Entrar al arte por los marcos: Cómo surgió un mercado tucumano de obras impensado en los 90

Las licenciadas Forenza y Sabeh crearon su propia salida laboral: primero se hicieron enmarcadoras y, después, empezaron a comercializar las creaciones de artistas de la región. Con un catálogo de más de 40 productores, hoy reivindican el “matrimonio” de bienes y servicios que montaron sin saber hacia dónde se dirigían. Un viaje a Europa resultó clave para este emprendimiento original nacido en 1995.

MESA PLANERA. Sabeh y Forenza este viernes, y en una foto de archivo. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ÁRAOZ MESA PLANERA. Sabeh y Forenza este viernes, y en una foto de archivo. LA GACETA / FOTO DE DIEGO ÁRAOZ

Toda la conversación transcurre alrededor de la gran mesa planera que perteneció al plástico Ezequiel Linares. Ese mueble reina en la escena de El Taller de la calle Santa Fe de San Miguel de Tucumán. Sus cajones largos y anchos atesoran dibujos auténticos, y, también, algunas de las primeras copias que hace 27 años adquirieron las socias y cofundadoras María Elvira Forenza y Mariana Sabeh, y que jamás quisieron vender. Si esas cajas de madera se abrieran y hablaran, contarían la historia de dos egresadas de la Licenciatura en Artes que, al hacerse enmarcadoras, se inventaron su propia salida laboral y que, una vez posicionadas en ese oficio, se transformaron en galeristas. El larguísimo itinerario de las emprendedoras Forenza y Sabeh se corresponde con el capítulo de la cultura tucumana que trata sobre el surgimiento de un mercado de obras impensado en 1995, cuando nació El Taller.

Los marcos generaron el contexto para la difusión de cierto contenido que circulaba sólo entre entendidos o coleccionistas de élite. Sabeh y Forenza dieron una plataforma de desarrollo para esa apertura a partir de la sociedad que formaron en 1990, durante el primer año de estudiantes universitarias. Al comienzo los marcos sostenían la galería (dispone de otro local en Yerba Buena), ahora, según cuentan, es un 50-50, pese a que el arte es aún barato en Tucumán en comparación con otras jurisdicciones: vender una obra de un millón de pesos sería una operación excepcional para los precios vernáculos.

La palabra “matrimonio” entre marcos y arte aparece en distintos tramos del diálogo con las socias. Es un sustantivo que bien podría aplicarse al vínculo poco común que edificaron las licenciadas. Mientras se ríen, ellas aseguran que “se llevan bien y se odian” al mismo tiempo. A Sabeh la pierde la planificación mientras que Forenza es más ejecutiva y práctica. En la filosofía de este emprendimiento está muy incorporada la creencia de que lo que se hace ahora repercute después. La experiencia de El Taller acredita que los pasos pequeños dejan, a la larga, huellas poderosas.

“Va el cuentito. Empezamos (a trabajar) ni bien salimos de la Facultad. Las dos somos licenciadas en Artes Plásticas. Nos conocimos en la Universidad (Nacional de Tucumán): fuimos compañeras durante toda la carrera”, narra Forenza. Aunque vivían muy cerca una de la otra en Barrio Norte, no se habían cruzado antes en parte porque Sabeh es dos años mayor que Forenza y había probado con una ingeniería. A los fines y destinos de El Taller, bendito fue ese tropiezo. “Nuestras casas estaban a dos cuadras de distancia. Una compañera ató cabos de que éramos vecinas y nos vinculó. Ahí yo dije ‘uh, no te puedo creer, ahora voy a tener que ir y que volver con esta’”, completa Sabeh. La anécdota las divierte más de 30 años después como si acabaran de descubrirla. “Esa es la gracia del cuento. Mariana es una antisocial y ya se veía obligada a confraternizar conmigo. Esto fue en las rondas de presentación del primer año de la Facultad. Después ya fuimos amigas siempre”, certifica Forenza, que tiene 50 años.

UNA MUESTRA DE LA GALERÍA. Hoy la venta de arte supone la mitad del negocio que montaron Sabeh y Forenza. UNA MUESTRA DE LA GALERÍA. Hoy la venta de arte supone la mitad del negocio que montaron Sabeh y Forenza.

