar Derecho. Allí estrechó amistad con Juan B. Terán y Julio López Mañán, alumnos ambos de los últimos cursos.

Sus condiscípulos recordarían que ya en esa época lo destacaban su amor por la música y por el teatro, y el gusto por los dichos criollos. Fue el único tiempo en que asomó por la política, como vocal del Comité Universitario Radical, que presidía otro tucumano, el futuro gobernador Miguel M. Campero. Se recibió de abogado en 1912 y volvió de inmediato a Tucumán. Fue brevemente secretario del Juzgado en lo Civil, pero renunció para abrir su estudio.

En la Universidad
Bullía en aquellos años el ambiente cultural. Se acababa de aprobar la ley creadora de la Universidad de Tucumán, proyecto de Terán, y Heller asume la presidencia de la Sociedad Sarmiento. Era la máxima distinción entonces para un cultivador de las cosas del espíritu. Cuando lo reeligen en 1913, no acepta y prefiere quedar como director de la biblioteca.

Ya por entonces menudean sus colaboraciones en la prensa. Son traducciones elegantes de prosa y de poesía, a veces. Otras, se trata de pequeños ensayos donde reflexiona sobre temas varios, en párrafos separados por un par de renglones. Es una modalidad que usará con frecuencia en adelante, y que le sirve para tirar hilos de aguda reflexión.

Cuando se inaugura la Universidad en 1914, Heller se incorpora de inmediato a las filas de esa casa pobre, donde -decía Terán- enseñar era "un acto simplemente de patriotismo y de devoción por la cultura". Habla en la primera colación de grados. Se alegra porque la Universidad "ha removido ya la inercia de nuestra burocracia y plantado jalones triunfales que mucha gente no ve todavía, porque es de aquella que tiene ojos y no mira".

El Museo y la música
Se le encarga organizar la sección Bellas Artes del Museo de la Provincia, como director "ad honorem". Se mueve con gran diligencia y en julio de 1916 abre el Museo. Heller lo destaca, en la inauguración, como "obra de nacionalismo, de buen gobierno y de solidaridad humana". Esto último, "por los nobles ideales que consagra y proclama, como lo es cualquier aspiración que haga de la vida una senda menos áspera, y del hombre alguna cosa mejor".

En 1920, Terán lo designa vicerrector de la Universidad: enseña Historia del Arte en la casa y no descuida la música. Animador incansable de la Filarmónica de Tucumán (que se crea en 1929), es devoto ejecutante del violín en sus pocos ratos libres.

Se decía que, a la búsqueda de sonoridades limpias para el instrumento, Heller bajaba a veces a tocar al fondo del aljibe vacío de su casa. "Su descenso a la caja sonora, seguramente estaba acompañado de invocaciones a los manes de Demócrito y de todos los sagrados griegos", escribirá Guillermo Orce Remis. Le entusiasma el folklore. Dedica cálidos elogios a Atahualpa Yupanqui y a Manuel Gómez Carrillo, cuya pionera compilación presenta. A veces escribe sobre teatro: una de sus notas maravilla al famoso crítico porteño Joaquín de Vedia.

Amigos memorables
A veces, aprovechaba para recordar sus deberes al sector social más afortunado. Al inaugurarse la estatua del doctor Luis F. Nougués en 1917, expresó que "el ejercicio de la función pública no consiste en ser gobernador o diputado, porque es lo menos necesario para gobernar a los hombres, sino conquistar el gobierno de sí mismo; en formar lo que llamaba Alberdi el 'fisco personal y doméstico', porque seres semejantes gobiernan aunque carezcan de potestad e imperio".

Con sus amigos Terán, López Mañán, Miguel Lillo o Ricardo Jaimes Freyre, se reúne con frecuencia en largas tertulias. Las evocará después: "las horas eran muchas pero ligeras. Ahora sabemos los sobrevivientes -cuán pocos- que eran inolvidables", escribió. Sucede al poeta Jaimes Freyre en la cátedra de Literatura del Colegio Nacional.

No sólo ejerce la abogacía, sino que estudia concienzudamente sus libros de Derecho. En 1923, con Esteban Gaubeca y Adolfo S. Carranza, redacta el nuevo Código de Procedimientos en lo Criminal.

