El progreso propio
¿Cuántos argentinos abrazan la idea de que su progreso y el de su familia están vinculados a continuar viviendo en su hábitat actual? Han de ser pocos, porque la aspiración general es mudarse a un lugar que parezca mejor. Progresar es, así, dejar de vivir en el campo para hacerlo en la ciudad, pasar del interior a Buenos Aires y, cuando ya se está allí pero en la zona sur, trasladarse a la zona norte. El paso siguiente podrá ser migrar a Madrid o a Nueva York.
IR MÁS ALLÁ. La atracción por las luces de un centro que siempre queda lejos tiene consecuencias diversas turismo

La idea de progreso está comúnmente relacionada la de subir o escalar y con la de acercarse al centro, aunque no sea seguro dónde queda este. Desde hace tiempo, y en las más diversas esferas, las nociones de arriba y abajo, y las de centro y periferia, distan de ser absolutos. Ya en 1609, por ejemplo, Kepler había encontrado que la órbita de Marte alrededor del sol es elíptica, de modo que no tiene uno sino dos centros. En rigor, por lo tanto, no se puede afirmar que el sol es el centro del sistema solar, simplemente porque este, en verdad, ¡carece de centro!
Pero si la noción de centro tiene sus bemoles en astronomía, no los tiene menos como guía para los hombres. El anhelo de pertenecer a algo más grande, más alto, más bello o más luminoso ha sido desde siempre la manera habitual de contrarrestar el sentimiento de pequeñez, intrascendencia o insignificancia que, en mayor o menor grado, no falta en ningún ser humano. Tal vez eso influya para que en un país como el nuestro, donde los ciudadanos con hambre, desnutridos o subalimentados se cuentan por millones, resulte natural que los chicos aprendan en la escuela los nombres de las grandes capitales del mundo pero que nadie se mosquea con que no se les enseñe cuál es la dieta mínima de nutrientes que asegura un crecimiento sano, ni cómo obtenerla en una huerta familiar de unos pocos metros cuadrados.
La atracción por las luces de un centro que siempre queda lejos tiene consecuencias de las más diversas, entre ellas que el más emprendedor no pierda el tiempo poniendo baldosas en la vereda cuando esta es de tierra, u ocupándose con los vecinos de que lleguen el agua corriente, el gas, el teléfono y el asfalto cuando no los hay. En vez de eso hay que apurarse a migrar, aun a costa de volverse extranjero, que tiene el inconveniente de hacernos, cuando no algo exóticos, un poco más extraños para los demás de lo que podríamos serlo normalmente.
Tampoco es auspicioso para el país suponer que hay que elegir entre ser cabeza de ratón o cola de león. Esta opción, al reducirnos a la poquedad ratona o a quedar siempre a la zaga de la magnificencia ajena, nos deja irremediablemente mal parados. No es preciso ser parte de bicho alguno para existir en este mundo, más vale ocuparse de cuidar lo propio, como advertían desde Felipe Varela, que dijo que “el hombre encuentra su patria donde no es extranjero y donde su dignidad humana no sufre”, hasta Sarmiento, que viviendo fascinado en Estados Unidos no perdía el deseo de volver a su propia tierra, aunque fuera queriendo regarla con sangre de gauchos.
¿Qué es, no obstante, lo propio? En Bahía, Brasil, una joven iao recién iniciada en el culto del candomblé respondía así a la pregunta de por qué, incluso con hambre, nadie roba las sabrosas comidas rituales que quedan en las playas sin custodia alguna: “Sería tomar algo ajeno, eso distancia de lo propio, sería empobrecerse”.
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Raúl Courel – Psicoanalista tucumano, profesor e investigador de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, de la que fue decano.







