Un provocador cultural en el Tucumán de hace 100 años

Filoso con la pluma y la palabra, inquieto, iconoclasta a su manera, Castillo era un hacedor incansable e inclasificable.

Un provocador cultural en el Tucumán de hace 100 años
Sebastián Rosso
Por Sebastián Rosso 21 Mayo 2023

En su casa de calle Junín, entre San Juan y Santiago, Teófilo Castillo recibe al periodista. Es marzo de 1922, hace poco más de un año que vive en la ciudad. Es peruano y ha caminado bastante mundo. París, Roma, Florencia, Bruselas y Madrid fueron algunas paradas de un recorrido como aprendiz de artista. En Buenos Aires dirigió la afamada Casa Witcomb, y un buen día volvió a Lima para convertirse en pieza central de la vida artística de su país. Pero no le duró mucho.

Ahora está aquí, en la calle Junín, en esta casa que se pierde “entre la verde mampara de las plantas”, con paredes “decoradas con cuadros, platos y bandejas y amueblado a la antigua”, un lujo que deja sin palabras al cronista. “Un momento de belleza” nada común en esta pequeña y poco agraciada ciudad. Entonces llega la pregunta del millón: ¿por qué dejó Lima? “Por cuestiones artísticas. ¡No volveré al Perú! He comprado esta casa. Tengo aquí a mi mujer y mis hijos. En Tucumán termina mi peregrinación por el mundo”. La respuesta es elocuente, pero ¿cuestiones artísticas?... ¿Qué es eso?

El contra

Teófilo era firme en sus decisiones, como esa que lo hizo abandonar Lima con toda una carrera a cuestas. Cuando llegó aquí se integró sin demoras al sector más culto, donde hizo de las suyas. Cuando todo Tucumán presumía con su Casa de Gobierno y con los nuevos edificios de la zona del Casino, dijo que a esta ciudad “hay que saberla ver y no es por cierto mirando el Savoy Hotel, el palacio gubernativo y ciertas edificaciones recientes en torno a la plaza Independencia”. No, no, eran preferibles las cúpulas de Santo Domingo, los lapachos en flor o “el patiecito humilde de la casa del doctor Villagra, en calle Crisóstomo Álvarez”.

Su provocación no era nueva, ya se había atrevido a someter a Lola Mora a un menosprecio hoy intolerable. Le parecía que su “Libertad” era “una bailarina boba, muy pulida y concluida”, mientras la escultura “Parábola”, de Pompilio Villarrubia Norri (que hoy se encuentra frente al Cementerio del Oeste y en ese momento estaba frente a la Casa de Gobierno) le resultaba de mejor factura y “novedosa”.

Para mostrar su inconformismo tampoco tuvo reparos consigo mismo. Se consideraba falto “de condiciones fonéticas, carente de serenidad. Cuando me entusiasmo, atropello, me enojo, amontono las ideas sin orden pedagógico”. Teófilo era un artista de la imagen, pero escribía y hablaba con una sinceridad inusual. La prestigiosa “Generación del Centenario”, la créme de Tucumán de esos años, estaba chocha con él. Esos educados hijos de la industria argentina pionera, amantes de Europa y de Buenos Aires, lo adoraron.

Lo nuevo

Ensalzaba ideas, como en diciembre del 21, cuando se inauguró una muestra de Benjamín Nemirovsky. Sostuvo entonces que el valor de sus pinturas residía en “su factura franca, vigorosa, casi detonante (que) cautiva desde el primer momento (…) Entiendo que el pintor, hoy y siempre, pese a todas las modalidades, debe ser ante todo un pintor, un cromatista (…) y “señalo a Nemirovsky como decorador de alto valor, primero porque efectivamente lo es, y segundo porque pretendo desvirtuar así el concepto equivocado que aquí, en los círculos artísticos, se tiene del decorartista, creyéndolo de categoría subalterna en arte”.

Las dos palabras, dichas al pasar, muestran al Teófilo más provocador. “Cromatista” y “decoratista”. Todavía hoy las dos se usan para bajar el precio de un artista. Para la cultura moderna, sea complaciente o sea crítica, lo que sostiene al artista es su aura de excepcionalidad, y eso no se condice con un oficio como el de decorador o colorista.