Presidente de la Corte
En 1925, Terán vuelve a conducir la Universidad, ya nacionalizada, y designa vicerrector a Heller. Quedará a cargo del rectorado durante todo el año 1926, con motivo del viaje a Europa de Terán, a tiempo que dicta Instrucción Cívica y Elementos de Derecho en el Técnico.

Años después, en una melancólica carta a Terán, le dirá que "los rectorados, lejos de darnos provecho, nos han costado dinero propio y a usted más que a mí. De mi sueldo de rector no he aprovechado un peso, y aquel pasaba íntegro para becas de alumnos pobres, que han sostenido el nombre de la institución y han sido su justificación".

Va terminando 1928 cuando Heller vuelve a la Justicia. No sospecha que ha de quedarse allí para siempre. Es nombrado juez en lo Civil y Comercial, y en 1929 lo designan presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Provincia. Los periodistas piden declaraciones, y les responde con pocas palabras: será acaso la única vez que hable con ellos desde entonces.

Les asegura que "pondré en mis tareas ideales y perseverancia, y que iremos haciendo muchas cosas de acuerdo con la vieja máxima que si no es forense es sabia: apúrate despacio". Es la frase del emperador Augusto que, en latín -"Festina lente"- estampará en el "ex libris" en la biblioteca del Poder Judicial.

Majestad de la Justicia
Otorga desde entonces su sello peculiar al alto tribunal, que -salvo unos meses entre 1944 y 1945- condujo hasta su muerte. Los testimonios coinciden en afirmar que lo dotó de una especial majestad, además de implantar sustanciales novedades, como el "casillero de notificaciones". Proyecta el primer Código Procesal del Trabajo de Tucumán y la ley de organización de los tribunales de ese fuero. Tanto es codirector de la excelente "Jurisprudencia de Tucumán", como reorganiza la biblioteca de la Corte y le dona valiosos libros.

Sobre sus escritos, un testimonio afirma que su estilo era "el del latino: claridad, lógica, elegancia". Sus fallos eran "modelos de piezas forenses donde, asimismo, resplandece la chispa divina de la literatura". Rodeaba a las audiencias de circunspección y de decoro. Creía que la majestad de la Justicia debía defenderse a todo trance. No lo amedrentaban "ni las inoportunidades del pobre ni las solicitaciones del rico".

Firme en épocas difíciles
Recuerda el doctor Marcos Herrera que "en tiempos difíciles, siempre sostuvo la simbólica balanza con pulso firme e isócrono, con las setenta pulsaciones del Pretor". Se cuenta que en una ocasión debió advertir a un legislador, serena pero firmemente, que se quitara el sombrero al entrar a su despacho. Sancionó la descortesía luego con la multa simbólica de un peso, con destino a la biblioteca de la Corte. Iba y volvía en tranvía de su casa a los Tribunales, y le tocó inaugurar, en 1939, el nuevo Palacio de Justicia.

Seguían apareciendo, en LA GACETA, sus notas marginales que revelaban la profundidad de su cultura y su exquisito gusto literario. Como traductor, se editaron sus versiones castellanas de gran aliento: los "Viajes al Río de la Plata y al interior de la Confederación Argentina" y las "Cartas médicas sobre la América Meridional", de Paolo Mantegazza, y "Veinticuatro años en la República Argentina", del viajero inglés J. Anthony King. Esto además de las delicadas traducciones de poesía inglesa, francesa e italiana, que publicó en diarios y revistas. Era miembro fundador de la Comisión Asesora de la Fundación Miguel Lillo: la presidió de 1945 a 1949 y desarrolló allí una labor de señalada importancia.

El final
La vida de Heller se confundió con el Poder Judicial, al que se entregó totalmente. A fines de 1949, la salud empezó a flaquear. Los médicos le diagnosticaron "el mal que no perdona". Se trasladó a Buenos Aires para una operación que le brindó apenas alivio momentáneo. Ni bien juntó fuerzas volvió a Tucumán y a su despacho de la Corte, hasta unos diez días antes del 15 de mayo de 1950, fecha en que se fue de esta vida.

En las imponentes exequias del doctor Juan Heller, despidieron sus restos varios oradores. Acaso la evocación más sentida fue la del doctor Joaquín de Zavalía. Dijo que "sencillo y generoso, hidalgo por origen y educación, llevaba en su austera figura los atributos de un magistrado; y en la reservada cortesía de sus maneras, la extraordinaria capacidad de comprensión de su cultivado espíritu y la no menor de perdón de su bondadoso corazón".

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