Tienen miles (o millones) de seguidores que se mueren por escucharlos. Todo lo que hacen, muestran o dicen influye directamente en su audiencia; y el público compra lo que proponen. Por ejemplo, una influencer británica hace unos años puso a la venta el agua con la que se bañaba, y agotó todos los frascos (a U$S 30 cada uno). A ese nivel creció el poder de estas figuras en las redes sociales. Y esa imagen también puede ser usada para el bien.
El negocio (sí, es un negocio) de los influencers ha escalado de manera significativa en los últimos años, aunque con más lentitud que en el resto del mundo. Según datos de la plataforma especializada HypeAuditor, el marketing de influencers crecerá a U$S 4,5 billones en la región, aunque el número es ínfimo en comparación al resto del globo. Este crecimiento estadístico no sólo significa más rentabilidad económica, sino más público y más oyentes. En síntesis, más responsabilidad.
Bueno, podemos decir que es una tendencia que se va a mantener. Hoy por hoy, en nuestro país, los influencers ya tienen cierto poder y pueden usar su fama para distintos fines. La rentabilidad económica es uno, pero también hay flotando en las redes un gran interés por lo social; en otras palabras, tratan de usar la fama para algo útil: ayudar.
Influencia real
Volvamos a lo más básico. Para quienes no trabajan ni comercializan en el mundo digital, puede resultar difícil de ver y de medir el alcance real y lo que producen los “influenciadores” en línea.
“Es real; cuando hacés una acción con influencers se ven rápidamente los resultados en las ventas”, comenta Agustina Sosa Paz, asesora de Marketing Digital. “Tenés perfiles que son muy conocidos por generar ventas, como Stephanie Demner. Es una influencer que satura a productos y ella se ha dado cuenta de su poder -explica-; yo lo he visto de primera mano. Satura las páginas web. Es absurda la cantidad de productos que puede llegar a vender de una línea”.
Y ahí viene la clave del éxito. Ser consciente del alcance y de las posibilidades. “Ellos son totalmente conscientes de lo que pueden lograr, y la gente sabe que ellos hacen un negocio y que viven de eso. A Santi Maratea, por ejemplo, después de una campaña solidaria la gente le da plata para que se vaya de viaje o para que se compre un bolso”, ejemplifica la experta.
Y en este punto aparece una cuestión importante: el discurso. El influencer reconoce que lo que dice tiene injerencia y aprovecha su fama para un fin. Hoy por hoy, una tendencia creciente es la de utilizar esos medios para cuestiones benéficas.
¿Una obligación?
El mayor referente de las movidas solidarias en redes es Maratea. Demostró que la sociedad argentina es muy solidaria, y eso impulsó a otros de su camada a hacer lo mismo. Ahora bien, la pregunta que nos compete, ¿el influencer tiene esa responsabilidad social? ¿O es una obligación para permanecer?
Martín Mosta Padilla -foto izquierda-) tucumano que estuvo a cargo de algunas colectas en redes (por ejemplo, recaudó en 2021 para la Facultad de Veterinaria $270.000 en 24 horas) considera que “uno tiene que aprovechar lo bueno de las redes sociales, en este caso, la ‘bancada’ de tus seguidores” y destaca que “está bueno influenciar y usar las redes para actos buenos”.
En lo mismo coincide el tiktoker Nicolás Ávila (tiene cerca de 900 mil followers en esa red social -foto derecha-). “Si considero que tener seguidores te sitúa en un lugar en el que tenés responsabilidad social. En mi caso, a medida que puedo, voy compartiendo y ayudando a la difusión de cualquier motivo”, comenta a LA GACETA. El año pasado se puso al hombro una campaña para ayudar a Juancito, el achilatero de su barrio. De a poco, empezó a armar el recorrido del heladero y lo movilizó por las redes. “La gente se re copó. Es hermoso cuando ves que del otro lado se refleja el incentivo y las ganas de ayudar”, reflexiona.
Otras cuestiones
Y la responsabilidad de prenderse en campañas sociales no es la única. Los seguidores quieren saber la opinión de sus seguidos en determinadas cuestiones. “La verdad es que nadie te obliga a compartir u emitir opinión, pero creo que la gente lo espera. Siempre hay que tener cuidado con lo que uno dice en redes, y eso se aplica a todos ya que todos tenemos ‘influencia’ sobre los que nos siguen”, dice Nicolás.
Es que la influencia no sólo se usa para vender o para ayudar. La atención del público, al parecer, es un arma de doble filo. Y hay que cuidar el discurso. “Creo que la nueva generación es más consciente a la hora de hablar; son más naturales, comparten y cuentan su vida, incluso cuando la están pasando bien -explica Agustina-; pero en general los influencers cuidan su figura, eso que han construido.
“Mientras más seguidores y más interacción con ellos tenés, más cuidado hay que tener en lo que decís o hacés, porque te ve gente de todas las edades y no podés decir cosas malas”, advierte Padilla, que destaca que lo importante es utilizar las redes para el bien, y no aprovechar la influencia para cosas “negativas”.








