La columna que Daniel Dessein publicó el 10 de mayo en LA GACETA Literaria titulada "Canessa y Puccio, el duelo del héroe y el canalla" recupera un dato de indudable interés periodístico: en octubre de 1977, Roberto Canessa y Alejandro Puccio jugaron, en equipos rivales, el partido por el 75º aniversario del CASI. La imagen tiene una potencia casi cinematográfica: dos hombres que después quedarían asociados a lugares morales inconciliables compartieron una misma cancha de rugby.

A partir de esa escena, Dessein construye una reflexión sobre dos destinos opuestos. Su texto se inscribe en el registro clásico de las “vidas paralelas”: enumera coincidencias físicas, deportivas y generacionales, para después subrayar el abismo que separa al sobreviviente de los Andes, médico dedicado a salvar vidas, del integrante de una familia criminal que secuestró y mató por dinero.

Canessa-Puccio: paradigmas de la solidaridad o de la ausencia de empatía

La opción tiene eficacia narrativa. Pero acaso allí mismo resida su límite, o al menos el punto desde el cual puede proponerse una lectura distinta. Las similitudes que la nota enumera —ambos jugaban de wing, tenían estaturas parecidas, participaron en distintos momentos en el mítico Sudamérica XV— son ciertas; pero no necesariamente suficientes para construir un paralelismo biográfico a lo Plutarco en sentido estricto. Funcionan como puntos de contacto; no necesariamente como una categoría común de inteligibilidad. En modo alguno afirmo que esa haya sido la intención del autor; sostengo, más modestamente, que esa es una de las lecturas posibles.

El rugby, en ese marco, permite contar la coincidencia; pero no me parece que explique demasiado. No porque sea un dato irrelevante, sino porque no advierto que sea el dato decisivo. Canessa y Puccio no interesan principalmente por haber jugado al mismo deporte, sino por haber encarnado respuestas morales radicalmente distintas frente a la vida, la muerte y el prójimo.

Quizás por eso algunas referencias literarias y filosóficas de la columna funcionan como una amplificación retórica —sin duda válida—, aunque pierden consistencia cuando se las considera como fundamento conceptual. La alusión a Rousseau y Hobbes, por ejemplo, sugiere el viejo debate sobre la naturaleza humana, aunque no termina de explicar qué clase de contraste específico hay entre Canessa y Puccio. Uno no representa simplemente la bondad natural del hombre, ni el otro su inclinación originaria al mal. Sus trayectorias son demasiado nítidas, demasiado históricas y, sobre todo, demasiado asimétricas para quedar cómodamente alojadas en esa oposición.

“Puccio era un tipo alegre y después apareció esa otra vida escondida”

Algo parecido me parece que ocurre con la evocación de “Juan López y John Ward”, el poema de Borges. Según mi modo de interpretar la obra, la conmoción que plantea nace de una simetría previa: dos jóvenes lectores, dos vidas posibles, dos hombres que no se odiaban, arrastrados por una fuerza exterior —la guerra de Malvinas— hacia un destino que ninguno eligió: darse muerte el uno al otro. La tragedia reside precisamente en esa semejanza destruida desde afuera. En el caso de Canessa y Puccio, en cambio, no parece haber una simetría vital previa quebrada por una fuerza externa. Hay, más bien, dos biografías que —en el plano moral, subyacente a toda la reflexión de Dessein— ya venían inscribiéndose en direcciones distintas y que se cruzaron fugazmente en una cancha.

También merece matizarse el cierre, cuando se sugiere que Puccio pudo haber aprendido algo de Canessa y no lo hizo. Otra vez, la imagen tiene fuerza literaria: el canalla ante el héroe, la oportunidad moral desaprovechada, el encuentro que pudo haber significado algo y no significó nada. Pero tal vez allí la escena exige más de lo que puede dar. Un partido de rugby no convierte a nadie, ni absuelve, ni condena. Tampoco parece razonable cargar sobre ese cruce fugaz la expectativa de una lección moral que Puccio habría estado en condiciones de recibir.

Alejandro Puccio: de la gloria, a la traición, el horror y la muerte

El abismo entre ambos no se abrió esa tarde. Tampoco dependía de una conversación, de un saludo o de un eventual intercambio de camisetas. La historia posterior del clan Puccio remite a una trama bastante más densa: vínculos familiares, obediencias, silencios, cálculo criminal, pertenencias sociales, zonas de confianza y mecanismos de ocultamiento. Por eso, el modo del reproche moral que se formula me provoca inquietudes encontradas. No porque sea ilegítimo como cierre literario, sino porque puede dejar en segundo plano una explicación más compleja.

Hay, sin embargo, una línea que la columna de Dessein deja abierta y que me parece especialmente valiosa. No está, a mi juicio, en el contraste entre el rugby de Canessa y el rugby de Puccio, porque el rugby, por sí solo, no constituye una categoría moral ni sociológica suficiente. Está en otra parte: en el mundo social que rodeaba a Puccio y que permitió que su figura circulara durante años bajo una apariencia de normalidad.

Tucumán aplaudió sin saber a un miembro del Clan Puccio

La frase de Eliseo Branca —“mejor no lo nombres”—, la decisión del CASI campeón de 1985 de no dar la vuelta olímpica en solidaridad con el detenido, la proximidad de la casa de las víctimas al club, e incluso la aparición del propio Branca en la lista de posibles secuestrados, componen un cuadro más inquietante que el paralelismo deportivo. No interrogan al rugby como deporte, ni autorizan una visión elitista de su práctica. Interrogan otra cosa: las formas de reconocimiento, confianza y respetabilidad que ciertos entornos sociales pueden otorgar aun cuando, bajo la superficie, se esté gestando una realidad criminal.

Ese enfoque es el enorme aporte que, en mi opinión, late insinuado dentro de la columna. No el de dos rugbiers que terminaron en extremos morales opuestos, sino el de una comunidad que tuvo cerca a Puccio sin verlo o sin querer verlo en toda su dimensión, una dimensión camuflada seguramente en su éxito deportivo; un camuflaje que hubiera podido existir cualquiera que fuere la disciplina practicada.

Desde la perspectiva que planteó, la pregunta más interesante no sería qué separó a Canessa de Puccio después de aquel partido. La pregunta sería más incómoda: qué redes simbólicas, familiares y sociales hicieron posible que Puccio siguiera siendo, durante demasiado tiempo, alguien reconocible, confiable, incluso defendible. Allí, más que en el paralelismo deportivo, está el núcleo inquietante de la historia.

TUCUMÁN