Vanguardia old style

En plena etapa de cambios de paradigma europeos, no era un vanguardista avant la lettre, porque pensaba que nuestra vanguardia, la latinoamericana, tenía que seguir otro camino: encontrar primero una raíz común. Si la cultura europea iba a renovarse “radicalmente”, la local lo iba a hacer encontrándose primero con sus herencias americanas y españolas. Se interesó entonces en la arqueología, en las producciones líticas, cerámicas y textiles de Sudamérica, lo buscó también en la imaginería y la pompa virreinal.

Aquellas ideas juveniles de levantar un proyecto cultural situado en Latinoamérica y abierto al mundo es lo que lo trajo a su domicilio tucumano. Aquí, las culturas prehispánicas catamarqueñas y calchaquíes fueron de su mayor interés. La placa de Lafone-Quevedo, los menhires de Tafí se sumaron a las randas u otras herencias españolas para dar letra a su proyecto cultural.

El 25 de diciembre de 1921 escribía en LA GACETA una especie de manifiesto que tituló “Apuntes tucumanos”: “el alma de Tucumán palpita esencialmente en los cármenes floridos que la circundan, cual anillo opulento de gemas bellas, en los mil rincones prodigiosos de luz y sombra, que constelan sus viejos hogares de resabio moro sevillano”.

Revista

En 1922 embarcó a LA GACETA en la publicación de algo que nunca se había hecho en esta tierra, una revista cultural con reproducciones a color, resueltas en tricromías (encargadas en Buenos Aires) impresa y armada aquí. La dirección artística corrió por cuenta de Teófilo, quien también se encargó de algunos artículos y entrevistas.

En el primer número anunciaba sus pretensiones de alcance regional, fomentando su cultura y dando a conocer “ante propios y extraños las bellezas panorámicas, los adelantos de todo orden y los intereses de la región”.

Publicó a dibujantes y fotógrafos locales. Usó su pluma chispeante a la hora de hablar de sus artistas: “tengo una maña: la de que los artistas sean jóvenes, buenos mozos, altivos y combatientes. Los mansurrones, pelmas, acomodaticios a la vera de un puchero, tampoco fueron de mi devoción” (Sol y Nieve Nº 2), o cuando visita el atelier del pintor Terragni y describe una pequeña incomodidad entre ambos. “Terragni tampoco me escucha y a su vez me explica detalladamente del plano sus dimensiones y cortes longitudinales (…) Mientras él habla y formula cifras, yo haciéndome también el que escucha, distraigo mi atención” (Sol y Nieve Nº 2), o cuando habla del prometedor joven Juan Carlos Iramain y dice: “todos lo conocéis. Alto, esbelto, elegante; con la planta de un efebo helénico, caminando siempre solo, como entregado a graves ensoñaciones eurítmicas internas” (Sol y Nieve Nº 4).

Genealogías

De sus contribuciones a la cultura tucumana, nada tan loable como poner a rodar la pregunta sobre cómo hacer del arte una cuestión de trabajo, una incógnita que debía ser respondida con palabras e imágenes, con lápices, con plumas, con pinceles o con máquinas de imprimir.

Si miramos con suspicacia la biografía de Castillo, podemos decir que su propuesta se acomodaba a la cima social, sobre el fondo de una sociedad que aunque incluía inmigrantes, ocultaba a mestizos y moros bajo la alfombra. Pero en ese tema, el nervio de su propuesta no estaba en su pintura, sino en la intención de sus palabras y la incomodidad de su perspectiva. Hoy, un artista contemporáneo, un artista-viajero y local, como Gabriel Chaile, se mete en esa cuestión con un bagaje cultural muy diferente al de Castillo.

Ahora la pregunta por la identidad se formula sobre el fondo de una sociedad tecnológica y nómada a gran escala, pero que arrastra todavía inequidades y manejos de una sociedad premoderna. En los artistas de hoy late todavía una incomodidad con las certezas y lo dado desde afuera. ¿Y nosotros, quiénes somos?; cuando hablamos de nosotros ¿de qué nosotros hablamos? Estamos lejos del Tucumán de 1922 y casi nadie se acuerda de Castillo, pero la dejó picando.

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