18 Junio 2008 Seguir en 
Hablábamos sobre la inteligencia y el sentido del humor. Recordó una escena de una película de Woody Allen en la que su novia (interpretada por Diane Keaton) trataba de persuadirlo de que fueran a la ópera y él se esforzaba por encontrar excusas para no hacerlo.
Una de ellas era: "Cada vez que escucho música de Wagner me dan ganas de invadir Polonia".
Yo solté la carcajada y Garvich me miró un poco sorprendido. Le dije que yo también recordaba la película. Tal vez la había visto en la Cineteca, una sala que me traía nostalgia de ciertas tardes de domingo.
Mi amigo se quedó estudiándome con un dejo de admiración "¿Sabés que no cualquiera lo entiende a ese chiste?" Me imagino, respondí. Supongo que no a cualquiera le gustan las películas de Woody Allen. Hay que tener cierta cultura... Y en una época quedaba bien parecer un intelectual. Hablar de Bergman, de Borges, aunque fueran aburridos.
"Sí. Esa es la cuestión. Jeje. Yo al chiste de Wagner y Polonia lo usaba como un test", confesó Garvich en voz baja. Igual nadie en la oficina nos prestaba atención a esa hora. Se me acercó un poco más y me relató su confidencia.
Desde hace años, cada vez que conocía a una chica y comenzaba a salir con ella, en algún momento de la relación -cuando consideraba que estaba preparado para sufrir una desilusión- le contaba el chiste. Por lo general, ella se quedaba mirándolo expectante, a la espera de que la historia continuara.
"Y nada -le explicaba él decepcionado-. Ahí termina. El tipo no quiere escuchar Wagner porque le vienen ganas de invadir Polonia. Jeje".
Ella a veces ensayaba una sonrisa, otras prefería pasar a algún tema más divertido, mientras él se esforzaba por aparentar que nada había sucedido e intentaba hablar de otras cosas. Después se apuraba a pagar el café, o la cena, o el hotel (según el caso) y comenzaba a hilvanar alguna excusa, un viaje de negocios o algo así, que le permitiera poner distancia. Casi siempre el romance terminaba allí.
Lo miré medio sonriente, creyendo que no hablaba en serio. "Te juro -afirmó-. Nunca he podido evitarlo ¿Te parece que soy medio obsesivo? Con todas me pasó lo mismo. Estoy solo por culpa de Woody Allen".
No supe qué decirle. Garvich se quedó pensativo un rato, exhaló un suspiro, y al cabo de unos minutos hizo un gesto para espantar los pensamientos amargos. "Bueno. Así es la vida", se resignó, y volvió la mirada hacia el escritorio vecino. "Ché, Fernández ¿Y Boquita, cómo anda?"
Una de ellas era: "Cada vez que escucho música de Wagner me dan ganas de invadir Polonia".
Yo solté la carcajada y Garvich me miró un poco sorprendido. Le dije que yo también recordaba la película. Tal vez la había visto en la Cineteca, una sala que me traía nostalgia de ciertas tardes de domingo.
Mi amigo se quedó estudiándome con un dejo de admiración "¿Sabés que no cualquiera lo entiende a ese chiste?" Me imagino, respondí. Supongo que no a cualquiera le gustan las películas de Woody Allen. Hay que tener cierta cultura... Y en una época quedaba bien parecer un intelectual. Hablar de Bergman, de Borges, aunque fueran aburridos.
"Sí. Esa es la cuestión. Jeje. Yo al chiste de Wagner y Polonia lo usaba como un test", confesó Garvich en voz baja. Igual nadie en la oficina nos prestaba atención a esa hora. Se me acercó un poco más y me relató su confidencia.
Desde hace años, cada vez que conocía a una chica y comenzaba a salir con ella, en algún momento de la relación -cuando consideraba que estaba preparado para sufrir una desilusión- le contaba el chiste. Por lo general, ella se quedaba mirándolo expectante, a la espera de que la historia continuara.
"Y nada -le explicaba él decepcionado-. Ahí termina. El tipo no quiere escuchar Wagner porque le vienen ganas de invadir Polonia. Jeje".
Ella a veces ensayaba una sonrisa, otras prefería pasar a algún tema más divertido, mientras él se esforzaba por aparentar que nada había sucedido e intentaba hablar de otras cosas. Después se apuraba a pagar el café, o la cena, o el hotel (según el caso) y comenzaba a hilvanar alguna excusa, un viaje de negocios o algo así, que le permitiera poner distancia. Casi siempre el romance terminaba allí.
Lo miré medio sonriente, creyendo que no hablaba en serio. "Te juro -afirmó-. Nunca he podido evitarlo ¿Te parece que soy medio obsesivo? Con todas me pasó lo mismo. Estoy solo por culpa de Woody Allen".
No supe qué decirle. Garvich se quedó pensativo un rato, exhaló un suspiro, y al cabo de unos minutos hizo un gesto para espantar los pensamientos amargos. "Bueno. Así es la vida", se resignó, y volvió la mirada hacia el escritorio vecino. "Ché, Fernández ¿Y Boquita, cómo anda?"







