Con Juan Manzur esquivando las guadañas nacionales y con Osvaldo Jaldo apurado por afianzar su postulación para 2023, los resabios de la interna en el oficialismo tucumano mantienen alborotados a los dirigentes en cada una de las ciudades. Viejas rencillas personales, heridas abiertas y celos mutuos hacen que la convivencia en el peronismo provincial esté permanentemente al borde de la ruptura.
El principal problema es que de uno y de otro sector no se reconocen legitimidad. Los manzuristas aseguran que los jaldistas son unos ocupas y los jaldistas sostienen que los manzuristas deben aceptar la nueva realidad, les guste o no. Así, ni unos ni otros bajan las armas y los enfrentamientos de las Primarias de 2021 se mantienen vigentes, aunque con otro formato. El resultado de esa elección, que podría haber servido de ordenador en el Partido Justicialista, derivó en una tregua política forzada -y fortuita- entre el jefe de Gabinete de la Nación y el gobernador interino. El asunto es que, si ese acuerdo no se derrama, el oficialismo local se apresta a transitar los meses de mayor convulsión intestina.
Los episodios se multiplican en cada comuna y en cada municipio. En la Legislatura y en los concejos deliberantes. La única diferencia es que algunos la ocultan mejor que otros. El intendente taficeño Javier Noguera, por ejemplo, no disimula su intención de disputarle a Jaldo la sucesión de Manzur. Detrás de él hay otros intendentes, legisladores y delegados comunales que lo empujan, aunque públicamente optan por el silencio o por las declaraciones de rigor. No obstante, en el territorio mantienen sus críticas hacia Jaldo y los suyos tan firmes como en los peores meses del año pasado.
Un lugar siempre reservado
Los principales reparos del manzurismo tienen como destinatario al intendente de Banda del Río Salí, Darío Monteros. Suena lógico, teniendo en cuenta que el Este es la sección electoral que mejor le sienta al jaldismo. Además, nadie duda de que Monteros es la puerta de entrada al gobernador interino: en cada viaje a Buenos Aires desde que asumió, Jaldo pudo haber cambiado a uno u otro acompañante, pero un lugar en el avión oficial siempre estuvo reservado para “Darío”. Además, de su espacio la ex diputada Gladys Medina y el ex concejal Fabián Cabeza hicieron pie en el Ministerio de Desarrollo Social por impulso de Jaldo.
No es exagerado resumir, entonces, que esta gestión cuenta con dos ministros del Interior: Monteros, por el jaldismo; y Miguel Acevedo, que mantiene el cargo formal por el manzurismo. En Casa de Gobierno cuentan que, en ciertas ocasiones, hay eventos organizados tierra adentro de Tucumán a los que ni siquiera es invitado Acevedo, que además mantiene una vieja disputa con el propio Jaldo. Un dato de color para ilustrar esta rivalidad: el bandeño es fanático de San Martín y el ministro, de Atlético.
La mala sintonía del manzurismo con Monteros comenzó en la previa a las PASO de 2021, en especial a partir de la denuncia que había presentado porque sentía que el Gobierno provincial le retaceaba fondos y lo discriminaba. Llamativamente, el malestar se profundizó con el correr del tiempo. El hecho que todos recuerdan ocurrió unas semanas antes de aquella elección, cuando Rafael Argañaraz, ex comisionado rural de Los Bulacio y hermano del alfarista Héctor “Pelao” Argañaraz, se pasó a las filas del manzurismo. Junto a Roque Argañaraz, delegado de Quilmes y Los Sueldos, eran la mano derecha del jefe municipal bandeño. Al punto que en uno de sus hermosos predios en el este suelen organizarse largas veladas futbolísticas -matizadas con buenos asados- entre comisionados de toda la provincia una vez a la semana. De los encuentros, incluso, participaron en más de una ocasión viejas glorias locales, como Miguel “Tigre” Amaya; y algunos ídolos vigentes, como el bandeño Guillermo “Bebe” Acosta.
En estos últimos meses y aunque ya no asista por cuestiones obvias, las sobremesas de esos eventos tienen como protagonista al propio Monteros, a quienes los referentes del interior le cuestionan que esté atendiendo los reclamos de los dirigentes que resultaron perdidosos en 2019 antes que los de ellos. Casualmente, son los mismos que acompañaron al jaldismo en las internas de hace un año. De todo esto se entera siempre primero el legislador Jorge Leal, el manzurista que disputa el liderazgo del Este al intendente bandeño y uno de los pocos que todavía exhibe en cada charla informal sus reparos hacia el mandatario interino. Vale recordar que Leal, presidente del Congreso Provincial del PJ, fue uno de los críticos más duros contra Jaldo en las caóticas semanas de agosto y septiembre pasados.
Lo que viene
Desde luego, los celos por el protagonismo que adquirieron algunos jaldistas en este tiempo no desatarán un nuevo cisma, al menos por ahora. Incluso, cada vez más manzuristas asumen que, mientras su líder continúe entretenido y enroscado en sus aspiraciones nacionales, deben agachar la cabeza y tratar de sacar el mejor provecho posible de la nueva realidad. No obstante, cada vez que tienen oportunidad se lo hacen saber y le piden definiciones. Por supuesto, Manzur las esquiva, pero sabe que si llega a legitimar a Jaldo como su sucesor deberá contener a los suyos y convencerlos de que es un acuerdo ventajoso. Lo que le piden, puntualmente, es que el acuerdo entre los socios y el reparto de cada espacio se haga en base al resultado de las Primarias. En síntesis, que los dirigentes ganadores tengan prioridad por sobre los que perdieron en la interna en el armado de las listas oficiales y de los acoples. Básicamente, en cuanto a lugares y recursos para la campaña.
Cuando esa discusión se dé, si es que llega a darse porque el destino ya demostró que puede desordenar cualquier realidad política en un puñado de horas, se sabrá qué está dispuesto a hacer -y a tolerar- el peronismo tucumano para retener el poder el próximo año.








