Dentro de un año -días más, días menos- los argentinos volveremos al cuarto oscuro. Será la hora de las PASO. Podrá afirmarse que un año en la Argentina equivale a un siglo en el resto del mundo y que nadie puede afirmar con un mínimo de certeza lo que sucederá la semana próxima. Cierto. También, apelando al antiguo y querido lugar común, que un año pasa volando y, por lo tanto, las elecciones están, precisamente, a un paso. Siempre hablando del escenario nacional porque, por estas playas, la tsunámica voluntad del Ejecutivo provincial apunta a que en junio de 2023 decidamos el futuro de Tucumán. Estratégicamente lejos de cualquier otra votación, se entiende, y sin primarias que acomoden las fichas. Así, de un plumazo. De uno u otro modo, PASO o no PASO, de aquí o de allá, ¿alguien, en los oficialismos o en las oposiciones, tendrá la intención de ir compartiendo los palotes de un plan de gobierno?
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Porque si la coincidencia es que estamos tan pero tan mal, marchando en puntas de pie por la cornisa, los think tanks deberían echar más humo que las chimeneas de los ingenios. Ya debería la ciudadanía estar al tanto de cómo planean sacar al país de la licuadora los precandidatos que zumban por medios y redes sociales (postulantes potenciales, equipos, espacios, y todos esos agregados que a los politólogos tanto les gusta adjetivar). Al menos los esbozos de un proyecto: 15 o 20 ideas fuerza, medidas imprescindibles, rumbos definidos, la explicación de cómo afrontarían -de entrada- los principales problemas de la Argentina. Sin las generalidades de ocasión, claro. Demasiado acostumbrados estamos a escuchar a gente que promete terminar con...... (llene usted la línea de puntos: inflación, inseguridad, corrupción y todos los etcéteras del caso), pero sin decir cómo. Si el tiempo es de los cómo, no de los qué; si el tiempo es de los planes, no de diagnósticos que ya nos aprendimos de memoria, ¿por qué seguir perdiendo, justamente, el tiempo? ¿Y qué mejor, si de cambiar el humor social se trata, que seducir con propuestas? Pues bien, no es el caso.
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Será porque no paga en ventanilla esto de mostrar las cartas con anticipación. Por más que el incendio amenace con llevarse el paño, el mazo y las fichas. Y será porque la grieta es tan cómoda, placentera y efectiva, que a nadie se le ocurre abandonar semejante zona de confort para inmolarse en el altar del debate de ideas. Cuando se cae de maduro que sin un consenso lo más amplio posible del arco político-social no hay programa futuro de gobierno que aguante. Pero la grieta, que siempre hará lo posible para sabotear cualquier clase de intento dialoguista, por estos días vuelve a disfrutar momentos de esplendor a caballo del juicio que enfrenta Cristina Kirchner. La grieta está en su salsa, elevando a la máxima potencia odios y fanatismos cegadores, feliz en su omnipotencia. La grieta, con sus monólogos gritones y multitud de personajes sobreactuando para tribunas convencidas, vuelve a ganar la partida. En la grieta las pruebas son irrefutables o inexistentes; contundentes o inventadas; decisivas o ilusorias. En el fondo no tiene importancia, porque la grieta -como el aparato político- tiene vida propia y a futuro siempre encontrará la manera de volver a copar la escena. Oficialismos y oposiciones, de aquí y de allá, con minúsculas excepciones, siguen eligiendo la grieta. Seguramente sin advertir que es la grieta la que los elige a ellos.
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¿Cómo ven a Viviana Canosa en La Matanza (según Jorge Rial, será candidata a intendenta, no está claro si de Juntos por el Cambio o de los libertarios)? ¿Cuántos puntos le lleva Kicillof a Insaurralde? ¿Y cuántos Santilli a Ritondo? ¿Cuántos globos de ensayo están lanzados en CABA, en Rosario, en Córdoba? En resumen: ¿cómo miden los postulantes? La partitura preeleccionaria es la misma; no importa qué tan bien o qué tan mal venga la mano, hay dinámicas que no se modifican. Los encuestadores, cual sastres, se la pasan midiendo perfiles ajenos. Y como lo que se mide es la imagen, las convicciones pueden esperar. Total, después se modifican. Entonces, mientras la crisis consume bolsillos y corazones, el doble juego -el de la grieta y el de las encuestas- colma las agendas de quienes deberían estar pensando en otra dimensión. Actitudes que alimentan el discurso de la antipolítica, tan de moda, tan engañoso y tan peligroso. Y tan fácil de enarbolar. Eso también es grieta pura y dura.








