Al caribe qatarí: tres oasis en medio de la jungla de cemento

Al caribe qatarí: tres oasis en medio de la jungla de cemento

Un lugar de ensueño para aquellos que quieran descansar del fútbol

Al caribe qatarí: tres oasis en medio de la jungla de cemento

Salgamos. Venía tan acostumbrado a recorrer los túneles futuristas del metro de Doha que de la superficie, donde está la vida del pequeño emirato y es la luz de este Mundial de Qatar 2022, era para mí como una postal del mundo exterior para un condenado reclusión perpetua. Lejana. Había escuchado de las playas, de la pública Katara, donde se concentra la mayoría de los hinchas argentinos; de la 974, pegadita al estadio homónimo que después del Mundial será desmantelado. Lleva ese nombre porque se construyó con 974 containers marítimos.

Y después figuran en el GPS las tres pagas, una al lado de otra con vista frontal a La Perla, el punto petrodólar de la economía qatarí, Doha Sands (Arenas de Doha), B12 y West Bay (Bahía Oeste) tienen su encanto, desde la comodidad de sus servicios hasta pantallas gigantes donde ver los partidos de la Copa del Mundo.

Mi primera impresión de la zona es que entré a un barrio exclusivo de un país próspero y adinerado. Los rascacielos, vecinos a los accesos de los paradores, rascan tanto en altura que pasadas las dos de la tarde de acá ya tapan el sol. Hay uno que sobresale del resto. Sobre el medio de su enorme construcción luce lo que aparentemente es un pent house con un balcón tan largo y ancho como nuestra peatonal Mendoza. Qué lindo sería encender unas brasas allí, lástima que la carne vacuna escasea como el agua en el desierto y que tampoco conozco al dueño.

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Una calle alterna funciona de pulmón y de pequeño parking para un puñado de autos. El acceso a West bay no es estrafalario, es más bien cálido y bien playero, aunque hasta la arena que pisamos en la entrada es tan brillante como el agua que rodea su costa.

El precio de poder utilizar unos puff enormes, las reposeras y sombrillas asciende a 50 riales qataríes, poco más de 15 dólares.

Los servicios que brinda el parador son óptimos. Dotado de en una franja poblada de mini containers de no más de 3 metros y de extensión, de colores fuertes mate del que fluyen diferentes carteles, dos se llevan los billetes de la multitud: una pastelería que acompaña sus delicias y sánguches con licuados o un café expreso delicioso. Podés elegir la modalidad take away o directamente sentarte a gusto en una de sus mesas y esperar la taza de cerámica. El otro box cuyos pedidos corren tan rápido como un Fórmula Uno en plena carrera, es el último. El orejón del tarro de West Bay. Su menú es a base de frituras, patitas de pollo y papas fritas, todo en envases descartables.

Si te olvidaste de algo, un local dentro del parador te soluciona la vida. Sería el famoso y extinto “todo por 2 pesos” argento.

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¿Qué tal es el ambiente de West Bay? relajado, cómodo y SEGURO. Eso es lo que más impacta entre los argentinos. Lamentablemente, venimos de un país donde la seguridad vive insegura y nosotros padecemos las consecuencias. Sin conocer a nadie, la térmica saltaba sola cuando veías a alguien yendo a comprar con la mochila o bolso a cuestas. ¿Soy argentino, no? “¿Cómo te diste cuenta? Ojalá cambie algún día y podamos estar tranquilos.

¿Qué tal el agua? Puff, una maravilla. Tibia, nada que ver con la de la costa atlántica nuestra. Ni una ola, eso sí. Surfistas, abstenerse. Te la podés pasar el día entero haciendo la planchita.

¿Alguna curiosidad? No debería serlo, pero sí. La limpieza (ni un papel en la arena) y el control del personal de seguridad para que nadie está donde no deba.

¿Venden alcohol? No. La cortemos con el tema.

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Por cuestiones de tiempo, West Bay se llevó los porotos de esta primera visita a la zona. Quedan por descubrir Doha Sands y B12 que, esta última según rumores vende sus días de playa en formato all inclusive. O sea, podés comer y tomar alcohol a piacere por 80 dólares. ¿Será? Y bueno, habrá que averiguar, entonces. Síganme los buenos y las buenas.

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