Cartas de lectores V: la educación, ayer y hoy

06 Agosto 2022

Muchos educadores actuales reniegan de la enseñanza tradicional. Le restan valores. La minimizan. Consideran que, en décadas pasadas (seis o siete), los alumnos vivían sometidos a un rigor que inhibía el desarrollo creativo. Atados a una disciplina férrea que los sojuzgaba. La defensa a rajatabla de la autoridad del pedagogo implicaba atribuirle -poco menos- el carácter de intocable. Sin embargo, los padres de entonces, en su mayoría, avalaban ese criterio. Tanta era la credibilidad del líder escolar que a menudo, frente a una controversia, el comentario frecuente destinado a un hijo era: “si tu maestro lo dice, es verdad...” Asentar aplazos en los boletines, con tinta roja, era estigmatizar a sus destinatarios. Humillarlos. Se llegó a la aberración de suprimir los números ofensivos y reemplazarlos por notas de concepto edulcoradas. ¿Nadie comprende que estábamos frente a una versión objetiva y que, a través de su elocuencia (numérica y de color), el propósito era acicatear al alumno y propiciar su revinculación con el estudio? Los cuadros de honor, fieles reflejos de los niveles de aprendizaje alcanzados, se limitaban a mencionar a los dueños de los mejores promedios. Sin el ánimo de mortificar a nadie. Resulta notable cómo ejercicios consistentes en lecturas en voz alta han perdido vigencia; no favorecen, por ende, el vencimiento de la timidez y el logro de una mayor fluidez verbal. En otro orden, la memorización de textos -práctica habitual y hoy cuasi abandonada- tenía por objetivo activar importantes funciones del cerebro. En la permisividad que se observa cobra protagonismo un manifiesto sesgo ideológico. Prevalece un afán demagógico por otorgarle al estudiante un rol que no le compete. A congraciarse con él. Ciertamente, no está facultado para determinar cuál es el docente más capacitado para dictar una materia. Sin embargo, se lo convoca y escucha como si fuera un académico. Todo lo anterior podría inducir a la instalación de un falso dogma. A sostener que todo tiempo pasado fue mejor. Nada de eso. Lo grave es caer en maniqueísmos. En subestimar el mérito o denostarlo. En definitiva, inteligencia y memoria deberían primar para poder desembocar en la más equilibrada fórmula educativa y cultural.

Alejandro De Muro

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