Constitución de arena

“No sólo vendo Biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese”. El libro de arena, cuento de Jorge Luis Borges que da nombre al volumen publicado en 1975.

Borges puso mucho de su propia historia en El libro de arena. El narrador del relato, al igual que el escritor, vivió en el cuarto piso de un edificio porteño sobre la calle Belgrano, y trabajó hasta jubilarse en la Biblioteca Nacional cuando ella se ubicaba en la calle México 564.

De esas realidades está sembrado el cuento que comienza cuando un hombre misterioso se presenta con un libro más misterioso aún: la numeración de sus páginas está desordenada. “Me llamó la atención que la página par llevara el número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999” escribe el Borges real sobre la primera impresión del Borges de la ficción. Entonces vuelve la página y el dorso aparece foliado con un número de ocho cifras. De ese pliego repara en una imagen. “Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los diccionarios: un ancla dibujada a la pluma (…). Fue entonces que el desconocido me dijo:

- Mírela bien. Ya no la verá nunca más.

Había una amenaza en la afirmación, pero no en la voz. Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura…”

Una idea esquizofrénica rige el “Libro de arena” (el intrigante hombre que lo trae lo identifica con ese nombre). En sus páginas, lo que está expresado una vez, después se torna diferente.

El infinito, es harto conocido, obsesionó al más inagotable de los escritores argentinos. Sin embargo, lo estremecedor no radica en ese nuevo abordaje literario de lo inabarcable, sino en la imprecisa frontera que separa, en la figura del narrador, lo real de lo ficticio. Esa cuestión deviene escalofriante en Tucumán. En esta penúltima semana del finito mes de junio, cuando el Partido Justicialista ha acudido a la Justicia para que la Carta Magna diga mañana una fecha distinta a la que establece hoy para celebrar las elecciones, los tucumanos descubren que el velo que separa lo que existe de aquello que no es, prácticamente, ha desaparecido. Resulta que la de Tucumán es la Constitución de arena.

La erosión

La erosión a la que los sucesivos gobiernos peronistas vienen sometiendo a la Ley Suprema de los tucumanos, hasta lograr que sus normas pétreas se deshagan como arena entre las manos, siguió una serie de etapas de prolijo decadentismo.

La primera se remonta a la reforma de 2006, que creó una trituradora del contenido de la Ley Fundamental. El artículo 155 estableció que la Ley de Leyes podía ser modificada mediante “enmienda” legislativa. Es decir, la Carta Magna dejaba de ser “magna” y para cambiarla no hacía falta convocar al Poder Constituyente, sino que la Legislatura, nomás, podía meter mano.

Ese atropello a la razón constitucional fue fulminado de nulidad por la Justicia provincial, en la causa “Colegio de Abogados”. Fue la placenta de la segunda etapa. El alperovichismo supo que no iba a poder gobernar con los inconstitucionales caprichos que había hecho plasmar en la Constitución. Para citar unos pocos ejemplos, el Colegio de Abogados frustró, también, que el órgano de selección de jueces fuera organizado por decreto y que el órgano de destitución de magistrados no tuviera representación de la oposición. El constitucionalista Rodolfo Burgos y el ex legislador Alejandro Sangenis tumbaron la Junta Electoral Provincial que pasaba a tener mayoría del poder político. Y aún está pendiente en la Corte Suprema de la Nación el planteo de los constitucionalistas Luis Iriarte y Carmen Fontán, que objetan que los decretos de necesidad y urgencia queden firmes si no reciben tratamiento de la Legislatura.

Entonces, el peronismo gobernante resolvió que si la Justicia no iba permitir la vigencia de sus antojos constitucionales, el oficialismo tampoco iba a validar las disposiciones de la Carta Magna que lo limitaban en su decisionismo político.

El artículo 157 ordena que antes de que terminase 2006 debía estar aprobada la ley reglamentaria para el establecimiento del voto electrónico en Tucumán. Nunca ocurrió y se sigue votando con boletas volantes como hace más de un siglo.

El artículo 158 manda que antes de que terminase 2006 debía dictarse la “Ley de Régimen Electoral y los Partidos Políticos”. Jamás pasó. La carencia de esa norma auspicia el festival de acoples en cada cuarto oscuro. Según el último informe de la Junta Electoral Provincial, los partidos tucumanos suman ya 103.

El artículo 163 intima a que antes de que terminase 2006 debía dictarse una nueva Ley de Acefalía. Esa es otra mora de 15 años con la Constitución. Y sus consecuencias quedaron expuestas en 2015. Aún rige la norma del siglo pasado que sólo prevé una sucesión parlamentaria en caso de acefalía del Poder Ejecutivo. Entonces, cuando hace seis años Tucumán fue electoralmente la mala noticia de la Argentina, y la Cámara en lo Contencioso Administrativo anuló en septiembre los comicios de agosto y mandó a votar de nuevo, la Provincia se enfrentó al riesgo del vacío de poder: en octubre no quedaría un solo miembro del poder político con mandato porque cesan todos los legisladores, junto con el gobernador y el vice. En un mes no se podía organizar, celebrar y escrutar otra elección. Así que la Nación iba a tener que intervenir el distrito. ¿El resultado? La elección de las urnas refajadas y el bolsoneo, de las urnas “embarazadas” y el acarreo, y de las urnas quemadas y los tiroteos, fue validada.

