Las huellas de Castillo en el bagaje artísticoprovincial

No son muchas las obras del pintor peruano que aún quedan en Tucumán. Sin embargo, la calidad de algunas de ellas es tan destacada que merecen ser tenidas en cuenta.

LEGADO. Dos de las obras analizadas por Esser para LA GACETA. LEGADO. Dos de las obras analizadas por Esser para LA GACETA.
21 Mayo 2023

Por Alejandro Esser

Licenciado en artes

Pocos artistas pintaron la luz y el color como lo hizo Teófilo Castillo. Su destreza y maestría, descriptas cada vez que se le hace mención, no dejan de impresionar al contemplar su obra. Por ello resulta ineludible abordar algunos de los trabajos ejecutados durante sus años de residencia en Tucumán.

“Evocación histórica” es probablemente la obra más conocida y referida de Castillo durante el último periodo de su vida. Este óleo, fechado en 1921, apareció publicado por primera vez aquel año a toda página en la tapa de la edición extraordinaria de Navidad de LA GACETA. La obra nos presenta una escena donde con generoso colorido se representan los momentos posteriores a la Declaración de la Independencia frente al histórico solar. Cabe destacar que, al momento de pintar esta obra, la fachada original ya no existía. Por lo que, para la reconstrucción de esta escena, Castillo se valió de una copia de la famosa foto del italiano Ángel Paganelli (1838-1928) que llevaba consigo desde su primera visita a la ciudad.

Numerosos personajes se concentran a las puertas de la antigua casona donde se realizó la jura vestidos con la ropa propia de la época. En el centro, el General Manuel Belgrano sostiene triunfante en sus manos el pabellón nacional presentándolo al Congreso de Tucumán. Un personaje ubicado bajo el umbral de la casa festeja con los brazos en alto el resultado de la histórica jornada. La Virgen de La Merced ingresa en procesión por la izquierda del cuadro para acompañar a la multitud en los festejos. Para acentuar el clima festivo y reforzar la idea del nacimiento de la nueva nación, Castillo se toma la libertad de pintar un lapacho en flor, adelantándose un poco al inicio de la primavera. Al fondo del paisaje se advierten la cúpula y el campanario de la Catedral tucumana (que no existían en 1816). Pero esto no es un error, pues en otras obras del género Castillo ya se había tomado estas licencias.

Indudablemente, eran guiños hacia el espectador. El artista ponía de manifiesto la cuestión de la pérdida de elementos básicos en la construcción de la identidad nacional: Tanto la Casa Histórica como la Iglesia Matriz de Tucumán habían sido demolidas y reemplazadas por construcciones modernas. Ciertamente, como ya lo mencionamos, esta cuestión no le era para nada indiferente a Castillo.

Existe una obra suya ejecutada hacia finales de 1921 y los primeros meses de 1922 que se titula “Lapachos en flor”. Un óleo menos conocido que la obra anterior a la que nos hemos referido, casi olvidado, cuya primera aparición se registra en una fotografía en las páginas del primer número de la revista “Sol y Nieve”.

La búsqueda y hallazgo de esta obra llevó no poco tiempo y esfuerzo. Hoy es propiedad de la familia Castillo, pero pudimos descubrir que, en 1924 -muerto ya Castillo- pasó a ser propiedad del Dr. Juan Heller, su gran amigo. Y a la muerte de Heller pasó a manos de su hermana Margarita Heller de Rougés y luego a los herederos de ella hasta volver a la familia Castillo.

En esta magnífica pintura el artista nos presenta una serena escena primaveral que está enmarcada por una vegetación abundante y un majestuoso lapacho rosado que presume su exuberante floración. Dos hermanos de la Orden de Predicadores se encuentran en un antiguo portón del convento. Se trata de una escena de la vida cotidiana, en la que el artista nos sitúa a una distancia justa y nos permite ser testigos privilegiados del momento sin llegar a invadir la intimidad de los personajes.

Nos surge inevitable casi la pregunta de si acaso la escena tan sencilla y peculiar que conforma, sino la última, al menos una de las últimas pinturas del artista, no se trataría de alguna alegoría del regreso a la Casa del Padre: un anciano fraile de cabeza blanca y bastón en mano se acerca lentamente al portón del convento y deteniéndose por un instante levanta sus manos y el madero en la alegría y cordialidad del saludo; el otro, más joven, sale al encuentro de su hermano y lo espera a la sombra del dintel de entrada al claustro.

Asoma imponente por detrás de la escena la cúpula de la Basílica del Rosario. Considerando la perspectiva de la imagen podemos pensar que este muro, que hoy ya no existe, se levantaba en la parte posterior del templo, seguramente donde hoy se encuentra uno de los patios que está dentro de la universidad dominica. El manejo cromático del artista asombra, la luz llena la escena y los colores del follaje tiñen todo el ambiente cuidando de no permitir que la atmósfera pierda la calma y la serena alegría que nos propone esta jornada primaveral.

La calidad de las obras de Castillo lo colocan entre los grandes maestros de la pintura, incluso el Museo de Arte de Lima supo tener una sala dedicada exclusivamente al artista. Luego de su muerte, gran parte de su producción terminó en Perú, donde numerosas colecciones públicas y privadas presumen con orgullo la propiedad de algunos de sus óleos.

Las huellas de Castillo en el bagaje artísticoprovincial

En Tucumán, en cambio, son muy pocas las obras que quedaron (entre las que se encuentran las aquí mencionadas), pero todas ellas en colecciones privadas. Así que, por el momento, si el lector quiere tener algún contacto con el artista, deberá conformarse con el cartel de la casa de electrodomésticos fundada por sus descendientes, que eligieron para su logotipo la firma del propio Castillo.

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