
Decido escribir estas líneas para contar un suceso reciente que significó todo un trauma para mí. Aclaro que soy perfectamente consciente de que no seré el primero ni el último al que le suceda esto, sin embargo cada vez que me dicen que no soy el primero, me molesta enormemente, pues aunque así sea, duele, y ese dolor es personal y no de otro porque sencillamente me pasó a mí, en mi casa, en mi dormitorio. Sucedió el sábado 18 de junio a las 5 de la mañana. Yo dormía cuando de repente comencé a sentir unos pasos; era un hombre que se había metido a mi casa por la puerta trasera.
En voz baja este hombre me habló. Me dijo que no grite, que no haga nada y me pedía la plata, mientras que me apoyaba algo en la sien. Yo lo sentí como una punta, una navaja tal vez. Ya de pie caminé hasta donde guardaba el efectivo, y en ese corto trayecto le sentí su aliento a droga, y debo señalar que fue un olor que me quedó atorado en la garganta durante varias horas; supongo que eran mis sentidos intentando recopilar todo detalle, posible teniendo en cuenta que tengo discapacidad visual.
Sinceramente trataba de hacer caso de todo lo que me decía, pero él quería más plata y el único efectivo que había era el que guardaba en mi billetera. De manera que sentándome en la cabecera de mi cama y cubriéndome la cabeza con mi frazada, comenzó a hurgar los cajones de mi ropero. Parecía nervioso y parecía no querer creer que ya tenía todo mi efectivo. Entonces, intentando calmarlo, para que no se alterara más, le entregué una notebook que tenía en la cajonera.
Cuando él se alejaba de mí, yo me movía apenas, intentando ver si por casualidad no estaría sentado sobre mi celular, que suelo dejar en esa zona de la cama, pero al parecer ya lo había agarrado, tal vez cuando yo dormía. Sin embargo, este pequeño movimiento me sirvió para darme cuenta de que lo mejor era estar quieto para no alterarlo.
Afortunadamente para mí, y al cabo de un rato, luego de indicarle la manera de salir de mi casa, se marchó. No sin antes robar lo que más pudo, cosas que pude determinar luego con la visión de mis amigos y la de mi madre. Y es que demás está decir que esperé sentado un rato largo en mi cama, antes de atreverme a hacer cualquier movimiento.
Lo que siguió fue yo debatiéndome entre el temor y la impotencia. Hasta que decidí cambiarme y salir a pedir ayuda. Pero todavía era muy temprano, algunos vecinos aún dormirían, otros tal vez me escucharon pero habrán decidido no involucrarse. Entonces paré a una pareja que se trasladaba en moto. Les pedí ayuda para llamar a la policía. El hombre dijo que no tenía celular. La chica tenía el suyo; intentó llamar, pero atendió la operadora de Telecom. Luego ellos se fueron y caminé dos cuadras hasta la terminal de colectivos de Concepción, donde pedí fiado un taxi para trasladarme hasta la comisaría.
En esas cuadras medio eternas entre enojo y temor me di cuenta de una cosa. Vivo en una maldita boca de lobo. Pudieron hacer conmigo lo que hubieran querido, en una zona casi siniestra de madrugada. En donde no hay patrullas o alguien que pudiera brindar auxilio en una situación límite como la que pasé. Y en donde, si nadie te da una mano, sin teléfono o sin plata, no sos nada; al menos así lo viví yo.
En la comisaría, y en días posteriores en Fiscalía, los oficiales y funcionarios hicieron lo que legalmente estuvo a su alcance, tomando declaración de lo sucedido. Y he aquí un dato fundamental. Desde el momento cero supe quién era mi ladrón (espero no ser estigmatizante). Lo reconocí, le identifiqué la voz. Pues él siempre me buscaba por trabajo, y yo que fui advertido de sus malas mañas le daba una mano, por miedo a represalias de su parte, pero cualquier acto de buena voluntad de mi parte fue en vano pues lo mismo se las ingenió para robarme.
En fin. Hasta el momento no siento que haya habido justicia. Pues para poder dormir mínimamente tranquilo yo debo encerrarme bajo siete llaves, mientras que él camina como si nada por la vida. Ahora cada ruido que siento me pone alerta. Y creo que puede ser él que viene simplemente a matarme para que yo deje de acusarlo. Pero si eso pasara, si yo muriera asesinado, como en ocasiones sueño en pesadillas, hago a este hombre responsable de mi muerte. Y es que siento injusto que mientras que yo no puedo verlo, él sí puede verme a mí. Incluso puedo tenerlo en frente, y no sabré que es él si no lo escucho.
Además encuentro injusto el discurso de todo mundo al momento de afirmar que nada se puede hacer, que no soy el primero al que le ocurre. Pero pienso: tenemos que vivir en casas que sean verdaderas cárceles para sentir un mínimo de seguridad, pues el sistema encargado de prevenir estos hechos brilla por su ausencia, al menos en mi calle. Y así, cuando estas cosas pasan, me doy cuenta lo solos y desprotegidos que podemos llegar a estar.
Quisiera que mi historia sirviera para conmover a algún sector social que estuviera encargado de que podamos vivir mejor, o al menos sin miedo. O de lo contrario solo queda pensar que esto es una burla. Y que cuando dicen que nos protegen, en realidad nos están mintiendo. Y es que ya ni siquiera importa si somos ciegos o podemos ver. Al parecer los ladrones tienen el absoluto poder. ¿Esto es realmente así?







