El relato “K” ha logrado superarse a sí mismo. De manera insuperable, a la vez que imperceptible. Porque el relato del oficialismo argentino no es un debate: es una falacia.
El debate contrapone posturas, argumentos y -a veces- convicciones. Por ejemplo, el viceministro de Economía de la Nación, Gabriel Rubinstein, ha debatido durante esta semana con los economistas de Juntos por el Cambio acerca de si esta gestión le está legando una “bomba” financiera al próximo gobierno, o no.
“Endeudarse en dólares es más riesgoso que endeudarse en pesos”, alegó el funcionario nacional, para poner sobre el tapete la deuda de 45.000 millones de dólares que tomó la gestión de Mauricio Macri. Todo debate implica también una lucha de estrategias: Rubinstein quiere elegir el campo donde batallar. Mejor la deuda externa que los índices de la economía interna del gobierno de Alberto Fernández y de Cristina Kirchner, como la inflación anual del 95%.
Le contestó también por Twitter Hernán Lacunza, el economista más gravitante en la galaxia de Horacio Rodríguez Larreta y uno de los que integra la mesa chica económica del PRO. “Hola @GabyRubinstein. ¿Vos decís la deuda del Tesoro, que aumentó U$S 83.200 millones entre noviembre 2019 y diciembre 2022; y U$S 33.000 millones el año pasado? ¿O la del Banco Central, que 40.200 millones a diciembre 2022?”. Si “yo endeudo”, pero también “tú endeudas” y, además, “él endeuda”, entonces todo deviene tiroteo de cifras. Sólo se puede esconder un elefante en una plaza llenando la plaza de elefantes.
Rubinstein salió de la discusión por la tangente de lo políticamente correcto. “¿Y si para que la deuda no crezca más buscamos todos, como política de Estado, aprobar un presupuesto sin déficit primario?”. Una propuesta incontestable… que sin embargo rebate el propio gobierno del viceministro: el Presupuesto 2023 se aprobó a fines del año pasado en el Congreso, a instancias del oficialismo, con un déficit del 1,9% del PBI. Si hay déficit (es decir, si los gastos proyectados superan los ingresos previstos), entonces necesariamente habrá endeudamiento. En el hogar de cualquier tucumano. Y en la administración de la Nación, también.
Pretéritos
La discusión, esta y toda otra, tiene por utilidad exponer datos que servirán como “sesgo de confirmación” a quienes están de uno y otro lado de la grieta. Los oficialistas dirán que nadie endeudó al país tanto como Macri; y los macristas responderán que peores en endeudamiento y resultados son los “K”. Los que tratan de no caer en el foso del antagonismo tal vez adviertan que no hay un debate en torno de quién obró bien, sino respecto de quién actuó peor.
El relato es otra cosa. No es un duelo de palabras entre dos sectores que piensan distinto, sino una reescritura del pasado para reinterpretar el presente. Es decir, para que la actualidad sea “otra”, distinta que la que está al alcance de la mano. Si la Justicia sentencia que hubo corrupción, es “lawfare”. Si la Corte Suprema dice que la Nación no puede hacer lo que quiera con la coparticipación de impuestos de los distritos, entonces es “antifederal” y debe ser destituida. Si la inflación destruyó el poder adquisitivo de su salario, es porque usted siempre se dedicó a “autonconstruir” la suba de precios.
El relato es axiomático: es una verdad que no necesita ser comprobada. Es porque es. Por ejemplo, que Alberto Fernández acordara con el FMI una refinanciación de la deuda en cuotas es haber claudicado en las banderas de la lucha nacional y popular. En cambio, cuando Néstor Kirchner le pagó casi $ 10.000 millones al Fondo de una sola vez y con reservas, era soberanía.
Al relato no le importa la lógica. Ni mucho menos los hechos. Con el dólar a $ 30 y la propuesta de un acuerdo con el FMI, hasta los actores de telenovelas filmaban videos que decían: “La Patria está en peligro”. Ahora que el dólar coquetea con los $ 390 y Máximo Kirchner pide a través de los medios renegociar con el FMI, parece que todos los patriotas de culebrón enmudecieron en una eterna pausa comercial…
Ahora bien, no importa cuál capítulo se revise, el relato siempre tuvo que ver con el ayer. Se podía maquillar y hasta enmascarar el presente gracias al ejercicio de reescribir el pasado. El caso de Amado Boudou es paradigmático. Fue condenado a cinco años y diez meses de cárcel por los delitos de cohecho pasivo y negociaciones incompatibles con la función pública. La Justicia determinó que el vicepresidente de la segunda gestión de Cristina elaboró un plan para quedarse con la ex imprenta Ciccone Calcográfica y lograr contratos con el Estado para la impresión de billetes y documentación oficial. ¿Qué argumentó el relato? Que no le perdonaban haber terminado con las AFJP. Es decir, el pasado como justificación para cualquier cosa.
Ahora es diferente. En este 2023 el relato se proyectó al mañana. El Gobierno que durante tres años consecutivos le echó la culpa de todo al gobierno “pasado” ahora sostiene que la oposición busca desestabilizarlo. Es decir, en el último año del cuarto gobierno “K” sostiene que la culpa de lo que ocurre hoy es del Gobierno que vendrá en el futuro.
