
Una foto enviada por un lector a LA GACETA en Whatsapp da cuenta de los baños públicos cerrados en la feria artesanal ubicada al lado de la Casa Histórica, y hace advertir de las fallas de un servicio esencial para una sociedad que apuesta a atraer visitantes con el turismo y que al mismo tiempo apuesta inculcar la higiene, la gentileza y los buenos tratos entre sus ciudadanos. Carecer de lugares públicos para necesidades básicas atenta contra esas propuestas y, al contrario, genera rechazo y malestar.
Generar comodidad al visitante es una idea básica en cualquier emprendimiento, ya sea un pequeño bar o un gigantesco hotel, pasando por toda índole de empresa de servicios que busca atraer a públicos masivos durante mucho tiempo. Por lo general, se puede ver bien aplicado ese concepto en sitios de gran afluencia como los shoppings, que parecen tener impresa esa consigna comercial pero tan llena de sentido común de “mantener al cliente satisfecho”. Los lugares habituales donde se puede esperar que haya baños públicos son, precisamente, los de grandes aglomeraciones, que van desde shoppings hasta aeropuertos y terminales de ómnibus o grandes cadenas de comida rápida.
Pero también las autoridades exigen sanitarios en condiciones y accesibles a otros sectores de afluencia masiva, como los bancos y las reparticiones que atienden al público, tal como lo detalla la ordenanza 4.189 de San Miguel de Tucumán. Pero en este caso no hay control de cumplimiento de la ordenanza y no se conoce que haya comodidad y accesibilidad para los usuarios de estos servicios, al igual que en sitios como el parque 9 de Julio, donde se dan cita cientos o miles de personas a diario, pero sobre todo los fines de semana, y donde es muy difícil hallar un baño público, como no sea los de los bares, en donde queda medianamente explícito que el usuario debe consumir para tener acceso. El parque cuenta con varias estructuras circulares construidas en su momento para baños, pero que se encuentran cerradas por temor al vandalismo. La única habilitada es la de la Casa del Obispo Colombres, pero es de acceso limitado, con llave, aparentemente por falta de personal de control. En el caso de la Terminal de Ómnibus, hay un baño pulcro y perfumado, en el que se cobra una tarifa, y otro de acceso libre y gratuito que parece que jamás recibe limpieza y es prácticamente inutilizable.
En una carta del 13 de mayo, un lector critica los baños de las estaciones de servicio y las compara con los de otros lugares que visitó; y en una carta del 4 de mayo, otro lector afirma que el baño del renovado Tribunal de Faltas “es una obra arquitectónica ‘original’, opuesta, por lo menos, al sentido común”.
Quien haya viajado puede dar cuenta de lo complicado que resulta visitar una ciudad o un pueblo desconocidos y buscar baños públicos en condiciones. Mirando las cosas desde otro enfoque, cabe ponerse en la situación de los tucumanos del interior que llegan a la capital, la de los usuarios de servicios que concurren a las oficinas y se ven obligados a largas esperas, y la de los mismos turistas, que vienen a admirar lo que ofrece Tucumán.
Cabe preguntarse cómo hacen en otros países y cómo hacen esas empresas que atraen al público y les dan servicios en condiciones. No parece que vaya a ser necesario más que tener personal suficiente para mantener las instalaciones, una estrategia bien pensada para evitar el vandalismo y autoridades preocupadas por que las cosas funcionen de tal modo que se dé satisfacción a usuarios y clientes. Es básico para una sociedad que busca contener a su gente y a quienes la visitan.
Empiezo a escribir y no sé si cuando termine, en una horita, horita y media, el blue estará en 500 pesos y empezará a llamarse dólar red; o si en vez de seguir el riesgo país estaremos atentos al índice país en riesgo; o si el Gobierno tendrá terminado el proyecto de ley que crea un impuesto a la renta inesperada en el basural de Las Parejas; o si el kilo de queso fresco habrá superado la barrera de los 2000 pesos, después de la cual la gente va a pedir un kilo de fresco sin queso; o si Grabois logrará convertir a piqueteros en asaltantes de supermercados, y si en esa faena justiciera él dejará, como prometió, alguna gota de sangre, de sangre azul. ¿Mientras yo tecleo, Flowers Batakis analiza un nuevo paquete de medidas o estudia los términos de su renuncia? En dos semanas al frente del ministerio ha logrado que el dólar red suba casi 100 pesos. ¿Las cosas tendrán precio dentro de un rato? ¿El Banco Central comunicará que se ha quedado sin reservas y que entonces se dispone a confiscar todas las chucherías de oro que encuentre en la calle Libertad? ¿Es cierto que Cristina está por salir en cadena para pedirnos perdón por Alberto, o será que está por tirar la cadena? Me dicen que Massita reflexiona en estas horas sobre si quiere ser jefe de Gabinete, ministro de Economía o líder de la oposición. Juntos por el Cambio dispuso una deliberación urgente de sus generales, pero no se ponen de acuerdo respecto de dónde reunirse. Son tiempos de incertidumbre y de vértigo. El único que seguramente vive a saltos de entusiasmo es el profesor: el libro de memorias que se ha puesto a escribir debe estar entretenidísimo.
