Analfabetos funcionales, una breve historia

Federico Türpe
Por Federico Türpe 27 Agosto 2022

Los mayores enemigos del progreso son la ignorancia y la indiferencia. Puede ocurrir una, otra, o ambas. La ignorancia nos vuelve indiferentes, ya que nadie atiende lo que no conoce. Y la indiferencia, lo opuesto a la curiosidad -condición esencial para aprender-, nos empuja al desconocimiento.

La historia nos cuenta que los pueblos más educados, más cultos, más sabios, siempre terminan dominando a los más rústicos.

Los bárbaros, por el poder de la fuerza, pueden ganar una batalla o varias, pero a la larga acaban sucumbiendo.

Ninguna evolución se sostiene a los tiros. Sólo la educación y el aprendizaje garantizan el crecimiento constante.

Esta mirada se aplica para varios procesos sociales y políticos, como por ejemplo las luchas de clases. Las revoluciones que no fueron acompañadas por transformaciones educativas pronto fracasaron.

La Revolución de Mayo y la Guerra de la Independencia argentina fueron protagonizadas y comandadas por parte de la gente más educada o experimentada de ese momento.

Una anécdota histórica: en 1502 Cristóbal Colón partió hacia América para buscar un estrecho que lo llevara hasta Asia. En este fallido intento perdió dos barcos, otros dos resultaron muy deteriorados y quedó varado en el norte de Jamaica junto a un centenar de hombres. Envió a un grupo en canoa en busca de ayuda a la isla La Española (República Dominicana y Haití).

Al principio intercambiaron bienes por comida y agua con los aborígenes Arahuacos, pero a fines de 1503 la relación con los indígenas empezó a deteriorarse y dejaron de proveerles víveres.

Amenazados por morir de inanición, Colón consultó su almanaque de navegación Regiomontano (calcula los movimientos lunares) y por su gran conocimiento astronómico se le ocurrió una idea genial. Vio que el 29 de febrero de 1504 (año bisiesto) se produciría un eclipse que teñiría de rojo sangre a la Luna.

Ese día les advirtió a los caciques nativos que Dios estaba furioso con ellos por negarles comida a sus enviados y que se manifestaría en el cielo.

Cuando cayó la noche el espanto de los Arahuacos fue tal que la provisión se reestableció en el acto y no se interrumpió nunca más.

“Sólo los pueblos educados son libres”, sostenía Onésimo Leguizamón, abogado, periodista y político, ministro de Justicia durante la presidencia del tucumano Nicolás Avellaneda y luego juez de la Corte Suprema.

Del apogeo a la ruina

¿Por qué Tucumán lidera hoy tantos índices negativos a nivel nacional? No vamos a repetir conceptos ya conocidos por todos, como que es una de las provincias más sucias y vandálicas del país, más carentes de infraestructura, más inseguras y violentas y menos transparentes en la gestión pública.

Cuando revisamos la historia comprobamos que la época dorada de Tucumán, durante la generación del Centenario, años más, años menos, coincide con el apogeo educativo y cultural de la provincia. Momento en que se erigieron los principales edificios históricos, los teatros importantes y las instituciones más notables.

Tampoco es casual que en 1908 se inaugurara el Parque 9 de Julio y la Sociedad Rural; en 1909 La Estación Experimental Obispo Colombres y el ramal ferroviario entre la capital y Yerba Buena; en 1910 los Talleres de Tafí Viejo; en 1911 el edificio de la ex Legislatura y la Casa Nougués; en 1912 la Casa de Gobierno, el Teatro Alberdi, LA GACETA, el Teatro San Martín, el Hotel Savoy (luego casino), y la ruta a Villa Nougués; en 1913 la Casa Rougés, hoy centro cultural; en 1914 la Universidad Nacional de Tucumán y el Colegio Nacional; en 1915 el Museo de Bellas Artes y la Caja Popular de Ahorros; en 1916 el Jockey Club, el Museo Timoteo Navarro y el Tranvía Rural; en 1920 el Hotel Plaza; en 1922 el estadio José Fierro; en 1924 la Federación Económica y el estadio La Ciudadela; en 1927 la Cárcel de Villa Urquiza; en 1928 el edificio del ex Banco Provincia; en 1929 el Parque Avellaneda; 1933 el Mercado de Abasto; y en 1939 el Palacio de Tribunales, por citar sólo algunos ejemplos notables de una larga lista.

En apenas tres décadas surgieron el 80% de los edificios, servicios e instituciones más importantes de la provincia.

Si bien la decadencia provincial no es ajena al contexto de la debacle nacional, y a la estocada final podemos datarla en el cierre de 11 ingenios (1966) que ordenó la dictadura de Onganía y produjo el éxodo de un cuarto de millón de tucumanos, lo cierto es que el retroceso social, educativo, económico, institucional y político no fue igual en toda la Nación.

Así fue que Tucumán, de ser una provincia modelo en el concierto nacional, pasó en medio siglo a ocupar los últimos lugares en calidad de vida. Mientras que otros distritos, tampoco ajenos a la prolongada crisis argentina, han logrado importantes progresos, como Mendoza, Córdoba, Salta, CABA, Jujuy, Neuquén o San Juan, entre otros.