Fue la consumación de un Estado de Excepción: una instancia en la que el derecho está vigente, pero simplemente no se aplica. Está escrito en las normas, pero ellas son impotentes.

Ahora asistimos a una nueva etapa: la del derecho escrito en la arena.

El plazo

El inciso 6° del artículo 43 y el artículo 100 de la Constitución de Tucumán determinan que los comicios para elegir a los 184 concejales, los 93 delegados comunales, los 49 legisladores, los 19 intendentes y el gobernador y el vicegobernador deben realizarse 60 días antes de que terminen los mandatos. Como el período concluye el 29 de octubre, hay que ir a las urnas a fines de agosto.

Este plazo no fue una arbitrariedad constitucional, sino todo lo contrario: fue un explícito y fundado pedido del peronismo tucumano en la última reforma constitucional. En la Carta de 1990 se estableció que los comicios provinciales debían concretarse 120 días antes de la finalización de los mandatos. El alperovichismo argumentó que cuatro meses de distancia entre la votación y la asunción representaban un período de transición excesivo entre las autoridades salientes y las entrantes. Encoger ese plazo fue uno de los argumentos centrales invocados por el oficialismo para impulsar el cambio de la Carta Magna.

Ahora, el peronismo quiere volver al plazo que se encargó de anular. Replicando el planteó que en 2019 formuló exitosamente el Frente Renovador. Otra vez quieren votar en junio.

El argumento invoca que la Ley Nacional 26.571, sancionada en 2009, fija el segundo domingo de agosto como fecha para la celebración de las Primarias Abiertas Nacionales Obligatorias (PASO) en la Argentina. Así que sólo hay dos semanas de distancia entre las internas nacionales y las generales tucumanas. El gasto de enfrentar dos comicios tan temporalmente contiguos -se alega- termina conculcando derechos políticos de los partidos. Por ello, se pretende la declaración de inconstitucionalidad de los incisos y artículos mencionados.

Pero el recurso de amparo también embiste contra el inciso 5° del mismo artículo 43. En verdad, no es que les parezca inconstitucional, sino que les resulta muy incómodo. Dice: “El Poder Ejecutivo podrá convocar a elecciones simultáneamente con las elecciones nacionales si lo considera conveniente, bajo las mismas autoridades de comicio y escrutinio, en la forma que establece la ley. En este caso, todos los plazos dispuestos por esta Constitución podrán ser adecuados a la convocatoria nacional”. Si es tan caro celebrar dos elecciones, y las PASO son elecciones nacionales que se celebran antes del plazo dispuesto para la votación provincial, ¿por qué no se unifican ambos comicios, garantizando los derechos políticos de los partidos tucumanos, que por el precio de una elección afrontarán dos?

Dos repuestas conjeturales se asoman. La primera está en el inciso 5°: “bajo las mismas autoridades de comicio y escrutinio”. Es decir, el control quedaría bajo la órbita de la Justicia Nacional Electoral, no de la Junta Electoral Provincial. La segunda está en la errática gestión d el Gobierno nacional: con problemas económicos y financieros que en muchos casos vienen de administraciones anteriores (macristas y kirchneristas), y con problemas de política interior y exterior absolutamente buscados por esta gestión, el “relato” termina siendo de arena. Si se unificara la elección provincial con las PASO, el PJ tucumano no podría despegarse del lastre electoral del cuarto kirchnerismo. Votando en junio intentarán poner distancia.

El verso

En el cuento de hace 47 años, el vendedor pide un precio elevado por el ejemplar de páginas cambiantes y el Borges ficcional le explica que la suma le resulta inaccesible. A cambio, propone el mismo trato mediante el cual el visitante desconocido adquirió el volumen en la remota ciudad hindú de Bikanir: el trueque por una Biblia. La oferta es aceptada.

Como en la ficción que el impar escritor argentino concibió en el ocaso de sus días, en la realidad del ocaso de las instituciones tucumanas, la Constitución de la Provincia no está escrita de manera pétrea, sino que es de arena. Ese libro -nuestro libro- supremo, ya no versa sobre leyes: es más bien una cuestión de fe. En todo caso, la Constitución debiera ser para la clase política como una soga de arena: una que no atase a la dirigencia, sino a la que la dirigencia se sintiera atada. Por caso, El libro de Arena lleva por epígrafe un verso de “El collar”, poema del siglo XVII de George Herbert: “…thy rope of sands”. Tu soga de arena…

Dos son las opciones finales. O Borges profetizaba que su ficción se haría realidad en su propio país. O, de manera menos mística, hasta un ciego podría ver lo que nos pasa.

Tamaño texto
Comentarios