Moneda corriente

Más allá del resbalón vocacional de Sabeh y de que en algún momento probaron con la decoración de interiores, a los dos les interesaba el arte. “Yo quería ser artista. Nunca imaginé que mi futuro era este”, dice Forenza. Y añade: “artistas no, no somos, pero sí hacemos algo muy creativo, y estamos en un roce constante y empapadas de arte más tal vez que si nos hubiéramos decidido a pintar como ermitañas. Para nuestro equipo, el arte y el diseño son la moneda de todos los días”. ¿Cuál era la situación cuando se graduaron? La licenciatura en Artes carecía de una salida laboral fácil, entonces, la supervivencia pasaba por buscar un ingreso en la docencia o conseguir otro trabajo. “Cuando estábamos en la Facultad, preguntábamos a qué se dedicaban los profesionales y recibíamos respuestas que poco tenían que ver con la producción artística: se iban a la enseñanza o tomaban puestos públicos. Yo me decía… ‘¡guarda! ¿Qué vamos a hacer?’. A mí eso me preocupaba muchísimo”, cuenta Sabeh.

Pero la incertidumbre se evaporó con la mayor naturalidad. Resulta que, al finalizar los estudios, empezaron a juntar fondos para un viaje a Europa y así se toparon con la posibilidad de enmarcar láminas para una parienta de Sabeh que tenía una regalería. El trabajo surgió luego de que aquella hiciera unos marcos para su madre que trascendieron familiarmente. “Nosotros vimos la posibilidad y dijimos ‘sí’ con total descaro. Carecíamos de ideas y de herramientas. Realmente todo lo aprendimos haciendo, sobre la base de la prueba y del error”, reflexiona Forenza.

El asunto es que las amigas trabajaron lo suficiente como para irse de viaje con un Eurail pass ilimitado por dos meses. “Pero allá en Europa ya estábamos enfocadas en los marcos. Mirábamos las máquinas y las láminas; compramos algunas cosas y volvimos decididas a seguir enmarcando”, refiere Forenza. La moda en ese momento consistía en encuadrar almanaques que se vendían en la puerta de las grandes atracciones, como el Duomo de Milán, o los ángeles de Sandro Botticelli y la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. “Algunas láminas eran tan lindas que las ‘enguillamos’ y nunca nos desprendimos de ellas. ¡Todavía las tenemos!”, exclama Sabeh.

Tras la gira, montaron El Taller en el -valga la redundancia- taller pequeño que alquilaban durante los años de la Facultad para pintar. Tenían dos modelos de varillas que les proporcionaba un carpintero. Iban a las casas donde las llamaban y ofrecían sus servicios. Era esa la red social vigente. “Fue muy lento. Un crecimiento por el boca a boca. Alguien quedaba satisfecho y nos recomendaba”, recuerda Forenza.

Nunca se les cruzó por la cabeza hacer otra cosa. Iban a la vidriería y volvían con los cristales bajo el brazo: todo lo hacían entre las dos y pasó bastante tiempo hasta que pudieron incorporar colaboradores a los que les transmitieron su conocimiento del oficio. “Sabemos hacerlo y por eso pudimos transferirlo a la gente que nos ayuda. Esto es algo que ninguna institución enseña”, medita Forenza. Ellas advirtieron que se trataba de una oportunidad porque, en general, el enmarcado era caro y de escasa calidad. “Vimos un hueco en la escucha y el asesoramiento, y en el diseño de los marcos”, subraya Sabeh.

Cuando arrancaron, lo usual era que las paredes exhibieran copias. Incluso familias adineradas demandaban los pósteres famosos. Forenza relata que ellas satisfacían esa demanda y, al lado y por sus vinculaciones de siempre con artistas, intentaban colar trabajos originales: ofrecían láminas y, además, arte local. “La sociedad también cambió en esto. Antes se hablaba de (Luis) Lobo de la Vega, de Aurelio Salas y, quizá, de Timoteo Navarro, y ya está. El mercado del arte tucumano empezó a crecer después. Los artistas regalaban y canjeaban sus obras”, explica Sabeh. Forenza añade: “la gente ajena al mundillo no consideraba la posibilidad de tener un original. A las exposiciones iban los que ya estaban en el ambiente. No se renovaba el público”.

