Pioneros de nuestra aviación: Salvador Gaudioso Molina

El piloto tucumano era un hombre de imponente físico, atlético, de anchas espaldas, alto para su época. De carácter agradable, pero firme al mandar. Anécdotas inolvidables.

EL PILOTO. Salvador Gaudioso Molina, pionero de la aviación del país. EL PILOTO. Salvador Gaudioso Molina, pionero de la aviación del país.
02 Octubre 2022

Por José María Posse - Abogado, escritor e historiador.

Salvador Gaudioso Molina nació en Tucumán el 5 de julio de 1899, de padre italiano de Roma y de madre monteriza, de viejo cuño provinciano. Ingresó muy joven al ejército argentino, donde se graduó de cabo primero en la Escuela de Sub Oficiales de Campo de Mayo. Luego se inscribió en la Escuela de Aviación de El Palomar, el 15 de septiembre de 1920. En uno de los vuelos de instrucción, el 13 de mayo de 1921, mientras era adiestrado en acrobacias a bordo de un Avro Gosport (a unos 300 metros de altura), se desprendió un cable de comando en la cola, y el avión quedó sin gobierno, por lo que entró en cerrado tirabuzón. El choque contra el suelo fue tremendo, y el instructor no logró sobrevivir a las heridas. Gaudioso Molina quedó inconsciente varias horas, pero alcanzó a sobreponerse y a los pocos días volaba de nuevo, para “sacarse el miedo”.

Los percances del tucumano no concluyeron allí. Estando a pocos meses de graduarse de piloto, se le ordenó efectuar un corto raid entre El Palomar y Marcos Paz. Piloteaba un Avro Gosport con motor rotativo. El ejercicio consistía en que el piloto debía aterrizar y detener el motor. Luego, sin auxilio mecánico, volver a ponerlo en marcha y regresar a la escuela. El joven aterrizó en el destino, y para hacerlo arrancar, dio tres vueltas al motor para que aspirara combustible a los cilindros. Gaudioso relataba en una nota años después: “Me subí al avión, puse contacto, me volví a bajar y le di un fuerte golpe a la pala de la hélice hasta que arrancó. Previamente había que atar la cola del avión a un árbol para que no alzara vuelo. Calculen mi desesperación al ver que se cortaba el cable de amarre y el avión comenzaba a elevarse. Lo corrí y de un salto me aferré a la cola, pero no pude evitar que siguiera tomando altura; y tampoco podía llegar a la cabina. Cuando estaba a unos seis metros de altura, observé debajo una laguna fangosa, y decidí tirarme dándome una zambullida. Medio enterrado en el barro, vi con horror cómo el avión se destrozaba en tierra. Desde la estación ferroviaria logré hablar telefónicamente con el capitán Parodi y explicarle lo sucedido. Como sanción, me dijo que contratara una chata y custodiara el material hasta El Palomar. ¿Se imaginan el cuadro? Mi buzo embarrado y reseco como una coraza y yo, sentado dentro del avión destrozado entrando a la base. Tenía ganas de llorar pensando que podían sacarme del curso de pilotaje”.

EN EL AEROCLUB. Los vuelos de acrobacias de los primeros tiempos atraían mucho público en Tucumán. EN EL AEROCLUB. Los vuelos de acrobacias de los primeros tiempos atraían mucho público en Tucumán.

Finalmente, Gaudioso Molina se graduó como suboficial principal y piloto militar el 12 de enero de 1922, en El Palomar, provincia de Buenos Aires. Con el tiempo, se especializó en acrobacia aérea. Fue maestro de vuelo de la célebre Carola Lorenzini, que deslumbró años más tarde a los tucumanos.

Gaudioso era un atleta fenomenal, descollaba en atletismo y en boxeo. Uno de sus jefes le pidió que representara a su escuadrón en una pelea contra el campeón de la línea del Pacífico, Luis Ravizoli. Luego de unos rounds, en los que Gaudioso parecía trajinar la peor parte, llevó a su oponente al centro del ring y le propinó un tremendo derechazo que lo sacó del cuadrilátero. Ravizoli estuvo varias horas inconsciente, y el tucumano adquirió tal fama, que llegó a oídos del célebre boxeador Ángel Firpo, el “toro” de las pampas, que venía de protagonizar (el 14 de septiembre de 1923) una histórica pelea con el campeón mundial de boxeo de pesos pesados Jack Dempsey. Pelea que según los entendidos, debió ser favorable al argentino, que llegó incluso a sacar del cuadrilátero a su oponente, pero el referato dio por ganada la pelea al estadounidense.

Cuando Firpo (que no conseguía sparring que se animara a combatir contra él) vio en acción al tucumano, lo invitó a realizar unas exhibiciones. De todo ello surgió una gran amistad, que duró para toda la vida. Incluso Gaudioso fue tentado por Firpo para acompañarlo a Europa. Pero la pasión por los aviones pudo más que el boxeo y se quedó en nuestro país, donde continuó su carrera como aviador militar.

