
Por Juan Carlos Bisdorff
La necesidad de contar parece haber sido una actividad que se remonta desde los orígenes de la humanidad. En un principio, el ser humano tuvo que idearse un método rudimentario para representar conjuntos de hasta 5 o incluso 10, valiéndose de los dedos de sus manos y hasta de sus pies. A medida que las ambiciones aumentaban, los medios que expresan cantidades tuvieron que evolucionar. El hombre de Cromañón había revolucionado, sin saberlo, la historia de la contabilidad con sus muescas en huesos de animales, en los tiempos de la Prehistoria Paleolítica. Tito Lucrecio, poeta y filósofo romano del siglo I a. C., había escrito en su De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas) una sentencia poética que convierte la simplicidad de un objeto en un invento poderoso: Arma antiqua manus, ungues dentesque fuerunt/ et lapides, et item sylvarum fragmina rami (“Las armas antiguas fueron las manos, las uñas y dientes, del mismo modo que las piedras y las ramas de los árboles”). Las manos no solo sirvieron para contar, sino también para empuñar la pluma con el único pretexto de alzarse contra la página en blanco. Había una necesidad de que el legado de una comunidad perviva en las generaciones futuras y que los nombres que actúen con ese propósito logren la trascendencia tan deseada por los poetas de la antigüedad. La transmisión oral no podía hacer que una historia sea incólume al paso del tiempo. Hasta el día de hoy, lamentamos todo lo que se perdió de ese tránsito de voces que no han podido dejar su huella en una piedra, en una vasija, en una tabilla de cera, en un papiro o pergamino o en el papel que muchas veces solemos tirar en la vía pública sin darle una vida propia transformada. Y no nos olvidemos de todas esas obras que han sido censuradas y que, lamentablemente, forman parte de la tierra. Solo ella sabe lo que murmuraban esos escritos y se codea jocosamente con esos autores proscritos que no han hecho más que ensayar la ley natural de la libertad.
Pitágoras nos enseñó que la esencia de todas las cosas descansaba en los números, asociando estos últimos con las figuras geométricas. No se equivocaba, puesto que detrás de cada número se encierra un misticismo asombroso. Ustedes se preguntarán qué relación hay entre los números 13, 14 y 15 de este sexto mes colmado de fechas patrióticas. Quizá dirán que solo se trata de una sucesión numérica con hitos sumamente intrascendentes, capaces de albergar los afanes cotidianos de una sociedad que vive en la inmediatez y en una cultura en constante deconstrucción. En realidad, estos números conforman una tríada perfecta que da cuenta de la magia del universo. Las manos invisibles del destino quisieron que el acto de contar sea, al mismo tiempo, un gesto de escritura que dé muestra del maravilloso ejercicio de conjurar y exorcizar, como sostenía Pizarnik en un poema de Extracción de la piedra de la locura (1968). Ese es el oficio de todo/a escritor/a, cuyo día se celebró el 13 de junio en la Plaza Urquiza, en el sitio donde está ubicada la estatua de Jorge Luis Borges, quien cumple un aniversario más de su muerte, acaecida el 14 de junio de 1986. Para contemplar este armonioso homenaje, completa esta tríada el día del libro que, como adivinarán, se conmemora el 15 de junio. El escritor de las orillas, como lo denomina Beatriz Sarlo, es quizá la hipotenusa de este triángulo azaroso que nos regala la intrincada vida; un derrotero que siempre nos exige transitar por un laberinto sin centro. Así es como también actúa la lectura y habrá tantas como las estrellas derramadas del pecho de Juno.
Los miembros del Laboratorio de Lectura del Colegio de Graduados de Ciencias Económicas de Tucumán, a cargo de la Dra. en Letras Honoria Zelaya de Nader, celebra esta tríada de números poéticos con poesías, cuentos y ensayos inéditos en vísperas del centenario del CGCET. Esperemos que las flores sean del agrado de Borges y que los globos que se lanzaron hacia el vasto cielo -que no es de nadie, pero que, incluso así, arde, en nuestro pecho, la adusta propiedad de repatriarlo por derecho- toquen las puertas donde moran las Musas para que inmortalicen, con sus melodiosos cantos, este humilde evento.







