Gustavo llora abrazado a Victoria sobre uno de los bordes de las fuentes de Plaza de Mayo. Ella le rodea el cuello con los brazos y le apoya la cara sobre el hombro mientras él aprieta los ojos, inmóvil, como si estuviera intentando sostener algo que se le acaba de romper adentro. A un costado descansa una guitarra azul. También una mochila violeta, un paquete de cigarrillos y el frío húmedo de una tarde gris en Buenos Aires.

Vienen de Ezeiza. Detrás de ellos, la Plaza de Mayo está colmada. “Es todo. Yo a los 13 años lo fui a ver a Huracán. Ha sido todo. He ido hasta el último recital en el Chateau a ver a los redondos y después siempre al Indio. Fue el alma de mi vida”, dice Gustavo a LA GACETA. Victoria lo abraza más fuerte antes de hablar. “Me da orgullo ser argentina sabiendo que el Indio fue argentino. Es el mayor orgullo argentino”, cuenta.

Gustavo y Victoria.

Como ellos, cientos de miles de personas se congregan en Plaza de Mayo para despedir al Indio Solari, quien murió a los 77 años tras sufrir un ACV hemorrágico. Poco a poco, grupos de amigos, parejas, familias y personas solas de todas las edades van llegando al lugar indicado para la última misa, como la llaman los fanáticos.

Ojos rotos

Los abrigos (boinas, gorros de lana, bufandas) intentan ponerle calor a una tarde fría, nublada y gris, como el corazón de quienes deambulan por la plaza buscando algún tipo de explicación ante tanto dolor. Llevan banderas, latas de cerveza, vino en cartón, anteojos de sol para tapar el dolor. Se miran, charlan, lloran. Se abrazan.

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Los periodistas solemos creer que en Buenos Aires las notas callejeras son más fáciles de conseguir. El dolor por la muerte del líder de Los Redondos parece haber empañado esa característica porteña. Seis personas se niegan a responder qué significó el ícono del rock en sus vidas, disculpándose como alguien que acaba de perder a un familiar muy cercano. En el rechazo a la voluntad de contestar parece estar todo dicho.

No hay persona sin ojos rojos. Sin ojos vidriosos. Hay chimeneas, gente fumando por todas partes. Cigarrillos prendidos en el piso. Botellas de vidrio que se rompen. Hay que caminar esquivando fernet, gaseosa y hasta latas de cerveza que vuelan desde algún lugar de la multitud dominada por la euforia. Ian (22) y Martín (20) reciben un baño de birra mientras intentan responder a este diario cómo se sienten.

En el corazón de la concentración, los 15 grados de térmica no se sienten. El cuerpo se calienta entre los cánticos, el humo y las mareas humanas. El viento típico del otoño porteño recién vuelve a sentirse cuando uno se aleja un poco de la multitud.

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Por momentos es difícil no quedar atrapado dentro de un pogo. “Fue el Ángel de mi soledad. Me acompañó en cada noche. Supo comer bien mi dolor. Gracias Indio, te amo con todo mi corazón”, dice Camila mientras salta.

La última misa

Algunos cuelgan banderas. Otros arman pequeñas islas de descarga: rondas de fanáticos tocando la guitarra, cantando y alentándose. En otros casos, parlantes improvisados hacen sonar canciones de Los Redondos mientras desconocidos se abrazan como amigos de toda la vida.

“El que no salta es un inglés”, cantan algunos grupos. También hay frases contra el presidente Javier Milei. “¿Por qué politizan? Aguante el Indio y nada más”, le grita un fan a otro grupo. Tiene una cresta, está sin remera y lleva varios vasos de fernet encima.

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La mayoría parece atravesar el dolor de distintas maneras. Algunos saltan y cantan como si intentaran anestesiar la tristeza. Otros quedan inmóviles, con la mirada perdida. Otros directamente no pueden hablar. “Me tomé una birrita porque lloré toda la mañana”, dice Sofía Simonetti.

