
En un reciente informe del Observatorio de Fútbol CIES, se supo que Argentina ocupa el tercer lugar de los países con más jugadores exportados desde 2017, detrás de Brasil y de Francia. Fueron más de 900 los futbolistas nacionales transferidos. Tucumán tiene varios nombres en la lista.
La estadística encuentra un interesante dato extra que la fortalece por estos días: son 12 los futbolistas argentinos repartidos en los seis equipos que definirán los tres trofeos más importantes a nivel clubes en Europa.
Todo esto no representa un dato menor, porque confirma una tendencia que comenzó hace varios años. Las características del jugador argentino, su formación y rendimiento, son aspectos muy solicitados puertas afuera.
Como sucede siempre que se dan a conocer estas estadísticas, es valioso interpretarlas y ponerlas en contexto. Es cierto que en buena parte de esta realidad incide una economía argentina deteriorada, entre cuyas consecuencias está el hecho de que muchos jugadores se van libres, con el pase en su poder, a cambio del dinero que les deben los clubes por contratos impagables y arcas en rojo.
Los menos son los que llegan a las ligas y los equipos más poderosos del hemisferio norte: varias “gemas” se van luego de pocos partidos en las canchas nacionales. Incluso, hay una buena cantidad que ni siquiera llegó a jugar en Primera, y ya fue vendida al exterior.
Especial atención también hay que poner en las necesidades, tanto de los deportistas como de los clubes que los forman, de promover ventas rápidas para aliviar situaciones económicas que muchas veces llegan al punto de asfixia. En el caso de las instituciones, ni siquiera pueden competir con ligas extranjeras inferiores en calidad futbolística, como Chile y Uruguay (países donde más argentinos van a jugar): el dólar les marca la pauta.
Muy lejos quedaron aquellos tiempos en los que los futbolistas argentinos de calidad hacían una importante carrera en los clubes que los vieron nacer, antes de “dar” un salto. Hoy las rutilantes apariciones son apenas disfrutadas por los aficionados. Y esto impone una dinámica particular en los clubes, una agobiante y agridulce carrera contrarreloj para sacar lo mejor del rendimiento antes de ponerlos en foco para irse al extranjero.
Hay un elemento que se suma a este fenómeno: luego del Mundial de Qatar 2022, la exposición de los jugadores argentinos llegó a su punto más alto. Hoy, hayan estado en el plantel campeón del mundo, o no, los ubica a todos en un plano distinto, en relación a futbolistas de otros orígenes.
Lo cierto es que, así como están las cosas, esta “sangría” de jugadores alimentada por un insoslayable factor económico tiene un lado positivo por los beneficios que alcanzan jugadores y clubes. Pero va en desmedro de la calidad del fútbol nacional, que no sólo pierde figuras, sino también calidad de juego, competitividad y posibilidades de un mejor crecimiento y posicionamiento. Visto en perspectiva, en los próximos años la tendencia puede ser todavía más acentuada. Pero lo que parece ser negocio no siempre lo es: tiene aspectos que preocupan, a los cuales alguna vez el fútbol campeón del mundo debería tratar con seriedad.