La ignorancia mata

LA GACETA publicó este jueves un editorial lapidario sobre la siniestralidad vial en la provincia, a partir de los últimos datos informados por la Agencia Nacional de Seguridad Vial, en junio.

Se refiere a la cantidad de muertes en accidentes de tránsito ocurridas durante el primer cuatrimestre de 2022, y donde Tucumán, con 75 fallecidos entre enero y abril, se ubica en quinto lugar por detrás de provincia de Buenos Aires (354), Santa Fe (122), Córdoba (120) y Santiago del Estero (80).

Hasta aquí no resulta tan llamativo, considerando que Tucumán es la quinta provincia en cantidad de habitantes, pero…

Existen varios peros: si la siniestralidad vial estuviera directamente relacionada con la demografía en ese ranking trágico deberían estar CABA (26 fallecidos) y Mendoza (33) antes que Tucumán, y tampoco debería figurar Santiago del Estero tan arriba.

Otro aspecto es que Tucumán posee la red vial menos extensa del país, factor que debería jugar a favor y sin embargo no lo hace.

Tucumán triplica en cantidad de muertos en accidentes a Ciudad de Buenos Aires, pero si se analizan los números en contexto y proporción, en realidad multiplica esa diferencia negativa por diez.

Tucumán tiene casi 1,8 millones de habitantes y un parque automotor de 360.000 vehículos.

El editorial compara que “CABA tiene 3,2 millones de habitantes y 1,3 millones de vehículos. A lo que deben sumarse 3,5 millones de personas que ingresan a esa ciudad diariamente y otros 1,3 millones de vehículos que entran y salen por día. Esto totaliza casi siete millones de personas y 2,6 millones de vehículos, lo que exponencialmente resulta que Tucumán no triplica en víctimas a CABA, sino que la supera proporcionalmente por diez veces en cantidad de muertes en accidentes”.

Además, si CABA tiene 202 kilómetros cuadrados de superficie, esto arroja que en horas pico hay 12.900 vehículos por kilómetro cuadrado, mientras que en Tucumán, con 22.525 kilómetros cuadrados, tiene apenas 16 vehículos por kilómetro cuadrado.

La Agencia informó también que a nivel nacional el 40% de las víctimas fatales fueron motociclistas. En Tucumán ese número se eleva al 67%.

Si hacemos la comparación proporcional con Mendoza, que registró menos de la mitad de fallecidos, veremos que la diferencia nos resultará aún mayor que el doble, ya que su parque automotor duplica al de Tucumán: 5,1% del total nacional contra el 2,5%.

Incluso si realizamos este cotejo proporcional con provincia de Buenos Aires, que con CABA concentran casi el 50% de los vehículos argentinos, con Córdoba, que con el 10% tiene la segunda flota nacional, y con Santa Fe (8,6%), veremos que Tucumán probablemente lidera el ránking de muertos en accidentes.

La accidentología explica que en los choques intervienen varios factores, como por ejemplo el estado de la red vial, calles y rutas: pavimento, iluminación, señalética, etcétera. En este punto conocemos cuál es el estado de la red vial tucumana: un desastre.

Sin embargo, los especialistas coinciden en que la principal causa de siniestralidad es la educación vial y el cumplimiento de las normas de tránsito.

Y aquí volvemos al principio, porque educación vial no es diferente a educación en general. Así se explicaría, tal vez, porqué Santiago también ingresa al principal pelotón de muertes, con menos vehículos y habitantes que todos los distritos mencionados.

Los tucumanos hemos naturalizado graves transgresiones viales y quizás algunos suponen que lo mismo ocurre en todas partes. Las frías estadísticas demuestran que no es así.

Cruzar en rojo es un deporte provincial, sobre todo las motos y las bicicletas. Igual con no respetar los límites de velocidad, conducir usando el celular, manejar alcoholizados, a contramano o no respetar la prioridad del peatón cuando se gira.

No son sólo los conductores, somos todos. Los peatones tucumanos cruzan la calle por dónde se les antoja o paran un taxi en cualquier parte, incapaces de caminar 30 metros hasta un lugar permitido.

La falta de controles provinciales y municipales, o la ineficiencia de ellos, potencian todas estas violaciones a las normas.

Tucumán acusa una grave carencia educativa, que no se limita sólo al ámbito escolar, donde también hay fallas, sino a la familia y al trabajo.

¿Desconocen los responsables de las empresas de cadetería que sus empleados conducen viendo el celular, por la vereda, a contramano y cruzan en rojo a toda velocidad?

Existe un alto porcentaje de analfabetismo funcional y cívico. Por la misma razón somos sucios y vandalizamos todo. No faltan cestos de basura, sucede que cuando se colocan duran una semana en cualquier ciudad.

Estacionar en cualquier parte, cruzar en rojo y arrojar basura en la calle son lo mismo. Problemas que parten de la misma matriz deficitaria.

Y cuando la ciudadanía, además, observa que las autoridades tratan de la misma mala manera a las instituciones del Estado, la decadencia se amplifica.

Los grandes enemigos del progreso son la ignorancia y la indiferencia. Y los muertos en las calles y las rutas, la mayoría jóvenes menores de 30 años, confirman que también en ese ranking sombrío los tucumanos somos los primeros.

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