
Surcando el tiempo y las distancias y parafraseando al gran sanjuanino ese cuyano alborotador, como lo llamó en su libro un gran historiador, podemos decir: “El mal crónico que aqueja a la Argentina es la inflación”. Todo se mece al malsano y nocivo soplo de una inflación que se ha integrado al seno familiar durante décadas y como un indeseado e insolente intruso nos roba los sueños e irrita nuestros temperamentos, alienando nuestras conductas y haciendo astillas nuestros anhelos y esperanzas. Jaqueados y arrasados por ese fenomenal flagelo que constituye la inflación, la economía ha dejado de ser un objetivo de progreso, una meta de construcción y realizaciones para convertirse en un rapaz depredador, desvalorizando y desestimando nuestra moneda a un grotesco y ridículo valor. Si continuamos minimizando el germen pernicioso y endémico de la inflación, nos encaminamos a secularizar su dañosa existencia; tiranizados y agobiados por el efecto arrollador que origina sus altos exponentes inflacionarios, terminamos incesantemente succionado por esa colosal rueda giratoria que nos conduce a un inveterado y eterno retorno. Estamos disputando un lugar destacado en el ranking de países con excesiva inflación, el libro de récords Guinness se relame por admitirnos y concedernos un sitial en su largo historial, por ostentar tristemente lamentable rango. Mientras tanto, la corporación política apoltronada en su confortable trono recurre a raídos estribillos y profusión de eufemismos para declamar con su proverbial verbosidad soluciones viejas con palabras nuevas. A pesar de proseguir transitando un camino pedregoso alfombrado de guijarros, nuestra ilusiones y realizaciones continúan incólume, intactas. De tantos y diversos golpes y caídas provocadas por ese engendro perverso llamado inflación, el duro y escabroso suelo ya nos resulta una mullida alfombra tapizada de algodón y heno. Insuflados de ese perseverante optimismo, no cesamos de blindar nuestras esperanzas, comulgando con una frase del filósofo alemán Leibniz, (1646-1716), “Todo está perfectamente en el mejor de los mundos posibles”. Sumando un vigoroso entusiasmo a dicha sentencia alcanzamos a leer: “Verdaderamente, lo que sé, es que es necesario que cultivemos nuestro jardín”, decía el cándido de Voltaire.
Alfonso Giacobbe
24 de Septiembre 290 - San Miguel de Tucumán
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