Memorias de guerra de los ex combatientes

Cuatro platenses recrearon sus vivencias.

06 Abr 2008
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PANCARTA. Los cuatro ex combatientes dejaron su reclamos en el cementerio de Darwin.

MALVINAS, (por Alvaro Aurane, Enviado Especial).- "Aunque parezca increíble, recién estamos conociendo esta ciudad. Durante la guerra, todos estuvimos peleando en frente, no en Puerto Argentino. Así que toda experiencia de confort en las Malvinas es nueva para nosotros", afirma Walter Acevedo. Lo acompañan Julio Villafañe, Walter Héctor Stefenon y Héctor Alejandro Rey, otros tres integrantes, como él, del Centro de Ex Combatientes de las Islas Malvinas (Cecim) de La Plata. Los ex combatientes, que llegaron a Malvinas el sábado pasado, están terminando de desayunar en un clima distendido.
"Estuvimos el martes en Monte Longdon. Tardamos un buen rato en encontrar las posiciones en las que peleamos", cuenta Acevedo. "Todo está muy cambiado. Ese camino nuevo que hicieron parte al medio el lugar donde estábamos. Sólo cuando ubicamos el río de piedra pudimos ubicarnos", detalla Villafañe.
Rey está callado, cortándose las uñas. Y Stefenon se fue a buscar su cámara y la de Acevedo, que sigue contando. "Yo volví el jueves a Longdon. Solo. En la guerra fui cargador de morteros. Volví a mi posición y me senté adentro. Ahí, en silencio, uno vuelve a vivirlo todo. Hasta el sonido del viento en las rocas. Y empecé a cerrar algunas ventanas y a dejar cosas en el pasado. Después canté el Himno. Y también hice el minuto de aplausos. Y me siento mucho mejor", relata.
"También encontramos los cimientos del depósito de combustible y de alimentos. Por ahí pasábamos y empezábamos la trepada. Había que subir y bajar, y volver a subir y bajar, y otra vez más. Lo que aún sigue ahí es el puentecito, ¿vio?", dice Villafañe. Entonces vuelve Stefenon con las máquinas y le empieza a mostrar tomas. Se aflojan un poco. "No le mostrés al periodista la foto del pingüino que nos comimos", bromea Rey, que a diferencia de sus compañeros, que estaban en Longdon, estuvo apostado en la Cresta del Telégrafo.
"Los reventaron a cañonazos. Porque a los marinos británicos, los fines de semana les pagaban doble, entonces los fines de semana estaban todo el día disparándonos. Y el 13 (de junio de 1982), cuando empezó la batalla, era domingo", dice Villafañe. Después, no dice más. Se va. Y no vuelve.
"Las cosas que aguantamos", dice Rey. Y empieza. "La de Wireless Ridge fue la última batalla. Todos los soldados que replegaban (desde Longdon y Tumbledown) fueron hasta ahí. Pero no porque había órdenes: los soldados se replegaban solos porque los oficiales los habían abandonado. Y ahí aguantamos hasta cuando pudimos", rememora.
"Estaba con unos amigos y les dije: "Che, en la próxima nevada nos vamos a la mierda, porque si no, nos matan a todos. E hicimos así. Ya los teníamos a los ingleses a menos de 300 metros", se acuerda. "Cómo corríamos", agrega Acevedo. Stefenon guarda silencio.
" No había cadena de mandos; los oficiales nos dejaron solos. Los cobardes esos se mandaron a mudar el día antes. Igual, jamás salían de sus covachas. El único que hizo que lo que debía fue el mayor (Hugo Alberto) Pérez Cometto. Hizo traer el cañón de 105 (mm.) y un mortero de 120 (mm.) Y con eso aguantamos hasta último momento", precisa, indignado.
"No se podía aguantar el bombardeo", explica Acevedo. "Nos replegábamos pero tardábamos en movernos, porque aunque era de noche, el cielo estaba iluminado por el fuego de la artillería, las trazantes luminosas y las bengalas rojas. El cielo parecía fuego. Hacíamos dos pasos y cuerpo a tierra. Logramos llegar a Puerto Argentino a las 6. Y apenas habíamos recorrido tres kilómetros", describe.
"Muchos podrán no estar de acuerdo, pero con algunos compañeros siempre decimos que estamos vivos porque esa noche los ingleses no nos quisieron matar", dice Acevedo. Rey lo mira fijo. "No sé si es tan así, Walter", le reprocha. "Cómo no va a ser así. Si ellos parecía que estaban cazando perdices", reniega Acevedo. Y la nariz se le pone roja. Y los ojos también.

"Una mochila de fantasmas"
"¿Qué vivimos? El infierno. La peor experiencia que puede tener un ser humano", rememora Rey.
"En la guerra se ven todas las miserias humanas. El mal tipo siempre va a ser eso. Y el gamba es gamba toda la vida. Miró atrás y veo que viví 26 años de amargura, de ponerme mal del 2 de abril al 14 de junio. Creo haberme sacado todo eso aquí, al volver. Dejo una mochila de fantasmas", afirma.
"No tengo rencor contra la gente de las islas -asegura-. En el 82 nos trajeron por la puerta de atrás, a escondidas. Y en la Argentina nadie entendía la situación ni tuvo conciencia de lo que padecimos. Tuvo que pasar un cuarto de siglo, y que Gaston Pauls filmara una película ("Iluminados por el fuego") para que la gente supiera que no vinimos de joda. La mayor parte del tiempo hubo indiferencia en la sociedad. Yo tuve mil problemas por defender que soy soldado, porque en Argentina, si no ganás y salís segundo, fuiste".

Nuevos colores para una foto desvaída
"Cuando volví el jueves a Longdon, solo, repasé diferentes momentos de la Guerra. Primero, reviví el día en que me dijeron que venía a Malvinas: no teníamos idea de lo que íbamos a enfrentar. Después, el momento que nos marcó a todos: el bombazo que cayó en el aeropuerto el 1 de mayo. Dios mío: no me voy a olvidar nunca de eso", dice Acevedo, y todavía se estremece.
"Creía que había caído al lado mío. Ahí supe, como la mayoría, que estábamos en la guerra, y no en la colimba. El último recuerdo es el de estar leyendo una carta de mi viejo, bajo la lluvia. Todo eso rebobiné. Y es como si le hubiera puesto color a una foto que lo había perdido. El cielo volvió a ser azul. Tuve una descarga emocional muy grande. Va a ser otra la forma de ver Malvinas, la guerra, lo que pasó. Y no creo que vaya a volver nunca. Ya cerré ese período de mi vida con esto", concluye.

"Es una herida que no va a cerrar"
"Fue terrible lo que nos pasó. En la frescura y la inocencia de los 18 años, nos trajeron a pelear una guerra", explica Stefenon. "Esa experiencia nos marcó para toda la vida. Esa es una herida que no va a cerrar. Sin embargo, este viaje nos hizo muy bien. Nos sacamos de encima una carga terrible y eso es muy importante. Homenajeamos a nuestros caídos, visitamos nuestras posiciones... Acá les decía que vine con la película de las Malvinas en blanco y negro y que ahora me la llevo en colores. La puedo ver de otra manera. Igual, parte de nosotros, de nuestras vidas, se quedó acá -afirma-. Muchos nos dicen que ahora, como ex combatientes, cobramos mucha guita. Siempre les digo que les cambio todo eso por los 26 años que pasaron desde que llegamos de la guerra. Los isleños nos trataron bien. Si algún día me lo piden mis hijos, volveré con ellos. Creó haber cerrado gran parte de toda esa historia. En lo personal, estoy hecho".
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