
Siempre se dijo que la buena gestión de un Gobierno se apoya en tres pilares: educación, salud y seguridad. Desaparecieron los pilares y en una suerte de juego, como cuando era niña, recorro lugares cuidadosamente y pregunto: Estado... ¿estás? Silencio total. Educación... Te estoy buscando... Desde hace años los edificios permanecen sin una mejora en su infraestructura, cada vez más deteriorada. Esos edificios, que Construcciones Escolares parece haber borrado de sus archivos, no pueden ser el segundo hogar que acoge aprendices antes ansiosos, hoy abúlicos o indiferentes. Tienen frío, o calor, o baños que ni pueden mirarse... Menos aún olerse, sin suficiente iluminación... ¡Mejor me detengo! Los padres hacen promesas, prenden velas a todos los santos y la respuesta siempre es igual: No hay asientos. En Concepción no hay escuelas. La segunda ciudad de la provincia no tiene nuevas escuelas que respondan a una matrícula siempre creciente. Ni qué hablar de la calidad de la educación aquí, y en todo el país... Ya se están viendo los resultados. Se pasa de grado con la misma facilidad que el Estado escabulle sus responsabilidades... No sólo lo permite, lo ordena. Salud... Otra que juega a las escondidas. ¿Hospitales nuevos? Reconozco la excelencia de la atención profesional, pero eso no alcanza ¿Seguridad? Leo en este prestigioso diario cuánto ha crecido el índice delictivo. Nueva infraestructura carcelaria... Un chiste... ¿verdad? La comisaría de Concepción, en pleno centro de la ciudad, frente a la plaza principal, tiene hasta el mismo tacho de basura de hace 20 años... y en el mismo lugar. Por no mencionar cosas más significativas. Y el pueblo, que cuenta con un hermoso paseo público, tiene la desagradable experiencia de ver cómo entran o salen detenidos esposados en cualquier momento. O gente gritando en la vereda. Me olvidaba: nuestro Registro Civil... Vetusto, con personal atendiendo sin la más mínima consideración a quienes deben esperar en la intemperie, llueva, truene o queme el sol. Empleados públicos en todas esas dependencias del Estado con sueldos ridículos... por no decir vergonzantes. Claro está... Así no se colabora. Así sucede la corrupción. Así se permiten muertes innecesarias por carencias esenciales. Así nuestros niños y jóvenes no interpretan lo que leen. El Estado somos todos, lo manejan nuestros representantes. Hagamos un mea culpa en la tragedia argentina. ¡Todos somos culpables! ¿Y nos vamos a quedar cruzados de brazos esperando que sigamos derrumbándonos como si nada?
María Estela López Chehin
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