A partir de entonces fue protagonista de hazañas que se consideran como punto de partida para el perfeccionamiento de las máquinas y el prestigio de los pilotos argentinos en el mundo.

En 1924 el sargento primero Salvador Gaudioso Molina inauguró, en los flamantes hangares del Aero Club, el curso de pilotos. La presencia de este formador de pilotos obedecía a la estrategia del Ejército de dotar a los clubes de vuelo de profesores experimentados y aviones para los cursos de aprendizaje y fomento de la aviación. De allí saldrían los reservistas para la nueva fuerza. Una forma práctica y económica de afianzar la soberanía aérea de nuestro país.

EL FAIRCHAILD 71 R 122. Avión del Aero Club Tucumán. EL FAIRCHAILD 71 R 122. Avión del Aero Club Tucumán.

Efectivamente, los primeros egresados fueron Francisco Trevi y Próspero Palazzo. En el segundo curso, en 1925, se graduó Ernesto Nougués. Ellos, junto con Eduardo Bernasconi y Luis Vincent, obtuvieron sus brevets de piloto militar tras rendir examen ante una mesa formada por el mayor Francisco Torres, el capitán Eduardo Olivero y el piloto Diego Arzeno.

Fue el histórico instructor del Aero Club Tucumán, y realizó los primeros vuelos a los Valles Calchaquíes en aquellas frágiles máquinas de entonces.

En 1924, Molina en los comandos del Curtiss Oriole “Tucumán” del Aero Club, alcanzó la altura récord de 4.430 metros sobre la ciudad de San Miguel de Tucumán. Se consideró como un hito que tardaría muchos años en ser superado.

El tucumano era muy meticuloso en el cuidado de la mecánica de los aviones a su cargo. Recordemos que la mayoría pertenecían al Ejército Argentino. Por ello, fue causa de mucho orgullo para él mismo y la institución, la nota del 3 de agosto de 1924 en el diario LA GACETA que consignaba: “con los vuelos de ayer, llegaron a cuatrocientos los realizados en esta capital por los Curtiss Orioles “La Madrid” y “Tucumán”, sin haberse registrado el menor accidente y sin que las máquinas hayan sufrido desperfecto alguno, constituyendo esta circunstancias un orgullo para las autoridades del Aero Club”.

Ese mismo año, piloteando el “Lamadrid”, realizó el primer viaje a Río Hondo con pasajeros.

Estuvo destinado al Aero Club Tucumán como piloto instructor durante cinco años. Allí se convirtió en una figura muy querida y respetada por la sociedad de entonces. Tenía gran amistad con el fundador del Club, el doctor Posse, con quien lo unía también su afición por el boxeo. Concurría regularmente al club Monteagudo, donde Alejandro Robacio comenzaba a enseñar a la juventud las técnicas del nuevo deporte.

En el tercer curso de pilotaje que dio, los graduados fueron: Arnaldo Román, José Carlino, Bernardo Fourzans, José Luti y Norberto Paz.

El suboficial Gaudioso Molina fue transferido a la base aérea militar de Paraná, como encargado de la sección entrenamiento, formada por máquinas de escuela tipo AVRO.

En mayo de 1930, su nombre ganó resonancia nacional por haber sido el primer suboficial argentino que se lanzó al espacio en paracaídas, actividad de la que también fue pionero.

