El pedagogo español Juan Luis Vives (1492-1540) recomendó en sus obras escritas “educar” a las mujeres para ser hijas y esposas sumisas, buenas madres de familia; por lo que tenían que “hablar poco” y llevar una vida de formación profundamente cristiana. “La realidad es que no solo se nos negaba la educación, sino que estaba mal visto, de no llevar una vida religiosa, que fuéramos instruidas, cultas y juiciosas. Es importante entender esto para saber lo que sucedió durante el período en el cual las mujeres fueron llevadas a la hoguera”, escribe María Florencia Freijo, en “(Mal) Educadas” (Ed. Planeta) su libro best seller que continua vendiéndose como pan caliente.
“En España. Desde principios del siglo XV aparecieron un buen número de jóvenes que fueron famosas por sus conocimientos y erudición. Esta presencia femenina en las altas esferas intelectuales y su participación activa en el nuevo movimiento cultural, alcanzaron su máximo esplendor durante el reinado de Isabel I de Castilla. Isabel estaba profundamente interesada en mejorar el nivel intelectual de la corte – de hecho Luis Vives- fue su asesor.
Dentro de ese grupo de asesores, estuvo Beatriz de Bobadilla, oriunda de Salamanca, amiga de la reina, compañera de viajes y expediciones, pero sobre todo, una defensora de las empresas que Colón pretendía llevar adelante en ´las Indias´. Cuando estudiamos la llegada de Colón a América, pocos libros hablan de la Reina, de su papel fundamental como mujer en el Poder, de los cambios profundos que buscaba para la región que gobernaba y que hicieron posible que se viera interesada en la expansión del comercio. Existió una reina ambiciosa y aventurera de la cual nunca nos contaron, quizá porque ella tampoco es modelo de mujer para nuestra educación de niñas. Si los libros de Historia hicieran un esfuerzo, no nos tendríamos que conformar con representaciones basadas en las ´novias´ de los caballeros y piratas valientes y desafiantes, sino que nosotras mismas podríamos ser esas mujeres olvidadas, porque de hecho, lo fuimos”, escribe Freijo en el capítulo denominado “La educación que nos negaron”.
Durante las 260 páginas del libro abundan los ejemplos de cómo las mujeres fueron educadas a lo largo de los siglos para ser “buenas”, un restringido corsé en donde se inculcaban miles de mandatos: ser buena hija, buena esposa, buena madre. Amar sin condiciones, no ser ambiciosas y no cuestionar. Ahí se construyen los arquetipos de las mujeres “mal educadas”, las que no siguieron el guion al pie de la letra: bruja, puta, vividora, loca, ambiciosa –siempre en modo peyorativo-.
Los estereotipos que se crearon sobre la mujer calan hondo incluso hoy: los chistes sobre la “suegra bruja”, el mito de que las mujeres no pueden trabajar juntas, el de la rubia hueca, el de la CEO que no es buena madre o la femme fatale, trepadora y “come hombres”. Los mandatos sobre las mujeres son muchos e incluyen también la belleza exterior. Un hombre con panza y canas es un adulto normal. Una mujer con las mismas características es una “dejada”. Sin embargo es el estereotipo de la “buena” mujer el que está fuertemente arraigado en todo el mundo. Condenamos a las mujeres que son valoradas por los varones debido a su apariencia física. Pero las mujeres también lo hacemos con aquellas que priorizan su vida profesional. ¿Por qué?
La autora, licenciada en Ciencia Política y referente del feminismo en Argentina, repasa cómo fue educada la mujer a lo largo de los siglos y explica que, si bien en algún momento la educación de la mujer se institucionaliza y pudo aprender a leer y escribir, las trabas sociales hacían que sea imposible para ella utilizar ese conocimiento, acceder a la universidad libremente, ejercer una profesión e ingresar a la discusión pública cuestionando a la política y al poder.
A mediados del siglo XX la mujer logró ingresar masivamente a las universidades. Su educación orientada a la formación profesional y al desarrollo intelectual recién se expandió desde 1950 a la fecha. Antes de ese momento, eran realmente excepcionales las mujeres que obtenían logros profesionales y que podían pensar y construir el mundo. ¿Qué tan diferente sería todo hoy si hubiesen existido mujeres profesionales y líderes desde hace mucho más tiempo? ¿Cómo sería el mensaje para las nuevas generaciones si en la escuela estudiasen a líderes mujeres que han desarrollado su carrera?
“Las mujeres fuimos educadas dentro de una función y un rol social -en el que también fueron educados los varones-. Hubo siempre una educación basada en generar una división sexual y social del trabajo y de los deberes con base a la idea nuclear de familia. En ese sentido ha habido una educación desde los inicios de la historia si se quiere, como puede ser la era de los imperios, en donde los hombres explicaban que la mujer tenía una condición de inferioridad y que eran educadas para servir al amo. La capacidad reproductiva de las mujeres se extrapoló a que las mujeres sólo podemos dedicarnos a las actividades de crianza y cuidados”, dijo Freijo en una entrevista con LA GACETA cuando se publicó su libro.
¿Cómo se pueden modificar esos paradigmas tan arraigados? “Hay dos caminos, a grandes rasgos: las políticas públicas y la educación. El Estado y sus políticas públicas no resuelven todo, pero plantean un camino. Hay países que tienen muy buenos índices medibles de mecanismos para paliar la desigualdad de género, buenas políticas públicas, pero, sin embargo, la violencia física y sexual hacia las mujeres es muy alta, mucho más que en otros países que no han resuelto la desigualdad de género. Esto demuestra que hay un aspecto cultural muy fuerte y arraigado que tiene que ver con haber naturalizado a través de los siglos estos estereotipos de género -tanto para varones como para mujeres- que transforman nuestro comportamiento y que, si no se modifican desde la matriz cultural a través de una educación profunda, esto no va a cambiar”, concluyó.