A unos metros, una mujer de 54 años acaba de bailar y cantar junto a su pareja al ritmo de “Tarea Fina”. “Tristeza infinita. El Indio fue toda mi adolescencia, mi juventud. Significó lucha, resistencia, ideales. Es la mejor banda de rock que hubo. No habrá otro igual. Le agradezco por las letras y por haberme acompañado en los momentos más tristes y más alegres de mi vida”, dice a LA GACETA.

Una tribu sin cacique

En Plaza de Mayo, el dolor parece tener muchas formas, pero una misma raíz: la sensación de haber perdido a alguien cercano. A un familiar. A un guía espiritual. A la voz que acompañó durante décadas la vida de miles de personas.

“La verdad, desde chiquito, siempre me gustó el Indio Solari. Lo quería como un familiar porque gracias a mi hermano que me fanatizó por el Indio estoy acá con vida. Siempre marcó una gran parte de mi vida. Me sentía mal y lo escuchaba para olvidarme de las cosas feas. Que en paz descanse el gran indio”, dice Leonardo antes de largarse a llorar.

“El Indio significa encuentro, amigos, momentos de dolor donde uno lo escucha y siente que un poco todo se calma. Significa ADN argento de barrio, a pleno”, dice Julieta, de 26 años.

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“El Indio significó familia, unión, juventud divino tesoro, sobre todo un referente popular para todos, para la gente más vulnerable”, agrega Sofía.

Las hamburguesas y los choripanes cuestan $7.000. Las imágenes del Indio, $3.000. La fila avanza lento mientras siguen llegando personas desde distintos puntos de Buenos Aires y del país. Familias enteras. Padres, hijos, hermanos. Como si la cultura ricotera se hubiera heredado de generación en generación.

Karina, tucumana que está viviendo en Buenos Aires, llega a la plaza acompañada por su madre y su hermana Virginia. “El Indio representa las convicciones. La etapa de militancia, de poder unir ideas, de hacer alguna crítica social, las ideas revolucionarias y de una manera artística. Ha expresado convicciones, dolor y felicidad con la poesía más hermosa, y al mismo tiempo espacio de encuentro. Hay que agradecerle, hay que celebrarlo”, dice. “Siempre uno vuelve a los Redondos”, agrega Virginia.

Rosalía, la madre de ambas, escucha y asiente. “Es un momento triste. El Indio significó mucho. Muy importante para el rock. Me marcó la juventud. Hoy con 60 años. Nos dio mucha potencia en su momento y le inculqué el rock a los chicos, tengo 4 hijos, dos varones más que están en Tucumán. Todos ricoteros”.

Entre la multitud también está Anabel, de 19 años, junto a su hija y el padre de su hija. “El Indio es cultura, familia, pensar en el asado con los tíos, abuela, mamá. Es todo. Algo que no se va a terminar nunca. Le diría que no se vaya, que siga haciendo música”, pide.

Pehuén Díaz infla el pecho al decir que lleva el fanatismo escrito sobre la piel. “El Indio es todo. Lo tengo tatuado: ‘Vivir solo cuesta vida’, ‘Si no hay amor que no haya nada’, ‘El hombre de las cadenas’, el Indio con la seña para sordomudo. Las letras, cada frase, cada palabra que nos demostró en sus canciones. Está al lado de Maradona, es lo mejor que le pudo haber pasado a la cultura argentina”.

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Pasadas las 21, la plaza sigue llena. Todavía siguen llegando personas. Algunos cantan. Otros lloran en silencio. Otros simplemente se quedan quietos, mirando al vacío, como si todavía estuvieran esperando que alguien dijera que todo era mentira.

La última misa no parece una despedida, sino una tribu intentando atravesar junta la muerte. Como escribió Fito Páez en su cuenta de Instagram: “Cuando fallece un cacique se activa de inmediato un proceso profundo que combina el duelo colectivo, ritos espirituales y la transición de poder. Se genera un desconcierto y una sensación de abandono en su pueblo. Una fuerte angustia”.