Negocios, intereses y temas personales en los clubes

¿Cómo se dirige un club de fútbol? ¿Realizan cursos especiales los banqueros, hoteleros, empresarios que conducen a los clubes? ¿Y los sindicalistas? ¿Le fue mejor a los ex jugadores, campeones consagrados, que a los inexpertos de la pelota que simplemente llegaban con su billetera y contactos? ¿Cómo separar el reclamo legítimo de los socios, de la furia por una mala campaña y de la barra que siempre responde a otro tipo de intereses? Porque se supone que todos son hinchas de ese club. Y que quieren lo mejor para el club de sus amores, al que dedican buena parte de sus horas, alegrías y tristezas. Pero, cuando la pelota deja de entrar en el arco rival, las diferencias que antes eran secundarias comienzan a acentuarse. Y saltan negocios, intereses y proyectos personales. Y, como sucede dentro de la cancha, el mejor es el que no juega, como si no tuviera pasado ni responsabilidad.

Los clubes argentinos, sabemos, son asociaciones civiles sin fines de lucro. Los dirigentes podrán tener más o menos billetera y más o menos poder. Pero precisan el voto de los socios. No hay modelo ideal. Hinchas europeos denostan al magnate extranjero dueño de su club cuando los resultados no se dan, pero celebran cuando su dinero permite fichar a la superestrella de turno. No hay modo de reclamarles elecciones. En los años ’80 y ‘90, el modelo idealizado era el italiano, porque allí competían Diego Maradona, Zico, Michel Platini, todos los mejores cada fin de semana en estadios colmados. Pero ese modelo estalló con dirigentes presos, acusados de usar la pasión del fútbol para lavar sus dineros.

La Lazio que había fichado a Juan Sebatián Verón, Hernán Crespo y Faustino Asprilla, entre tantos, se presentaba como “el club Siglo 21”, supuestamente más trasparente porque cotizaba en bolsa. Fue una estafa. Igual que el Parma que manejaba Parmalat. Y que muchos otros más.

España ocupó la plaza siguiente porque ofreció durante años el choque entre el Barcelona de “Leo” Messi vs. Real Madrid de Cristiano Ronaldo. Pero justamente ninguno de esos dos clubes eran Sociedades Anónimas, como sí lo siguen siendo casi todo el resto de los equipos. En Real Madrid, eso sí, Florentino Pérez se eternizó presidente imponiendo requisitos imposibles de cumplir para cualquier rival, entre ellos un aval que hoy supera los 25 millones de euros. Y Barcelona, sabemos, estalló económicamente y hoy se rehace a costa de ceder buena parte de su patrimonio y negocios futuros. Como siempre: si la audaz apuesta sale bien, todos elogiarán al presidente Joan Laporta. Si sale mal, Laporta pasará a la historia como el responsable de haber puesto fin a la era de Messi en el club catalán.

El nuevo modelo idealizado pasó a ser la Premier League. La Liga inglesa aceptó dineros de todos los colores y formas. No importaba que el propietario de turno fuera un ex ministro tailandés acusado en su país, un ruso cercano a Vladimir Putin o un banquero estadounidense que hipotecaba al club para pagar su propia adquisición. Son patrones que no se van por nada del mundo, por muy pobre que sea la campaña y ruidosa la protesta de los hinchas, como sucedió la última temporada ante el nuevo fiasco del poderoso Manchester United. La Premier dio un segundo y fuerte paso al copiar también el modelo PSG-Qatar y aceptar (trampa incluída) que estados polémicos se adueñaran de clubes, como sucedió con Abu Dabi y Arabia Saudita, dueños de Manchester City y Newcastle, respectivamente.

No hay modelos ideales. En Italia antes, España luego e Inglaterra ahora también juegan intereses políticos y económicos en cada operación. Silvio Berlusconi usó al Milan para ser primer ministro, las regiones en España favorecen a sus equipos locales y el gobierno inglés echó a Roman Abramovich de Chelsea cuando Putin invadió Ucrania. No son más democráticos ni trasparentes los jeques árabes de la Premier que Hugo Moyano, por citar el nombre del presidente de club más en jaque en estas horas en nuestro fútbol, con miles de hinchas de Independiente exigiéndole que se vaya. Moyano lleva más de treinta años liderando el gremio de Camioneros, entre otras tantas actividades. Y jamás sufrió un reclamo tan fuerte como el del viernes a la noche para que convoque a elecciones. Con todos sus defectos, el mundo del fútbol, a su modo, sigue siendo un ejercicio popular y democrático. Que obliga a sus poderes a rendir cuenta de sus actos. Especialmente, claro está, cuando la pelota deja de entrar al arco rival.

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