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Placeres imprescindibles

El Taller no es un proyecto, sino una construcción que “fue surgiendo” a partir de ladrillos colocados pacientemente. Ellas entraron a aquel mundo por los marcos, y por ellas y sus marcos, también entró la clientela. “Y hasta el día de hoy el público llega a El Taller con la necesidad de enmarcar y se encuentra con el arte que exponemos. Lo ven y nos preguntan: ‘¿qué es?’ ‘¿Quién lo hizo?’. Así comienza una posible adquisición”, relata Forenza. “A diferencia de un museo o de una sala, aquí no hay pruritos. La gente se relaja y pregunta con confianza. De repente parece que el arte no es tan inaccesible”, acota Sabeh.

Además de las socias, trabajan en El Taller cuatro empleados, tres de los cuales aprendieron el oficio de enmarcador sin poseer formación previa. En el medio sucedieron múltiples accidentes y calamidades. “La regla número uno es que cada cosa que se trae a enmarcar es única y no puede pasarle nada. Nuestra vida se juega ahí tanto si se trata de un Picasso como del primer dibujo que hizo un hijo. Si arruinamos eso, no hay forma de repararlo”, afirma Forenza. El catálogo de artistas de la galería incluye a más de 40 creadores, aunque no todos se mueven de la misma manera. En el top ten del emprendimiento están Linares, Rosalba Mirabella, Enrique Salvatierra, Guillermo Rodríguez, Marcos Figueroa, Pablo Ghiot y Javier Soria Vázquez. Se destaca la variedad: tinta, madera, fotografía, acrílico, escultura, acuarela… “La idea es que algo pueda capturar la atención. Para empezar, debe gustarnos la obra y tenemos que creer en el artista que la concibió. Nos interesa que sea alguien comprometido con su trabajo”, apunta Sabeh.

El ojo clínico entrenado para reconocer el arte que puede llegar a abrirse camino se traduce en que muchos tucumanos y no pocos forasteros compraron su primera pieza en El Taller. Las fundadoras sostienen que a menudo reciben mensajes de clientes que les cuentan el placer que les da la contemplación cotidiana de la obra que se llevaron. “Cada persona en la que lográs eso es una conquista y un orgullo, algo que va más allá del dinero que ganamos porque se conecta con la inquietud de un artista y el disfrute de su creación”, opina Forenza. Ellas están convencidas de que el arte mejora la calidad de vida y son buenos ejemplos de la prédica rodeadas como están de tanta producción. “A mí esto me transporta. Me parece algo imprescindible. Y sí: creo que es el camino”, asegura Sabeh.

Después de la primera obra comprada suele venir una segunda y una tercera. Para las dueñas de El Taller la clave radica en no subestimar ninguna inquietud y en tomar cualquier acercamiento como una puerta que se entreabre: casi como un marco. “La obra da magia, clima y personalidad a los espacios”, enumera Sabeh. Y en el local de techos altos de la calle Santa Fe eso se percibe con fidelidad. Aquí funcionó en su tiempo una parrillada: un salón amplio y muy luminoso, con un patio interno verde con luces de neón, presenta las obras de manera permanente mientras que la actividad de enmarcado sucede en las dependencias traseras. Llevan 15 años allí, más o menos. Sabeh y Forenza se enamoraron a primera vista del lugar, y el amor persiste hasta la fecha. Eso se nota en cada detalle de este recinto repleto de arte y forma parte del testimonio que involuntariamente presta la mesa planera de Linares.

La receta de El Taller

- Aceptar el desafío de crear una salida laboral propia.

- Empezar por un producto y elevar la apuesta con paciencia.

- Capacitar a los colaboradores: transmitir el conocimiento acumulado.

- Proyectar con apertura hacia lo inesperado.

- Escuchar al público y brindarle asesoramiento sin subestimar inquietudes.

El emprendimiento en Instagram: @eltallerarteyoficio

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