
En algunas semanas más, según han anunciado las autoridades de San Miguel de Tucumán, se habilitará el tránsito de manera completa en la intersección de las avenidas Camino del Perú y Belgrano-Perón. Esto ocurrirá cuando terminen las obras de remoción de la rotonda. De hecho, la rotonda ya no existe; en este momento, lo operarios están terminando de realizar distintas obras menores, como la construcción de las dársenas de giro libre, el ensanchamiento de la mano este del Camino del Perú en el sector en el que también se está construyendo una estación de servicio (justo antes del predio de un supermercado) y la instalación de los semáforos. En este momento, está habilitado el tránsito en sentido este-oeste y viceversa. Se supone que cuando estos trabajos estén terminados, se podrá hacerlo de norte a sur y de sur a norte.
La eliminación de la rotonda fue la concreción de un reclamo largamente expresado por transeúntes de la zona. El pandemonium que se vivía a diario allí, especialmente en horarios pico, intentó ser mitigado con la instalación de semáforos. Eso ocurrió en 2017. Y muy poco tiempo después ya se empezó a hablar de la necesidad de eliminar la rotonda. Pero da la impresión de que, en este caso, quienes debían tomar la decisión prefirieron poner el freno de mano: la demolición demoró cinco años.
Con otra rotonda de similares características, la historia había sido distinta. En Mate de Luna y Camino del Perú-Alfredo Guzmán existía la rotonda “del Cristo”. Había sido semaforizada en 2008, pero muy poco tiempo después se dieron cuenta que semaforizar una rotonda era una redundancia urbanística y firmaron su certificado de defunción.
La eliminación, sin dudas, mejorará sustancialmente las condiciones en las que se viaja por el Camino del Perú, pero claramente no resuelve los problemas de fondo de una avenida que cada día se deteriora más y, con ella, arrastra hacia abajo la calidad de vida de sus vecinos y de su transeúntes.
Alrededor de esta ruta provincial devenida en calle se concentra un crecimiento urbano que no responde a ninguna lógica. A los cada vez más populosos San José y Villa Carmela se suman barrios cerrados relativamente nuevos que conviven con viejas fincas de limones, con citrícolas, con colegios y escuelas, con predios de comunidades religiosas, con grandes cerámicas, con corralones, con clubes y con un sinfín más de establecimientos que aportan su flujo vehicular a una traza que hace mucho quedó devaluada.
Así, quien tiene la mala suerte de transitar por allí en horario pico se encontrará con un panorama patético: sobre ese pavimento deteriorado por el agua, el uso intenso y la falta de mantenimiento avanzan desde camiones enormes cargados con limones, con ladrillos o con alfa, colectivos urbanos e interurbanos, camionetas, autos, motos innumerables, caballos, carros, chicos que van a la escuela y hasta bikers que salen a entrenarse. A eso hay que sumarle los animales: perros, gallinas, caballos y hasta algún chancho.
La falta de desagües, de canales consolidados y de alcantarillas solo agrava la situación. Si hasta en plena época de sequía invernal es habitual ver agua sobre la calzada es fácil imaginar lo que ocurre durante el verano.
Hace años que los dirigentes de turno repiten que “hay que hacer algo con el Camino del Perú”. La verdad es que, además de eventuales bacheos y, ahora, la eliminación de la rotonda, no se ha hecho nada. Y cada nueva idea suena más estrambótica que la anterior por un simple hecho: el crecimiento urbano se acerca cada vez más a la calzada y si se llegara a pensar en una autopista habrá que realizar innumerables expropiaciones. Es claro que, frente a ese panorama, no es mucho lo que se puede esperar.
Creemos que es importante que, de una buena vez, los dirigentes pongan la mirada en aquellos sectores del gran San Miguel de Tucumán en los que nadie parece fijarse: uno de ellos es el oeste (esto engloba a San José y Villa Carmela, principalmente); otros sectores sobre los que habría que poner más atención son el este y el sur, pero son temas para otro editorial.