“No seré presidente, pero seré best seller”, dice.
Al no poder saber ni cómo ni cuándo termina esto, dediquémonos a los bueyes perdidos. Primer buey, Grabois. A este Grabois que llama a la rebelión popular y a matarnos en las calles no hay que tomárselo en serio porque quiere hacernos creer que habla en nombre del Papa, de Cristina y de barbudos que vienen bajando de Sierra Maestra. Invocar el nombre de Dios en vano es falta grave. Y de Dios, de la reina y de Fidel, gravísima; podría ser condenado a tener que trabajar.
Segundo buey. Tampoco hay que hacerse eco de las versiones según las cuales los dólares encontrados en el basural provienen de una trama de corrupción kirchnerista. Es falso, como lo demuestran estos tres datos. Los billetes estaban en una bolsa y no en un bolso; la bolsa estaba en un armario, y se sabe que los armarios como resguardo de valor fueron prohibidos por Néstor desde el caso Felisa Miceli. Finalmente, se trata, como mucho, de 75.000 dólares, y no hay antecedentes de operaciones de la dinastía por sumas tan insignificantes. Lo único sospechoso es que el primero en encontrar los billetes fue un tal Báez. ¡Báez! Pero le pregunté a Aníbal Fernández (esta vez no me desmientas, please) y me dijo que es un homónimo.
Tercer buey. Ayer, al cabo de un encuentro de Alberto, Batakis y Pesce en Olivos, la Casa Rosada informó que no había ni definiciones ni anuncios, y que tampoco los habrá el fin de semana. Me imagino: antes tienen que hablar con Cristina, y Cristina no puede expedirse sin antes consultarlo con Kichi. Por suerte, cero apuro. Lo único que falta es que esta gente nos arruine el finde. Por lo que trascendió del cónclave, los tres demostraron haber aprendido las lecciones que deja la historia. Nada de “hay que pasar el invierno”. Apuestan a metas más inmediatas y realistas: hay que pasar el lunes.
Cuarto buey. El profesor se enojó con los chacareros porque “guardan 20.000 millones de dólares y no los liquidan cuando el país los necesita”. Lo escribió Pagni anteayer: para el Gobierno, el problema son los argentinos; los argentinos que viajan, que ahorran en dólares, que los esconden en el colchón o en armarios, que no liquidan la cosecha a tiempo, que sospechan que va a haber una devaluta, que quieren obtener una renta, que especulan, que convalidan los aumentos de precios, que se quejan por los faltantes y, lo peor de lo peor, que no confían en el Gobierno. La última encuesta de Poliarquía dice que el índice de aprobación de la gestión de Alberto cayó a 31% (¿será por eso que nos reta con el dedo índice?) y por primera vez es inferior al de Cristina (35%). Según Poliarquía, el humor social de los argentinos está en el nivel más bajo de los últimos 20 años. Qué manga de malhumorados. Con un pueblo así, todo se hace cuesta arriba. Entiendo el enojo del profesor; lo que no entiendo es cómo nos tiene tanta paciencia.
Quinto y último buey. Cris dijo el lunes que su condena en la causa Vialidad “ya está firmada”. No puedo desmentirla. Chequeé eso y, efectivamente, ya está firmada. “Ya usamos la lapicera”, se ríe uno de los jueces del tribunal oral. La condena es dura, durísima, la peor que podía caberle: quedará en libertad, pero tiene que devolver toda la guita.
Bueno, terminé de escribir. Ahora junto fuerzas y salgo a la calle para ver qué queda en pie.