Porvenires
En la página web de la Casa Rosada se habilitó desde el primer día de este año una entrevista del 29 de diciembre de 2022 que el Presidente de la Nación concedió a un programa televisivo. En ese (ahora) documento oficial el periodista predica “desestabilización” y Alberto Fernández llena de contenido ese concepto.
(Entrevistador) - Ciertos sectores de la oposición buscan desestabilizar lo que podría ser una senda muy importante de crecimiento sostenido para la Argentina.
(Presidente) - Yo insisto y sin querer victimizarme, porque yo hago política desde que tengo 14 años, con lo cual, para mí, es parte de lo que nos toca simplemente. Pero yo siento que lo que he debido vivir yo con esta oposición pocos presidentes lo han vivido. Ha sido una constante de querer paralizar al Gobierno y de querer llevarlo hacia un callejón sin salida.
El relato siempre significó fugarse al pasado para malversar el presente. ¿Por qué ahora huye al futuro? Porque el Gobierno, directamente, ya no quiere hablar del hoy. Quien desestabiliza al Presidente no es la oposición, sino el kirchnerismo. Lo que Alberto Fernández vive hoy, y que pocos mandatarios han vivido, es que sean los propios miembros de su Gobierno los que quieran paralizarlo. Los que busquen una y otra vez llevarlo a un callejón sin salida. Ellos quieren –con tanto o más empeño que los de afuera- que el próximo gobierno no sea con Alberto.
Ninguna semana como esta ha sido tan reveladora y demoledora en este aspecto. El Presidente ha llamado, finalmente, a la “mesa política” que desde la paliza electoral de 2021 le reclamaron los “K”. Pero Alberto lanza la convocatoria para debatir la estrategia electoral del Frente de Todos, cuando La Cámpora reclama una instancia de co-gobierno: quieren debatir el rumbo de la administración del Estado y los candidatos para fin de año.
Como Alberto se niega, Cristina avisó que no irá a la cita de la semana que viene. A modo de buscar apero donde rascarse, el jefe de Estado había organizado para mañana un almuerzo con gobernadores en Olivos. El faltazo iba a ser fenomenal, así que lo suspendió. Ya la reunión de principios de esta semana con intendentes bonaerenses fue suficiente tembladera.
Del encuentro participó Sergio Massa, para inquietar a su jefe más que para llevar tranquilidad a los jefes municipales. En el encuentro, le dijo a Alberto que urgía la necesidad de saber si buscará la reelección. A la vez, aclaró que, en su caso, ser candidato a Presidente es incompatible con ejercer el cargo de ministro de Economía.
Menos político fue Pablo Zurro, intendente de Pehuajó. “Hay que decirle a Alberto que no puede ser candidato a Presidente”, aseveró. Ya hasta en los suburbios de la tortuga Manuelita se le animan al titular del Poder Ejecutivo.
Estos atrevimientos se suman a una larga lista de ninguneadas. Se puede empezar por Sergio Berni, secretario de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, y su tristemente célebre reclamo: “El que trajo el borracho que se lo lleve”. Se puede seguir por el ministro del Interior, Eduardo “Wado” de Pedro, y su rezongo de que Alberto Fernández no tiene códigos. Y se puede terminar con el diputado Máximo Kirchner, que acusó al ex jefe de Gabinete de su padre y de su madre que debe su lugar, “tan importante”, a una “construcción colectiva”. “(Ahora) inicia una aventura personal. Para aventureros está el turismo”, le gritó en un acto.
Es revelador el Diccionario de la Real Academia. Por “aventurero” define: “Dicho de una persona: De oscuros o malos antecedentes, sin oficio ni profesión, y que por medios desconocidos o reprobados trata de conquistar en la sociedad un puesto que no le corresponde”.
Presentes
La fuga hacia el futuro que ensaya el relato le sirve a los “K” no sólo para eludir su responsabilidad en la presente desestabilización presidencial, sino también para escapar del ayer. El pasado exhibe, para escándalo del kirchnerismo, que esta gestión es su propia gestión.
“Le he pedido a Alberto Fernández que encabece la fórmula que integraremos juntos: él como candidato a Presidente y yo como candidata a vice”, relata Cristina, en primera persona, en el video con el cual anunció a su elegido el 18 de mayo de 2019. ¿Por qué eligió a Alberto? Ella lo explica, a modo de prólogo, en el mismo video: “Ese principio siempre remanido y repetido, y tantas veces incumplido del peronismo, de: ‘primero la patria, después el movimiento y por último los hombres’, bueno, creo que es hora de hacerlo realidad, de una buena vez por todas. Y no sólo con las palabras, sino también con los hechos y sobre todo, las conductas”.
Aunque ahora lo nieguen, lo defenestren, lo desestabilicen, le paralicen el Gobierno y lo lleven a un callejón sin salida, el fracaso de este Gobierno no es sólo de Alberto Fernández sino del kirchnerismo todo. Y no hay fuga al pasado ni huida al futuro para ocultarlo. Porque el relato sirve para enmascarar, pero no consigue maquillar tanto descaro.