Debemos entender que en aquellos tiempos iniciales, los aviones eran muy rudimentarios, y la fatiga de material era un factor que recién comenzaba a manifestarse. En un extenso informe a sus superiores, Gaudioso Molina explicaba las circunstancias del accidente: “El día 22 de Mayo de 1930, recibí orden del teniente 1° comandante de la Escuadrilla D: I Miguel Cardala, que había sido designado para volar haciendo acrobacias el día 25 de mayo sobre la ciudad, para cuyo objeto salí en vuelo, siendo las 10 de la mañana sobre la máquina Avro N° 19. Decolé normalmente y haciendo maniobras me elevé hasta los 1.500 metros de altura y allí empecé la serie con dos loopings y al terminar el segundo y querer entrar en una tercera maniobra, sentí adentro de la máquina un ruido muy fuerte, como si se hubieran roto las maderas; desde ese momento el avión entró en picada, al mismo tiempo que yo tiré la palanca hacia atrás, para ver si restablecía su equilibrio, y noté que la palanca estaba floja, dando la impresión que no respondía la profundidad y que se habrían cortado los cables. Intenté varias veces probando el comando en profundidad y todo esfuerzo resultó negativo; mientras la máquina seguía en picada, habiendo querido inclinarse a la derecha con intenciones de entrar en tirabuzón, lo que salvé con un golpe de timón del lado opuesto. La máquina tomaba mucha velocidad y trepidaba enormemente, la que corrió así unos 300 metros dándole golpes de motor, para salirme de algún probable vacío, pero al correr el avión aquella distancia y habiendo intentado recuperar su estabilidad varias veces, en diferentes formas y siendo negativo, me decidí a abandonar la máquina. Para ello, me fijé si las correas del chaleco estaban bien atadas y si todo estaba listo y por último tuve que desprenderme el cinto. Decidido a salvarme o ser la voluntad de Dios, me encogí de piernas y quise salir afuera (sic), pero confieso a Ud que la presión que ejercía el aire sobre mi cuerpo hacíame la impresión como si hubiera estado pegado al respaldar del asiento, por lo que me di cuenta que había que emplear un poco más de fuerzas para vencer aquella resistencia… Ya sentado en la carlinga arriba de fuselaje, llevé unos cuantos litros de aire a mis pulmones y aguanté así, largándome al espacio, efectuando el salto a los 1.200 metros de altura, describiendo dos vueltas de salto mortal hacia atrás, mientras el avión se dirigía a tierra para estrellarse momentos más tarde y quedar de ello tan solo un escombro… en el transcurso que duró para abrirse el paracaídas pensé en la suerte de mi señora esposa que se encontraba muy enferma, acompañada de mi hijito, allá en la ciudad de Córdoba. Pero enseguida tuve fe al paracaídas y confiado en la suerte del destino, me dejé llevar; al mismo tiempo ya suspendido en el paracaídas, hacía señas con ambos brazos y las piernas como diciendo que nada me había pasado; entonces se me dio por recorrer con las manos los cintos donde va prendido el paracaídas y máxime porque estaba sintiendo que algo se estaba rompiendo o cedía. Al instante me di cuenta de las consecuencias que podría traer aquella rotura y me tomé de un brazo de la cuerda en suspensión y alternaba, cuando me cansaba, mientras que con la otra mano la empleaba para derivar el paracaídas, porque me parecía que al principio se dirigía al río Paraná y yo no sabía nadar… Pero el poder de mi voluntad no flaqueó y seguí luchando hasta que, en una capa de viento contraria, me ayudé a dirigirme a tierra.

En el lento descenso el paracaídas se balanceaba para ambos lados. Pero todo ello que parecía tan bello iba a cambiar a 50 metros del suelo, porque su velocidad de gravitación aumentaba a medida que se aproximaba a la tierra, y de pronto noté que bajaba veloz y mirando hacia tierra, colgado de ambos brazos a la cuerda en suspensión del paracaídas, calculé unos 30 metros de altura y me dirigí balanceando para caer detrás de una lomada, y encogiendo las piernas toqué tierra. Fue tan duro el golpe que parecía que tenía las costillas y las piernas rotas. Me incorporé dos veces y el dolor de la pierna y el tobillo era insoportable. Me caí y así estuve unos minutos hasta que unos paisanos me ayudaron y encontrándome bien, recogí el paracaídas debajo del brazo y me dirigí a la base aérea, que distaba a unos 4 kilómetros. Al momento llegaron los oficiales y suboficiales pilotos de la base, juntamente con el Dr. Colotta, quien me atendió gentilmente y después de revisarme me dijo: ‘está bien Gaudioso’. Lo que terminó de tranquilizarme.

En seguida me llevaron en presencia de mi máquina, la cual estaba hecha pedazos, y allí nunca lo olvidaré, en presencia de mis superiores y de mi comandante de la base, me presenté llorando como un niño… Entonces, el teniente coronel, en un gesto generoso de viejo piloto, me dijo que no me afligiera por la máquina y que de su parte me felicitaba por haber conservado mi serenidad y haber salido ileso.

Por la noche se me hizo una demostración en el casino de oficiales, donde se me recibió amablemente y a los postres el teniente 1° aviador militar Miguel Cardalda me obsequió en nombre de los señores oficiales con un pequeño paracaídas hecho de papel, a lo que agradecí, diciendo que sería guardado en mi casa, ocupando un sitio de honor y conservado como una reliquia”.

Años más tarde, Gaudioso rememoraba de aquel episodio: “Mi peso y el golpe rompieron los sostenes, pero de cualquier modo salvaron mi vida. Aún conservo el arnés como recuerdo”.

Tiempo después recibía por ese salto la insignia de oro que lo acreditaba miembro de la Irving Air Chte Co, una distinción muy preciada por los paracaidistas del mundo.

Fue reconocido por la Fuerza Aérea Argentina en un homenaje especial que se le tributó. Llegó a totalizar 40 años de actividad, con 3.400 vuelos cumplidos, con más de 20.000 horas de vuelo.

Lucía orgulloso en su pecho las Alas de la Patria. Fue asimismo reconocido oficialmente como uno de los Precursores de la Aviación Argentina, título instituido por la Ley Nacional N° 18.559/70.

La fama nacional del suboficial principal Salvador Gaudioso Molina llevó a que uno de los integrantes de la orquesta de Juan Canaro (S. Nisguritz) le compusiera una pieza musical en su honor titulada “Gaudioso”.

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