Álvaro José Aurane
Por Álvaro José Aurane 27 Febrero 2023

Fue, entre muchas cosas, un político. Y aunque rara vez se lo recuerde como tal, esa parte de su vida también merece ser rescatada. Sobre todo por estos días: ayer se conmemoró su natalicio. Lo notable es que su contribución a la sociedad llegó mucho antes de que ocupara un cargo público. Ese aporte fue la preservación y de un monumento arquitectónico, histórico y cultural.

La catedral de la capital se encontraba en un estado ruinoso. Eso era responsabilidad de crónicas desinversiones e improvisadas remodelaciones. A ello se sumaba que el templo había sido el objeto del desprecio de los protagonistas de una revolución consumada 13 años antes de que él naciera. Aquella vez, la iglesia en cuestión había sido vandalizada y convertida en establo. De modo que al común de los pobladores poco le importaba el edificio. A los autoridades de la época, mucho menos todavía. Inclusive, había quienes propugnaban su demolición.

Él no había nacido en esa ciudad de luces, pero decidió que había que salvar la construcción. Si, como dice el refrán, “París bien vale una misa”, tomó una decisión que hasta el día de hoy resulta sorprendente: la catedral bien vale una novela. Entonces narró la historia de una joven gitana culpada de un delito que no había cometido, y del hombre del campanario, un jorobado que desde lo alto había visto lo ocurrido: sabiendo de la inocencia de la mujer, le dio asilo. La obra fue un éxito en críticas, en ventas y, sobre todo, en su impacto en la población, que tomó conciencia del valor de esa iglesia. Poco después, el Gobierno creó una comisión restauradora.

En los hechos, la popularidad que alcanzó la historia de la bella Esmeralda y del desdichado Quasimodo, los protagonistas de “Nuestra Señora de París”, publicada en febrero de 1831, terminaron salvando el arte gótico de la catedral de Notre Dame. En la posteridad, Víctor Hugo, quien nació el 26 de febrero de 1802 en la ciudad francesa de Besançon, demostró que las ideas son herramientas esenciales para vencer la adversidad. Volvería a probarlo décadas después.

“No hiciste nada”

Víctor Hugo fue, enteramente, un hombre de su tiempo. Distinto que el mero “contemporáneo” del siglo XIX, que no tuvo otra ocurrencia más que nacer durante esa centuria, él tuvo la capacidad de comprender el contexto de su época. Y más aún: gozó de la estatura intelectual necesaria para enmendar sus ideas monárquicas, que tantas comodidades y reconocimientos le habían deparado: en 1845 fue nombrado “Par de Francia” por la Corona. Pero tras la revolución de 1848 terminó por abrazar la idea de que era hora de darle una nueva oportunidad al republicanismo. Y abogó por la II República de Francia como uno de sus protagonistas.

Si bien su obra literaria monumental será “Los miserables”, que escribirá en 1862 durante el exilio al que lo obligará el autogolpe de estado perpetrado por Napoleón III, ya era la voz de la conciencia social en la Asamblea encargada de redactar una nueva Constitución. Fue, sin más, la voz de la justicia social. El 20 de junio, durante la discusión sobre los “talleres nacionales”, advirtió que, junto con el debate sobre la república también debía darse el de la democracia. Reconocía que la democracia se presentaba “como una amenaza para unos y como una promesa para otros”. Pero “la democracia no es una cuestión política”, alertaba: “es una cuestión social”.

La democracia, definió Víctor Hugo a lo largo de esas sesiones, no podía ser “democratización de la pobreza”. El 30 de junio llenó de contenido su concepto con una denuncia sin tapujos acerca de la miseria que vivía y sufría buena parte del pueblo francés.

“Imagina estas casas, estas casuchas habitadas de arriba abajo, incluso bajo tierra, aguas estancadas filtrándose entre los adoquines en estas guaridas donde hay criaturas humanas. A veces hasta diez familias en una choza, hasta diez personas en una habitación, hasta cinco o seis en una cama, edades y sexos fríos para temblar y sin suficiente aire para respirar”, describió.

En esa Asamblea Nacional que está pensando una nueva república se mezclan valores liberales, democráticos, del socialismo utópico y del catolicismo. Víctor Hugo apelará a todos ellos como herramientas para clamar que la pobreza sea un asunto de primer orden en esa Convención, porque la mayoría de sus miembros actuaba como si el drama social les fuera indiferente.

“¡Ah! ¡Niegas! Pues inquiétate unas horas, ven con nosotros, incrédulo, y te haremos ver con los ojos, tocar con las manos las llagas, las llagas sangrantes de este Cristo que se llama pueblo”, les gritó. Sólo para cerrar con un reproche ineludible: “no hiciste nada”.

El hombre que como escritor hizo todo lo posible para salvar un símbolo de nación, ahora es político y hace todo a su alcance para salvar a su pueblo. La obra de Víctor Hugo es imperecedera; y su prédica es absolutamente vigente. Sobre todo hoy. Sobre todo aquí.

Hoguera de vanidades

La similitud entre la miseria de la Francia decimonónica y la Argentina contemporánea es asombrosa. La diferencia es que la pobreza actual puede ser medida. Es decir, cuantificada.

De esa tarea se ocupó, para la capital de este país, la Dirección General de Estadísticas y Censos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los datos que dio a conocer la semana pasada sobre “Costo de vida”, “Líneas de pobreza” y “Canastas de consumo” permite que cada quien dimensiones, objetivamente, cuál es situación en la escala social.

- Los ingresos mensuales que necesita una familia de cuatro personas en Capital Federal para no caer en la indigencia son, en números redondos, $ 90.000. Ese es el costo de la “Canasta alimentaria”. Es decir, hacen falta $ 3.000 por día tan sólo para comer lo indispensable. Debajo de esa cifra se ha caído bajo la línea de la miseria.

- Las “familias tipo” que no son “indigentes”, sino solamente “pobres”, tiene ingresos que van de los $ 90.000 y a los $ 163.000.

- Por arriba de los $ 163.000 y con ingresos de hasta $ 201.000 se encuentra el estrato “No pobre vulnerable”. Una suerte de limbo en el que no se es pobre, pero casi…

- Entonces aparece la mentada “Clase media”, pero en dos porciones. Entre $ 201.000 y $ 251.000 está la “clase media frágil”. Y entre los $ 251.000 y los $ 805.000 por mes, la clase media consolidada. Eso sí: esta última, además, debe ser propietaria: en el cálculo monetario para este escalón social no está incluido el concepto de “alquiler”.

- Con ingresos por arriba de los $ 805.000 mensuales está el estrato social “acomodado”.

En Tucumán no se ha hecho público un informe tan detallado como el de CABA. Hace 10 días, sin embargo, el periodista Marcelo Aguaysol detalló en LA GACETA que la Dirección de Estadísticas de la provincia informó que, en enero, una familia tucumana necesitó de $ 143.000 para no caer en la pobreza. Es decir, un 14% menos de ingresos que en Buenos Aires. Aplicándole ese “descuento” a las cifras porteñas, se puede tener una idea más o menos aproximada de cuál es el lugar en el que una familia tucumana ha quedado en la pirámide social.

En este contexto enmarcado por una inflación del 95% en 2022, que superó el 100% para el caso específico de la “canasta alimentaria”, el oficialismo de la Cámara de Diputados de la Nación tiene como única y excluyente prioridad enlodar a la Corte Suprema de Justicia con un intento de juicio político que nunca tuvo posibilidad numérica de prosperar en el recinto. El Senado habrá permanecido prolijamente cerrado durante dos meses, a pesar de que el oficialismo, que tiene quórum propio, habilitó las sesiones extraordinarias para enero y febrero.

En el Poder Ejecutivo de la Nación todos están enfrascados en deshojar la margarita respecto de quién quiere ser candidato a Presidente, o no. El PJ, o sea el partido del Gobierno, se encuentra atorado en la contradicción fundamental: al mismo tiempo que grita “No a la proscripción de Cristina” pega afiches y pinta paredes proponiendo la candidatura presidencial de Cristina. La oposición, lejos de ser un contraste, es otra patética hoguera de vanidades.

Víctor Hugo también se habría exiliado de la Argentina. Y bien podría haber escrito una obra tan colosal como “Los miserables”. Pero en ese caso, sería una novela sobre el poder.

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